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  1. Amor

    lunes, 27 de mayo de 2013

    Voy a escribir sobre el amor, tratando de evitar caer en cursilerías y ser lo más fiel posible a la experiencia que viví con alguien. No habrá nombres ni apellidos ni edades, tampoco indicios para que se larguen a la búsqueda del posible co-protagonista de esta historia. Voy a escribir lo siguiente por tres razones que me parecen suficientes para justificar estas páginas. La primera razón es que hace tiempo, a principio de año exactamente, leí "Amor" de Isabel Allende; una recopilación de las mejores escenas de amor y pasión de sus libros y merecía unas líneas en este blog. En segundo lugar porque por más que nadie me lo haya pedido, estoy seguro de que algún lector curioso está interesado en indagar si alguna vez estuve enamorado. Y si no lo hay, lo voy a inventar. El último motivo está relacionado con lo que me dijo una vidente en el Parque Rivadavía, cuando me tiró las cartas del Tarot al modesto precio de diez pesos, y atinó que yo había sufrido un gran desengaño por amor.

    Antes de continuar, advierto a quienes estén leyendo esto que lamento anunciarles que no describiré proezas sexuales ni enumeraré la cantidad de penas lloradas, producto de varios amores frustrados y uno que otro amante ocasional. Si está esperando eso, dear reader, desista ahora y abandone la lectura de estos párrafos right now. Tampoco voy a escribir a continuación cómo fue que me enamoré, ni los cuernos que puse y me pusieron, mucho menos como me abandonaron. Con tanto preámbulo se dará cuenta que si bien este blog se ha convertido en una suerte de diario extimo, sólo me limitaré a contar lo que sucedió aquella vez que me dijeron 'te amo' y lo sentí plenamente sincero.

    Días atrás me encontré conversando con mis compañeros de trabajo sobre la proyección a corto o largo con sus respectivas relaciones. Mientras unos convencidos se veían al lado de su pareja en un futuro no muy lejano y otros no, ahí estaba yo en el medio de todos ellos: soltero. No sólo, soltero. Mi única colaboración al tema fue citar una frase de Isabel Allende, que creo pasó desapercibida. "No importa a quien amemos, tampoco importa ser correspondido o si la relación es duradera. Basta la experiencia de amar, eso nos transforma". Creo que mi aporte no resultó muy interesante porque la charla tomó otro rumbo inmediatamente.

    Omitiré mi primera vez, tan bochornosa que no vale la pena ni escribir de ello ahora. Quizás mas tarde lo haga. Hablaré de la primera vez que me dijeron 'te amo' y de como a partir de esas dos palabras mediré mis siguientes relaciones, si es que las hay. Tanto emisor como receptor de ese mensaje estaban en una encrucijada que no vale la pena mencionar. El mismo canal de comunicación que usó para confesarmelo también uso para dejarme y para decirme que no podía más: todo por mensaje de texto. Nunca tomé esta huída como como un acto de cobardía, sino más bien como un miedo hondo de vernos sufrir en un punto final abrupto a una historia de amor precoz, que en mis 22 años de ese entonces no presentaba precedente. "El amor de juventud tiene un grado de locura que no se da después: es exclusivo, ciego, trágico, una montaña rusa de emociones que van desde la exaltación alucinada hasta el pesimismo más hondo". Esta descripción encaja a la perfección a la experiencia que viví con mi primer amor.

    Este domingo 26 de mayo volví al Parque Rivadavía y luego de finalizado mi ejercicio de escritura, a partir del cual nació "Un kirchnerista en boxers", rondé alrededor de la plaza atestada de niños que jugaban con sus padres, parejas que se comían a besos, hombres solitarios que daban de comer a las palomas y una fila interminable de vendedores ambulantes. Interrumpió mi paseo una anciana que ofrecía tirarme las cartas a cambio de $20 pero le dije que sólo llevaba en mis bolsillos $10. Accedió a hacerlo de igual forma. Lo que sucedió a continuación oscila entre lo increíble y lo mágico, creer o reventar: no sólo me pronosticó una larga vida y años de mucha felicidad, sino que además arrancó su rutina revelándome cosas que me dejaron con la mandíbula por el suelo, sos muy capricho y nervioso, pero enseguida se te pasa, se nota que has sufrido mucho por un amor y aunque ya haya pasado un largo tiempo, aún lo extrañas, ustedes dos ya no están juntos porque ambos sufrieron un desengaño, pero esa persona te dejó por su familia, van a volver a estar juntos, tenes que buscar a esa persona, juntos van a tener dos hijos.

    Después de la sentencia pronunciada por la vieja tarotista, mi memoria quedó en jaque y dió un salto a esa mañana nefasta cuando desperté y tenía en mi celular un mensaje de texto suyo, anunciándome que lo nuestro no podía seguir más, que me disculpes, que no puedo seguir mintiéndole a mi familia, no puedo ver a mi madre a la cara y mi abuela aún se aparece en mis sueños decepcionada, por el romance que llevaba conmigo. Lo que pasó en el medio sólo los dos lo sabemos. Cuando pasan un par de meses le escribo para saber como está. Y punto. Muchas veces quise que volviera, pero no por mí, sino por nosotros. Hoy ese 'nosotros' se desglosa en dos personas que continuaron su vida por separado, por diferentes rumbos, en direcciones opuestas. No obstante hay pequeños atajos en esos senderos que nos acercan esporádicamente a lo que alguna vez fuimos, sean estos desvíos un amigo en común que nos cuenta como está el otro, un comentario de un tercero, una foto, un suspiro del viento.

    Pensaba en un párrafo final que pueda resumir mi idea sobre el amor, me quedé pensando largo tiempo tratando de encontrar una idea contundente que pueda resumir cómo nos mostrábamos las cicatrices de la piel, intercambio más íntimo que nos conduce irremediablemente al romance. Fue duro el despertar, pero hay que saber cederle terreno al dolor para que cohabite con el recuerdo de lo que alguna vez nos hizo felices. Hay que abrir los ojos, despertar, evaluar, soltar y dejar ir: no hay amor más grande que eso. Nunca más te busqué, porque sinceramente temo correr el riesgo de perderme para siempre.

    En el amor, los dos nos abrimos, nos aceptamos.... pero también nos rendimos.





  2. Hace poco leí dos veces "Un comunista en calzoncillos" de Claudia Piñeiro (la primera vez yendo a 'Cajas chinas', algo así como reseñas autobiográficas de la autora, y en la segunda oportunidad sólo la novela corta). No es lo primero que leo de ella, "Las viudas de los jueves", "Tuya" y "Elena sabe" ya son parte de mi biblioteca personal, aunque ahora merezcan una nueva lectura. Resta leer "Betibú" y "Las grietas de Jara", están pendientes en la larga lista de autoras latinoamericanas que pretendo leer este año. Semanas atrás tuve oportunidad de conocerla personalmente en la Feria Internacional del Libro, dónde amablemente firmó mi copia de "Un comunista en calzoncillos" y en unos minutos fugaces pude confesarle qué rol jugaron sus obras en mi vida, sobre todo "Elena sabe", retrato crudo y triste de una mujer con Parkinsson. En ese libro pude leer la descripción del calvario que vive mi abuela Sara, de habitar un cuerpo que no le pertenece ni hace caso (y ni hablar del agregado del Alzheimer, ¡malditas enfermedades degenerativas!). También le conté a Claudia, después de presentarme como su ávido lector riojano y tuitero, ah, sí, Tino Pop, sobre cómo a través de la lectura de su último libro pude reconciliar ciertas diferencias con mi padre. "Con los años empezás a ver las cosas..." y acá entra mi duda, porque no recuerdo si remató la frase diciendo "desde otra perspectiva" o "desde lo prospectivo". Sea cuál sea la palabra que usó, Piñeiro estaba atinada y me permití a través de la relectura de "Un comunista en calzoncillos" repensar y reflexionar, revisar y recordar.

    En pocas líneas, y en una breve síntesis, en "Un comunista en calzoncillos" Claudia Piñeiro rescata la figura de su padre, un comunista que tal como anticipa el titulo del libro, se paseaba en calzoncillos por su casa. El contexto no es otro que el inicio del Golpe Militar en Argentina, escenario que la autora elige para narrar un "acto heroico" atravesado por la lealtad y la historia, el amor y la familia. Todo relatado a través de los ojos inocentes de una niña. Como no está en mis intensiones contarles el final -sería un despropósito terrible-, sí quería subrayar que a partir de las dos lecturas que hice de este libro, pude darle forma a lo que hasta hace unos meses descansaba en mí latente, de forma inconsistente: el esbozo de lo que sería mi ideología política.

    No sé que pasó pero ayer, 25 de Mayo, me vi aplaudiendola. A Ella. Aplaudiendo a Ella con los ojos húmedos, emocionado. No sé que fue lo que más me emocionó, si su discurso o el protagonismo de la cantidad de jóvenes que hace 10 años participan activamente en el terreno político. Sin saberlo, participé por una década de ese proyecto político (no "modelo económico", como Ella aclaró), donde diferentes situaciones me empujaban irremediablemente a estar de acuerdo con las algunas decisiones del gobierno actual. Mucho tuvo que ver el peso de la mirada de mi papá sobre el tema, en lo político. Es el líder de opinión indiscutido que encausa mi manera de entender algunas cuestiones. Pero creo que fue después de escucharla a Ella, cuando me vi discutiendo con varios amigos sobre lo que sería mi posición política.

    Lo que nunca terminaré de entender es por qué el término "discusión política" es sinónimo de o es blanco o es negro, o sos radical o sos peroncho, o sos de los míos o sos de los otros. Peco de optimista persiguiendo la utopía de que "discusión política" sea antónimo de todo lo mencionado y pueda convertirse al final en un consenso, en un acuerdo, en un  gris donde se construya un lugar donde las verdades no sean ni absolutas, ni incuestionables, cero dogmáticas. "Conmigo no van a poder" recuerdo que dijo Ella en su discurso con respecto a la agresividad con la que algunos se refieren a cada decisión tomada por su gestión.

    Aún recuerdo la noche en que se aprobó el Matrimonio Igualitario, y yo en cama, tomando un té que seguramente preparó Liliana para mí. Lloraba de emoción, no porque este en mis planes casarme (aún) pero si porque eso significaba un paso más hacia el reconocimiento de los derechos humanos, una respuesta a una minoría que hace años lucha en el plano simbólico por la reivindicación de sus necesidades. "Al lado de cada necesidad, hay un derecho" remarcó Ella, y yo estallé en aplausos ese 25 de Mayo. También tengo presente el día que me llamaron desde la Universidad Nacional de La Rioja donde estudié prácticamente gratis debido al bajo costo del arancel, para notificarme que era uno de los pocos beneficiarios de la Beca Estímulo a las Vocaciones Científicas, gracias a la cuál pude financiar mi investigación, realizar mi tesis de grado y así recibirme. Pensaba en todo esto y en mi sobrino, en el país que le estoy dejando, en el ejemplo que le estoy dando. 

    Si a alguno le queda duda, no, no me pagan por escribir "a favor de". Tampoco soy 100% kirchnerista, tengo mis cuotas de reclamos y dudas, de esperar respuesta a ciertas causas que abrazo (como #ElFamatinaNoSeToca por ejemplo), ni estoy tan en desacuerdo con lo que Ella hace para considerarme radical. Decir "soy apolítico, son todos iguales, corruptos, los mismos de siempre" es caer es una simple mental reduccionista que no nos permite entender cómo progresa nuestra historia, al menos así lo entiendo yo. No, tampoco "defiendo" mi postura política, defender significa que existe una agresión de por medio, y agredir por pensar diferente me parece una aberración espantosa. Me gusta usar los argumentos y actuar de acuerdo a ellos, con la crítica por sí misma no se cambia el rumbo de las cosas, con la acción sí.

    Nací lejos de ese escenario compuesto por Piñeiro en "Un comunista en calzoncillos" pero reconozco que aún hay grietas que subsanar en nuestra historia, efectos de aquella época oscura que hay que amortiguar. Tengo la invaluable suerte de haber nacido en democracia. Los tres regalos más grandes que me dieron mis viejos son: la vida, el amor y la libertad, ¿no soy acaso el joven más afortunado del mundo? "Por lo menos cuando Menem estaba en el poder nos íbamos todos años de vacaciones" bromea mi mamá cuando le digo algo con respecto a mi postura política. Sí, mis viejos piensan diferente, seguro que coincidieron en algún momento de su vida, pero además de costarles un divorcio, de sus diferencias también salió un hijo que se crió en contradicciones. Y de esas contradicciones, de esa extrapolarización de ideas, me largo en la eterna búsqueda de mi verdad. 

    Su carácter tiene el mismo color de su voz. Es áspera, decidida y firme, a la vez que deja escapar de a ratos un destello de vulnerabilidad y sensibilidad, esa mezcla inconfundible de una mujer que, a diferencia de otros hombres que ocuparon su lugar, no se lleva todo por delante, sino que mira constantemente a los costados. Ahí estaba yo, entre los vagos, los mantenidos por el gobierno, los pagos por un choripán peronista y la gaseosa. Ahí estaba yo, comparando que tan lejos estaba de todos esos estereotipos construidos a partir de prejuicios y de tantísima ignorancia. 

    "Parte de lo que cuento en este libro sucedió y parte no. La ficción nos permite mejorar o empeorar la realidad según nos convenga. Mejorarla para tolerarla; empeorarla para que tenga tensión dramática. La vida, a veces, no la tiene. Los novelistas mentimos, no sé si para entender el mundo pero al menos para sentir que el mundo no nos engaña como quisiera" advierte Piñeiro en "Un comunista en calzoncillos". Supongo que mi padre, además de profesor de matemáticas y escritor, es un gran mentiroso que me indujo al vicio de la lectura para que el mundo no me agarre desprevenido paseando como un kirchnerista en boxers.

  3. De soledades y coincidencias otoñales

    viernes, 24 de mayo de 2013

    XXXVI
    ¿No será la muerte por fin
    una cocina interminable?
    ¿Qué harán tus huesos disgregados,
    buscarán otra vez tu forma?
    ¿Se fundirá tu destrucción
    en otra voz y en otra luz?
    ¿Formarán parte tus gusanos
    de perros o de mariposas?

    Pablo Neruda, "El libro de las preguntas"



    Estoy feliz con mi trabajo. No encuentro otro estado de ánimo para describir el momento que estoy viviendo, "feliz". Es domingo. Estoy sólo en el Parque Rivadavia tomando mate. Sí, leyeron bien: tomando mate. Siempre pensé que tomar mate por motu propio era parte de madurar. Eso y leer "Cien años de soledad" del Gabo. Sin embargo, el otoño duele como decía mi viejo, me gusta el otoño porque me duele. ¿Por qué dolerá el otoño? Felicidad y dolor, el adverso y reverso de la vida. Hoy desperté con ganas de estar en la cama de mi mamá, con el olor de alguna comida preparada por tia Tere invadiendo la casa, con el ruido de alguna película de Heber y con mi hermana "cargoseándome". Hoy me gustaría que estén todos acá, conmigo. O yo allá, con ellos. Quiero que estemos juntos.

    Anoche soñé con que se moría la abuela Sara, debe ser por eso que desperté con tanta nostalgia. Nostalgia y dolor, sentía en el pecho el peso de una roca. Me dolía tanto esa pesadilla. Recuerdo que en el sueño lloraba desconsoladamente ante la mirada de mi viejo. La mirada de mi viejo cuando está triste es siempre la misma: los ojos perdidos en algún punto fijo y una capa de lágrimas amenazando suicidarse por sus mejillas, los ojos como dos cristales grandes. Dos grandes cristales emocionados. Recuerdo además que en el sueño era Graciela quién me consolaba, me daba una palmeada en el hombro derecho y me decía que llore, llorá Martín, llorá todo lo que tengas que llorar porque al duele ya lo venimos haciendo hace rato. Nunca escuché una frase tan acertada.

    Amanecí con ese dolor, ese dolor de incertidumbre, ese dolor con olor a muerte, a muerte que anda rondando esperando sorprendernos en cualquier momento. No obstante ese dolor me llevó al recuerdo, un salto a la infancia. La abuela Sara me decía "negro del tumbo". Así me decía ella, mi negrito del tumbo. Busqué en Internet qué era un negro del tumbo pero no logré encontrar nada, ni descifrar qué significa. Luego de la frustrada búsqueda, decidí dormir de nuevo, soñar con algo más agradable quizás. Dio resultado porque soñé que le daba un beso a un personaje de la TV, pero eso queda para mi. 

    El otro día llamé a papá para contarle algo que me sucedió en el bondi un día de regreso a casa. Le di mi asiento a una mujer en el bondi. Ella, agradecida, me regaló tres bocaditos de chocolate y me confesó que menos que me diste el asiento, no doy más del dolor de columna. Sonreí y devoré el chocolate, saqué de mi bolso "Barriletes y utopías" y me dispuse a leer mientras lograba mantener el equilibrio en el colectivo en movimiento. No obstante mis intenciones de leer se vieron trucadas porque en el momento en que empecé uno de los cuentos de papá, vi que la mujer me acercaba un folleto. "El autor es un hombre de 90 años, se encarga de ayudar a la gente a encontrar a su guía espiritual" me contó, capaz te interese
    -¿Cómo te llamas? -me preguntó- Yo me llamo Juli.
    - Martín -respondí.
    - ¿No sos de Buenos Aires, no? -indagó sonriendo al quedar en evidencia mi tonada.
    - No, soy de La Rioja.
    Hablamos un rato sobre las enfermedades psicosomáticas, aquellas enfermedades que la medicina tradicional no puede resolver, las enfermedades del alma. También hablamos de mi búsqueda de trabajo, de cómo conseguí laburo, de mis anhelos, sueños y un par de frustraciones. Ella me contó de sus soledades, de la muerte de su marido, de su depresión y de ese "no" dibujado en su mente que no le permitía avanzar. La larga conversación que entablamos finalizó cuando ella se bajó, pero antes de hacerlo. 
    "Todos tenemos un 'guía espiritual' que habita en nosotros pero lo tenemos que descubrir por nosotros mismos" me explicó. Que así seríamos felices, o estaríamos en paz, una de dos. No recuerdo bien. Luego Juli me auguró éxitos. El éxito deseado por una perfecta desconocida me salvó el día. Estaba lloviendo, pero no me había dado cuenta hasta que me bajé del colectivo. A cambio del folleto sobre enfermedades psicosomáticas y guías espirituales, le regalé la copia que llevaba conmigo de "Barriletes y utopías" y me agradeció. Abrió el libro y leyó una frase en silencio, luego me dijo: 
    -¿Ves que las personas no nos conocemos por casualidad?
    Yo no entendía a que se refería, pero luego agregó que, como la protagonista del cuento que empezó a leer, ahí, en ese mismo momento, a minutos de recibir de mis manos el libro de mi viejo, su mamá también se llama Zunilda. Ensayé una tímida sonrisa y agradecí la coincidencia. No sé si volveré a ver a Juli, si la vida nos juntará de nuevo en este otoño o en alguna otra estación. Tampoco sé si leerá el libro que le regalé, aunque descuento que sí lo hará. Regresó a mi mente ese pensamiento que vengo rumiando hace semanas, y creo haberlo escrito varias veces: que la vida es también una suma de coincidencias, de encuentros y de soledades, de interminables otoños y de nostalgias de domingo por llover...




    P/D: el agua del mate está fría y me salió increíblemente asqueroso. Queda tan poético sobre el mate sobre el césped, prefiero mil veces el sabor capitalista de la Coca-Cola.

    P/D Nº 2: el único libro que leí en estas semanas es "Un comunista en calzoncillos" de Claudia Piñeiro (pero de este libro hablaré en mi próximo post). Tuve oportunidad de conocer a Claudia en la presentación del libro en la Feria Internacional del Libro, y en unos minutos escasos mientras me firmaba mi copia de "Un comunista..." le confesé mi admiración, de cómo pude reconciliar diferencias con mi viejo a través de ese último libro suyo y de cómo me había llegado "Elena sabe" (sí, también hablaré de este libro en otro post). En "Un comunista en calzoncillos" traté de ejercitar la memoria y recordar algún hecho de lealtad similar al que ocurre en la novela -no, no voy a pecar de spoiler-, pero no se me ocurrió ninguno. Como en el libro mencionado se aclara, toda historia que se me puede ocurrir tendrá su cuota de verdad y otra de mentira, ficción y  realidad. Pero eso será otra vez, ahora no paro de reír con el perro que acaba de mear la placa en honor a Bolívar que hay el Parque Rivadavia.

    P/D Nº 3: se me ocurrió pasar todas las anécdotas de este cuaderno de vida a un blog. Así nacerá "Los estropicios de la identidad". 


  4. Desde niña Andrea estaba obsesionada con el órgano reproductor masculino. No por perversión, ni por asumir un rol de Afrodita descontrolada, sino más bien porque esa extraña deformación que colgaba entre las piernas de los hombres parecía la cría muerta de un animal. Cuando su niñera Niní se descuidaba, se escapaba hasta la biblioteca del pueblo y con la excusa de tener tareas de la escuela, Andrea gastaba horas enteras de sus tardes sumergida en libros de biología, anatomía y sexualidad. "No me parece raro que a tu temprana edad ya les perturben la mente con esas asquerosidades" bufaba resignada la bibliotecaria ante los insólitos pedidos de la niña ante el mostrador.

    Con ojo clínico, Andrea inspeccionaba las ilustraciones de esos libros y se aprendía de memoria cada parte del pene: sabía cómo era flácido y cómo lucía erecto, conocía también que a través de esa “flauta de carne” -como la apodaron los niños malos del pueblo- atravesaba sangre, orina y un liquido blanco que se llamaba “semen”. Era la primera vez que oía esa palabra, “conjunto de espermatozoides y sustancias fluidas que se producen en el aparato genital masculino”.

    A sus siete años, Andrea podía ubicar a la perfección donde se encontraba el glande, el frenillo, el prepucio, el tronco y los testículos. Cuando la curiosidad pudo más que las reservas, Andrea pidió prestado el libro “Anatomía del cuerpo humano” y lo llevó a su casa, donde lo devoraba por horas, buscando alguna explicación de por qué el hombre contaba con ese pedazo de carne como si fuese una figura mitológica y carcomiéndose la cabeza pensando por qué a las mujeres Dios les había partido el cuerpo de esa manera, dejando una abertura tan vergonzosa entre sus piernas.

    Niní descubrió el libro que resguardaba Andrea bajo el colchón de su cama pero no dijo nada a sus patrones, por miedo de que la echen por complicidad. Prefirió decirle a la niña que Dios castiga severamente los deseos prohibidos, que los infantes arden en el infierno y que era mejor olvidarse de ese tipo de lecturas, vos no vas a ser doctora, vas a ser maestra, así que déjate de joder con esas porquerías.

    Andrea ignoró todas las señales de precaución moral, religiosa y social que Niní le advertía y continuó en la lucha por conocer cada vez más detalles del pene, qué otros órganos se conectan con él y como se introducía en la vagina, sin saber que años más lo experimentaría en carne propia, literalmente. Donde la gente ordinaria veía un banana, un pepino o una simple rama caída, ella veía un pene.

    Para curar a la niña de los vicios de la carne masculina, Niní propuso a sus patrones sacar del pueblo a Andrea, que conozca la urbanización, que se distraiga con las luces, no queremos que de grande pase vergüenza en la Gran Ciudad, argumentaba la mujer. Con una confianza ciega que construyeron con los años, los padres de Andrea autorizaron a Niní que lleve a dar un paseo a la niña, le hará bien abrir los ojos y dejará de pasar tanto tiempo encerrada en su habitación en esos mundos fantasiosos que creaba y le atrofiaban la mente.

    Al llegar a la Gran Ciudad, Niní agarró fuerte de la mano a Andrea y juntas recorrieron infinidades de calles, pasearon por diversas plazas donde la niña se hamacó, dio de comer a las palomas y vio un borracho orinar en una fuente de aguas danzantes mientras tarareaba un tango de Gardel, quizás. Ante semejante espectáculo Andrea quedó fascinada porque era la primera vez que veía un pene en carne viva. Hipnotizada por la coreografía del agua y del orín, al ritmo de los movimientos de pelvis del hombre pasado en copas, la niña tardó en reaccionar ante el latigazo que Niní le propinó en la nuca con la mano.
    - ¡Niña, deja de mirarle el pito a ese degenerado!
    - ¡Ese es un pene!- gritó emocionada Andrea, haciendo caso omiso a la orden de Niní.

    Un par de mujeres que circulaban por la plaza se escandalizaron y Niní no tuvo más remedio que llevarse a la niña del brazo, siguiendo su recorrido y tratando de pretender que acá no ha pasado nada, ni una palabra de esto a tus padres, ¿entiendes Andrea? Pero ella no estaba en este mundo ya, su suelo era el cielo y se quedó rumiando en su mente la imagen de ese bochornoso pene y el cómico apodo con el que su niñera lo había bautizado, “pito”. La niña esbozó una sonrisa.

    Un par de pasos más adelante se encontraron con una estatua de dimensiones extraordinarias, lo único que pudo sacar de su ensoñación a Andrea, ¿quién es ese hombre a caballo? Niní no sabía leer, pero para no quedar como una burra delante de la niña, salió bien parada respondiendo que ese hombre es un prócer. Se toparon con un par de próceres más, a los que Andrea observaba minuciosamente, tratando de encontrar diferencias entre uno y otro, pero concluyó la tarde y su veredicto era que todos esos viejos eran iguales. Niní le contaba a la niña que esos hombres no eran iguales, cada uno había dejado su huella en la historia, ese nos libró de una batalla, este otro creó la bandera y por culpa de este, tenemos que mandar a los niños a estudiar a la escuela.

    La memoria de Andrea se encargó de registrar cada uno de los próceres adjetivándolos, el prócer del caballo, el prócer el libro, el prócer de la bandera, el prócer de los bigotes. Al caer la noche, Niní y Andrea emprendieron la vuelta al pueblo, llegando a una de las avenidas principales de esa Gran Ciudad y ahí estaba ante sus ojos un gran pene de cemento, erguido, excitado, construido en la arteria principal de Buenos Aires y adornando con su erección el paisaje. El monumento de proporciones fálicas dejó en jaque los sentidos de Andrea, situación que conmovió a su niñera sin sospechar las historias que había tejido la niña en un santiamén.
    - Ese, m’ija, es el Obelisco- explicó Niní con una plácida sonrisa de saberse acertada.
    - No, Niní –corrigió seriamente la niña- ese es el prócer del pito.



  5. Estropicios

    miércoles, 22 de mayo de 2013


    estropicio.
    (De estropear).
    1. m. coloq. Destrozo, rotura estrepitosa, por lo común impremeditada, de cosas por lo general frágiles.
    2. m. coloq. Trastorno ruidoso de escasas consecuencias.



    Estropicios. Le gusta esa palabra, le gusta como se escribe y como suena. Estropicios. Le gusta además el significado que esconde. Estropicios. La vida es una suma de ellos. De estropicios. Al volver a Buenos Aires, el departamento donde vivía me recibió como siempre: inmensamente solo. No obstante empezaron a llegar el resto de los habitantes y todo retomó su rumbo normal. Al otro día de su llegada, tuvo su primera entrevista de trabajo, he was so fucking nervous. No obstante, no pasó una semana y lo llamaron de la agencia de publicidad. "Analista de reportes de social media, mamá" le explicó por teléfono. "¿Y eso qué sería?" preguntó ella. "Deciles a todos que voy a trabajar en redes sociales" le simplificó.

    Tenía el corazón en calma, lo tranquilizó el hecho de volver a Buenos Aires y conseguir trabajo. Germinó nuevamente la posibilidad de seguir regando las semillas de su sueño. Abrazaba la esperanza, esperaba ese llamaba y aprendió a refugiarse en las oraciones de San Expedito, mi San Expedito de las causas justas y urgentes, intercede por mi junto a Nuestro Señor Jesuscristo, para que venga en mi socorro en esta hora de aflicción y desesperanza, mi San Expedito tú que eres el Santo guerrero, Tú que eres el Santo de los afligidos, Tú que eres el Santo de los desesperados, Tú que eres el Santo de las causas urgentes, protégeme, ayúdame, otorgándome: fuerza, coraje y serenidad. ¡Atiende mi pedido! Que me llamen de la agencia, necesito este trabajo. Mi San Expedito, ayúdame a superar estas horas difíciles, protégeme de todos los que puedan perjudicarme, protege a mi familia, atiende mi pedido con urgencia, devuélveme la Paz y la tranquilidad. ¡Mi San Expedito! Estaré agradecido por el resto de mi vida y propagaré tu nombre a todos los que tienen Fe, muchas gracias. Todo salió bien: las causas urgentes tuvieron respuesta inmediata.


    En el transcurso de esas semanas, leyó "Hot Sur" de la colombiana Laura Restrepo y "El Plan Infinito" de Isabel Allende. Luego tuvo oportunidad de conocerla a Restrepo en la Feria del Libro, quien cordialmente firmó la copia de su libro, such a lovely woman, que dulce, tan encantadora. ¿Qué aprendió después de leer "El Plan Infinito"? En palabras de la propia autora, lo siguiente: entendió que "por más que uno corra, siempre está bajo la misma piel, que somos nuestro pasado y que la vida es una suma de ironías. Tal vez cada uno lleva su plan adentro, pero es un mapa borroso y cuesta descifrarlo, por eso damos tantas vueltas y a veces nos perdemos. No se puede vivir dos veces: la vida no tiene borrar. Vas a vivir la vida entera, aunque te duela". Estropicios. Y cuando nos perdemos, dicen, nos encontramos.


    Ese día le dolió. Se escapó del departamento, huyó practicamente. Los manos y las piernas le temblaban, nunca había experimentado ese dolor. Ese dolor de rechazo. Pensó en su amigo, él no se lo merece, él tendría que recibir una explicación de su parte de su huida, pero no tenía tiempo. Y tampoco tenía fuerzas. Estropicios. Ella se despachó con todo, la otra, la que se descargó contra él, la que acumuló años de frustraciones y proyectó su odio ante las buenas noticias que él recibía a diario, la envidia le carcomía la cabeza. La envidia y los celos, if she only knew. En esta casa se hacen cosas, loco: si te gusta bien y si no ya sabés lo que tenes que hacer, eso le dijo. A él. A él que sólo quería dormir un rato más, las noches anteriores no pudo pegar un ojo de los nervios, por fin un trabajo, tanto que lo esperaba y ahora la ansiedad le quitaba el sueño. Pero ella no entendía eso, ella hervía en su propia mierda, en su propia furia.


    ¿Te morís de ganas por que me vaya? le preguntó. Y dio en el blanco porque su respuesta, la de ella, fue contundente. Contundente y dolorosa. Dolor de rechazo. Rechazo, envidia, celos. Estropicios. Dio media vuelta y clavó sus ojos, esos que detras de la inocencia esconden una vida triste y llena de resentimiento, y respondió "y sí". "Si" no, "y si". Un "...y sí" de ya no te soporto más, me molesta tu presencia, me molesta la vida, soy una condenada puta que la vida la jodió y me estoy desquitando con vos. Entonces él agarró sus cosas y se fue. Su cuerpo no le pertenecía, era un manojo de nervios. Chau estropicios, se despidió.

    Llegó a la casa de su amiga, quien lo albergó en su departamento, pero él estaba feliz no por encontrar otro techo disponible, sino poder contar con amistad y generosidad abundante en otras personas. Tal como lo hacía su amigo, él también lo albergaba con hospitalidad y desmedido cariño. A diferencia que ahí, bajo el nuevo techo dónde vivía ahora, no habitaba un potencial Sleepy Joe.

    Estropicios.





  6. Papá,

    Creo que las libros son el camino que nos conduce a todos, irremediablemente, al vicio de la lectura. La espera por un trabajo me tiene carcomiéndome la cabeza, la urgencia de que llegue algo y que no llegue nada logra sacarme de quicio y más de una vez he suspirado de frustración al no poder encontrar un lugar en esta selva tan urbana como salvaje, donde es más fácil pedir perdón que permiso. Mientras invoco algún trabajo, he intentado no caer en la desesperación y refugiarme en el sagrado hábito de la lectura. Y el motivo de estos párrafos no es más que para agradecerte, ¿a esta altura? ¿a los 23 años y con un título bajo el brazo? ¿después de haber leído no sé cuantos libros, autores, temáticas, etc? Sí, a esta altura.

    A esta altura busco a mi familia en los libros de Isabel Allende. Sé que no es virgen de tu devoción pero irremediablemente tu plan de que yo salga un ávido lector no podía ser exitoso en un 100%, así que te disgusto priorizando a Allende sobre todas las otras plumas. Pero no desesperéis y seguí leyendo: no digas nada, no me retes, ni lances una puteada si te digo que compré "Cien años de soledad" teniendo a mi disposición como 20 ejemplares en casa. Yo siempre pensé que iba a madurar el día que lea un libro de Gabriel García Márquez o de Borges, me pasé la adolescencia enfrentando mis propios prejuicios mientras leía a Isabel y de grande comprendí que los libros no deben ser forzados, sino que llegan en un momento determinado de nuestras vidas.

    No puedo caminar por Buenos Aires sin buscarte en una librería, no a tus libros, ni a tus ensayos, ni nada por el estilo, te busco papá en tus autores preferidos, cada vez que tengo oportunidad y se habla de "Cien años de soledad", saco el pecho como paloma orgullosa y digo "mi papá se sabe de memoria los primeros párrafos de tantas veces que lo ha leído". Y sonrío, y ahora mientras escribo, no puedo no emocionarme si en cada café que paso, te invoco con mi memoria visual y te veo leyendo. 

    Renegaba tanto cuando a los 7 años en lugar de juguetes, los Reyes Magos me traían un libro, en qué mundo vivía, no podía concebir que mientras los niños normales disfrutaban sus juguetes -no es que yo no tenía, pero quería esa "emoción del momento"-, yo tenía que pasarme una tarde leyendo "El caballero de la armadura oxidada". La rabia se me pasaba al rato, cuando me sumergía en esos fantásticos mundos de nobles, animales parlanchines y una lista interminable de valores que había que respetar: la última palabra de ese libro, si mi memoria no me falla, es amor.


    "Amor" se llama el último libro de Isabel, el que recapitula sus mejores escenas de sexo, pasión y, valga la redundancia, amor. Espuma de la espuma de la espuma, industria cultural, cliché de sus últimos libros e inevitablemente repetitiva. Pero encantador, un libro encantador y cuando de amor y literatura se trata, me vuelvo loco. Ahora estoy con "Eva Luna" y, con la urgencia que me apura y la ansiedad que me distinguió siempre -heredada de vos-, compré "Cien años de soledad" para que nunca pase un día sin leer: un día sin leer es un día perdido.

    Hoy veía en Yennys, un libro que reunía a otros tres, la trilogía de Isabel, "Memorias del Águila y Jaguar" y lo primero que se me vino a la cabeza fue: "Que golazo sería si Heber leyese estos libros de chico" y ahí fue cuando me encontré con el demonio de Carlos Alanís, ¡¡¡¿qué me hiciste?!!! Siempre le dije a María que Heber tiene que leer, lo que sea, desde un prospecto de un remedio hasta la biografía de Micky Mouse si es necesario, pero que lea, que las palabras lo inunden y que se contagie esta manía de no poder vivir sin un libro bajo el brazo.


    Yo creo que si Carlos Alanís viviese en Buenos Aires, se le pasaría el colectivo cuatro cuadras y se confundiría de estación de subte por tener las narices perdidas en un libro. Bueno, entonces Carlos está vivo. Vive en mi, porque eso me ha pasado, ¡y seguido! No de despistado, sino que hay historias que me sacan de contexto y me hacen volar. Me encuentro sonriendo como estúpido entre una masa de desconocidos pensando "si papá me viera...". Al no contar con un velador en la pieza que compartimos con Fernando, me las ingenio para leer hasta que el puto insomnio me abandone y las ganas de dormir lleguen. Son varias noches las que abro el libro con un mano y con la otra sostengo el celular para que me ilumine la página por la que voy, sí, es incómodo, pero como voy a descansar sin saber que le pasó a "Eva Luna" luego de arrancarle los pelos a su patrona y salir corriendo.

    La otra técnica que tengo es más cómoda, pero más bochornosa cuando no consigo conciliar el sueño, me voy al baño con el libro bajo el brazo, me encierro, me bajo la ropa interior y me siento el inodoro sin necesidades que me apuren, sólo para leer hasta que una hora prudente en que no levante sospechas o hasta que el frío en los pies  me anuncie que ya es hora de volver a la cama. La mayoría de mis amigos me viven diciendo que vivo como volando, pero como no volar con tantos relatos dignos de ser leídos y un padre que, desde pequeño, me llenó de tantos libros que me hicieron creer que el cielo es mi suelo.

    Estoy resistiendo, estoy aguantando, estoy esperando y no quiero volver, quiero crecer acá y encontrar una oportunidad laboral, me siento triste al caer en la realidad de que esto es más duro de lo que pensaba, pero no me dejo ganar por la melancolía porque los busco a todos en las historias que leo, busco a mi abuela Sara en esos espíritus que describe Isabel, a mi mamá y mi tías en otras mujeres, a mi sobrino en las inocencias de los niños y así, hasta pasar un día más con la esperanza de que suene el teléfono para que me entrevisten y así conseguir un trabajo.

    Hace daño "acumular dolor sin convertirlo en palabras, acumular amor sin convertilo en abrazos y acumular las penas sin llorarlas" dice Isabel, La necesidad de escribirte era inexorable. Podrá sonar un cliché o una ironía, pero tener "La casa de los espíritus" y "Cien años de soledad" es como tener a mamá y a papá en el mismo cuarto abrazándome, diciéndome "dale hijo, aguanta que para eso te dimos la vida y la libertad". Y si, no te miento, hay noches que me puede más la angustia y extraño tanto que exploto en lágrimas pero no flaqueando mi decisión de continuar mi aventura acá.

    Extraño a mis mujeres, a todas, desde mamá, mis tías, mi hermana hasta la abuela Sara y Graciela, extraño las comodidades y las distancias cortas, pero aprendí a ser paciente y viajar, saber que acá 1 hora de viaje es lo más normal del mundo y que al verme sólo los mediodías experimento en la cocina. No es por nada, pero tengo muy buena mano y cuando vaya a La Rioja voy a demostrar orgulloso todo lo que aprendí. Para la nostalgia, el mejor remedio que tengo es leer para encontrarnos.

    Anoche fui al cine a ver "Oz, El Poderoso" y salí como niño chico a la calle, era de noche, Caballito, llovía, tomé un taxi y volví sonriendo a casa reafirmando lo escrito anteriormente: mi suelo es el cielo. Así encontró el otoño a tu hijo menor, lejos de casa pero perdido en los libros. 

    Se me hizo extensa esta carta virtual pero tenía todas estas cosas palabras atragantadas en los dedos. 

    Es un "gracias" encubierto.


    Te extraño papá, 


    Martín 



    .......................................


    Respuesta de papá:

    Nunca pierdas las esperanzas, como dice el Nano ¨el camino es cuesta y me voy a pie¨. Tu carta es una dignisima obra literaria y todo un homenaje al libro. Te agradezco tu reconocimiento y tené paciencia; ¨dicen que de lejos se ve mas claro y que no es igual quien anda y quien camina¨.

  7. Terminé de leer "Paula". Desconozco totalmente cuál es mi lugar en este mundo.

    Con todas las personas que me crucé estos días y contando con la posibilidad de hablar sobre mi breve estadía de dos meses en Buenos Aires, terminaba contándoles que pronto, en semanas, volvería a la gran ciudad a seguir buscando trabajo, insistiendo y dándole batalla. Pienso trabajar de mozo is hace falta para permanecer en Capital Federal hasta conseguir un oficio en lo mío. Sin dudas, tengo el corazón aquí en La Rioja pero la cabeza puesta en Buenos Aires y una vez que uno hecha raíces en otras tierras se hace difícil quedarse quito.

    Pienso en Buenos Aires como un puerto, y de ahí partir cada tanto a explorar Latinoamerica y luego visitar otras culturas del mundo. Aunque claro que en el momento que escribo esto, sólo cuento con $9 que tomé prestado del monedero de mamá, con su previo consentimiento.

    "La vida es un ruido entre dos grandes silencios abismales. 
    Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte."

    "Paula" me derribó, me hizo recorrer los puntos cardinales más sensibles de mi corazón. Las últimas páginas
    la leí con los ojos hinchados, con los espíritus de la abuela Pochola, el tío Coco, Fabián y otros más que renunciaron a sus cuerpos y hoy nos pisan las sombras.

    Todos los días pienso en escribir una novela, por más mala que sea, corta o larga, aunque sólo la lean mis padres y algunos amigos. Cada día siento explotar en las yemas de mi dedos una birome furiosa, que me dice dale, animate, escribí como si nadie estuviese detrás tuyo, como si nadie esté leyéndote, lo que salga y sin miedo.

    Las historias se van acumulando. Espero que la suma de los personajes, sus virtudes y sus desgracias me sigan empujando a ese inexorable oficio de escribir. Últimamente soy lo que leo, pero siento con más fuerza que cada vez soy más lo que escribo...




  8. 15 de abril, 2013

    Los 4 años de Heber me encontraron sólo en Buenos Aires, el jueves 28 de marzo, comiendo choclo con manteca y sal, respetando claro las premisas de mi religión y evitando la carne. Lejos de seguir al pie de la letra todos los preceptos que Dios nos encomendó (?), lo hice por respeto a mi familia, para conservar a la distancia ese lazo indestructible que nos ata. No, la religión no: el amor.

    Para evitar el bochorno de ausencia de los invitados como el año pasado, mi hermana decidió correr la fecha de celebración para el 13 de abril. En mi agenda del año pasado tengo anotado que un 12 de abril fui por primera vez, a mis 22 años, a ver una película en 3D al cine. Coincidencia es que, al cumplirse un año de este hecho, el mismo día pero un año después fui nuevamente al cine acompañado de Heber a ver "Tadeo Jones, un cazador perdido". La complicidad que construimos en estos cortos años con mi sobrino es el motivo de sonrisas en momentos tristes, salvándome así de una inexorable melancolía.

    A tu fiesta, Heber, acudieron todos: familiares cercanos y lejanos, familiares de tu mamá, familiares de tu papá y familiares de familiares, amigos, niños y niñas, amistades mías y otras personas que compartieron con vos este inolvidable día. "Fue el mejor cumpleaños porque todos estábamos felices" recuerdo que dijo tia Tere. Y cuanta razón tenía, ¡como para no estarlo! Este año la temática de tu cumpleaños fue "El Hombre Araña" -o como corregís siempre "El 'Sorprendente' Hombre Añara"-, y eso me sirvió como disparador para dedicarte unas palabras en el momento en que me tocó hacerlo, minutos antes de soplar esa vela celeste llena de brillos en forma de 4.

    No creo que lo recuerdes de grande pero si alguna vez lees este blog, te voy a recordar lo que te dije ese día. Cuando uno es pequeño tiene múltiples héroes, los tuyos fueron (y son) varios: Buzz Lightyear, Woody, Rayo McQueen, Mate, Batman, Superman, Thor, Iron Man, Max Steel, Spiderman y un innumerable listado de nombres de super hombres que entre tu padre y yo tratamos de regalarte para que sigas armando tu colección. Yo no tuve héroes favoritos, no por falta de masculinidad como muchos deben haber pensado, sino porque todavía no había llegado a mi vida ese super hombre en el que pueda depositar toda mi confianza para rescatarme de pesadillas y de las sombras. Hasta el 28 de marzo del 2008.

    El 28 de marzo de 2008, cuando naciste, convertiste mi existencia ordinaria y cambiaste de rumbo mi destino vulgar, me llevaste a ese maravilloso mundo de ser tío, inacabable aventura. Hoy terminé de leer "De amor y de sombra" de Isabel Allende, un libro que sin proponerselo te desvela, te preocupa, te intriga y te atrapa a la vez que te renueva la esperanza y la fe a través de la memoria y el amor. Lo mismo sucede con vos en cada encuentro, en el destello que dispara tu mirada y en el eco de tu sonora carcajada.

    Ignoro tu misión en el mundo, desconozco cuales son los planes que Dios tiene preparado para vos. Solo deseo que transites esta vida con amor. Ayer, una vez finalizada tu fiesta de cumpleaños, me pedías que salté sobre los globos y los reviente, me preguntaste si tenía miedo y te respondo algo que escuché en una pelicula o leí en algún lado, "el peligro es inevitable, el miedo es opcional". No me entendiste seguro, pero cuando seas grande te vas a dar cuenta de que te hablaba. Sos mi niño valiente y espero que el día que abras los ojos ante este mundo hecho de amor y de sombra conserves tu espíritu soñador y enfrentes cada obstáculo como una aventura. Debo reconocer que a veces tengo miedo de que sufras, pero eso es inevitable.

    "-Y ahora amiga, cuéntame por qué estas triste.
    -Porque hasta ahora he vivido soñando y temo despertar."

    Ese día, cuando te des cuenta que los superhéroes más valientes son aquellas personas que hacen que tu rutina no se convierta en una suma de días ordinarios, estaré a tu lado. En cuerpo o espíritu, a capa y espada, seremos siempre invencibles. Irremediablemente te amo, sos la guía de mis buenas acciones y el faro de mis voluntades perdidas. Yo seguiré escribiendo, para no perder mis palabras y para seguir la intuición que me pide a gritos continuar estas páginas.

    A dónde el corazón se inclina, el pie camina. Allá voy, allá vamos...








  9. 10 de abril, 2013

    Miro alrededor y veo las paredes de una casa que fue testigo de mi infancia, por ella transité la mitad de mi infancia y parte de mi adolescencia. En este living donde escribo ahora, celebramos interminables fiestas de Navidad y Año Nuevo como así también uno que otro cumpleaños, donde todas las familias de cada una de las hijas de la abuela Pochola llegaban con comida y ánimos de festejar.

    En este living velaron los restos de esa mujer de fuerza interminable y cariño desmedido, y hoy, en este mismo living es el campo de juego de Heber. El piso está dinamitado de juguetes, rompecabezas, muñecos de acción y libros didácticos. También está presente el Pato, una bicicleta con morfología de pato amarillo que le regalé a Heber cuando cumplió su primer año. Aún recuerdo cuando fui a comprarlo y con ayuda de Elodie transité todo el centro en moto haciendo equilibrio con el Pato a cuesta. Años después, apenas dos años más, haría la misma proeza, pero esta vez sólo y con un monopatín rojo de Cars.

    Varias generaciones fueron protagonistas de historias que tuvieron lugar en esta casa, en la de Malanzán y la de la Gran Casa de la Avenida. Para mí que Dios me hizo nómada, de casa en casa, viviendo y a la vez recolectado relatos, rostros, alegrías y penas para luego darles formas y escribir algo.

    Siempre estuvieron las intensiones de escribir una pequeña novela que contará la historia de mi familia pero siempre desistía, por falta de tiempo y de constancia, y por miedo de que algunos familiares se ofendan conmigo, también para evitar las comparaciones con mi papá y simplemente porque tantas ideas se atropellan en mi mente que me cuesta darles un orden y dotar de sentido a una fabulosa epopeya familiar similiar a los Buendía o a los Trueba (¡¡¡qué valor!!!). Sin embargo, sé que probablemente algún día, no sé a que edad o en qué vida, me voy a animar y esbozaré las primeras palabras de ese relato que (me) estoy debiendo.

    Mientras tanto escribo para sanar, porque como decía Isabel Allende en "El Cuaderno de Maya", acumular dolor sin convertirlo en palabras, acumular amor sin convertirlo en abrazos y acumular penas sin llorarlas, nos hace daño.

    Hace 2 días, precisamente el 8 de abril hubiese cumplido años mi querido primo Fabíán, de quién les contaré más adelante. A él también le debía estas páginas.





  10. 10 de abril, 2013

    Hoy volví a casa después de dos meses de estar en Buenos Aires y empecé a escribir este cuaderno de vida por necesidad, para rescatar algunos recuerdos del viento del olvido y porque temo envejecer y no recordar qué momentos marcaron mi historia, la de mi familia y otras personas que dejaron huellas imposibles de ignorar.

    Volví a mi provincia y todo permanece inmutable, salvo la cabeza pintada de mi abuela Sara, ahora poblada en su totalidad de canas blancas y la altura Heber, que debe estar estrenando un par de centímetros más. El resto, intacto, como si el paso del tiempo hubiese pasado de largo por La Rioja. Las cansas donde me crié sufrieron algunas modificaciones pero sólo estructurales, a una le derribaron los canteros donde la abuela tenía su jazmín y un tristísimo jardín improvisado para levantar una pared y  construir un portón para proteger el auto de Tia Tere, "esta es la casita del auto de la tia" me explicó mi sobrino.

    En cuanto a la Gran Casa de la Avenida Castro Barros, sólo encontré un par de muebles cambiados de lugar y a mi pieza convertida en un depósito de recuerdos: la cama de dos plazas que me regalaron cuando cumplí 18 años, el televisor del tío Chacho, un par de camisas y libros de papá, el espejo que era parte del juego de dormitorio de los primeros años matrimoniales de mis padres y el sillón de mimbre dónde mi abuela Sara pasaba sentada tardes enteras.

    Pasaron un par de meses hasta que decidí darle uso a este cuaderno que me obsequió mi amiga Mercedes en septiembre del 2012, cuando cumplí 23 años. Improvisé una agenda, un recetario de cocina, un anotador pero finalmente arranqué esas hojas y dispuse que era el momento de darle forma a las palabras que me acosan desde que leí algunos libros que me volaron la cabeza. Otro de los motivos de iniciar con esto fue que leí en un blog de mi escritora predilecta, Isabel Allende, donde invitaba a a todos sus lectores a enviar fotos de los diarios de vida que poseían. Entonces me sobraron los motivos, junté ganas y empecé a escribir estas líneas, desconociendo por completo cuál será su destino.

    Hoy empecé a escribir mi cuaderno de la vida, ¡no saben lo hermoso que se siente repasar relatos que tenía dormidos en la memoria! Gracias amiga por este regalo, meses después le pude dar el fin que se merece. 







  11. Mi Patria chica

    lunes, 20 de mayo de 2013

    A veces me enojo con vos, porque no me das lo que quiero y porque me duele no verte brillar como te mereces. Me diste todo y sin embargo hay cosas que me hieren de vos. Después de todo te quedaste con lo mejor de mi, con mi casa, mi familia, mi infancia y parte de mi juventud, te quedaste con mi primer 'te amo' y con amistades inigualables. 

    A veces te demando tanto y te respeto poco, pero a la distancia la óptica cambia, y no me queda más remedio que confesar que de vez en cuando te extraño. Te abrazo a la distancia, te abrazo en nuestra historia juntos y en lo mucho que hiciste por mi. 

    Desde aquel "rincón florido mi Malazán" hasta la gran casa de la Avenida Castro Barros, felices 422 años mi Patria Chica, mi Rioja hermosa... 


    *Este post no fue escrito en el Cuaderno de la Vida


  12. "La vida es una lucha como un río que avanza
    y los hombres quieren decirme, decirte, por qué luchan,
    si mueren, por qué mueren,
    y yo paso y no tengo tiempo para tantas vidas,
    yo quiero que todos vivan mi vida y canten mi canto,
    yo no tengo importancia,
    yo no tengo tiempo para mis asuntos,
    de noche y de día debo anotar lo que pasa,
    y no olvidar a nadie".

    Pablo Neruda, "El Hombre Invisible"



    Bueno, aquí me animo de una vez por todas y empiezo a escribir un blog como la gente (no sé como qué gente). Quería contarles que las anécdotas que voy a ir publicando fueron previamente escritas en mi cuaderno de vida (las primeras, las últimas ya fueron escritas en una computadora) dónde agencio lo ocurrido en estos meses del 2013 (y espero que por unos años más si la disciplina de escribir no me abandona), mi nueva vida en Buenos Aires, los saltos de la memoria a mi infancia y a mi juventud, el recorrido que hago por los rostros de mi familia y amigos como así también la incorporación de nuevos personajes a medida que pasa el tiempo.

    Tengo alma de periodista, por ende, es imposible sólo contar lo sucedido, el hecho en sí, lo que produjo un punto de inflexión en mi vida y me hizo volcar en palabras lo que tenía atragantado en estos dedos largos que escriben descontroladamente, tipean, tipean, sin saber a dónde irá a parar todo esto. Como escritor frustrado que soy también incluiré algunas modificaciones a mis relatos porque al fin de cuentas nuestra mente selecciona recuerdos para adórnalos, mejorarlos o maximizarlos. Habrá una gran cuota de verdad, habrá una gran cuota de mentira. Realidad y ficción como adverso y reverso de una moneda que gira constantemente.

    Mi piel desnuda, mis anhelos más íntimos y mis socavadas frustraciones serán parte de este blog. Usted, querido o querida lector/a está a tiempo de abandonar este blog porque seguramente no habrá nada que le interese. Inauguré mi cuaderno de vida con un fragmento de "El hombre invisible", una de las tantas poesías de Neruda que me vuelven loco y luego fui redactando de todo un poco y de poco un todo, sin categorías ni etiquetas para clasificar algo que para muchos carece de sentido. Estos relatos rozan el diario éxtimo y la autobiografía de poco interés de un absoluto desconocido para la mayoría.

    Será parte de este viaje virtual la lista de libros que voy leyendo en el transcurso. Es justo y  necesario que aclare esto, fueron ellos (los libros, claro) los que me empujaron a la computadora. Mucho de ellos contribuyeron a la construcción de mi identidad. Quiero dejar explicito como a través de estos párrafos intento subsanar algunas grietas de mi vida mediante la escritura, el bello ejercicio de la escritura. Esas grietas también me definen, me dicen 'te equivocaste en esto y sos producto de tus errores, asúmelo'. Lejos estoy de reflexiones de libro barato de autoayuda (¡Dios me libre!), sólo quiero escribir sobre los destrozos y reparos de quién soy, sobre las roturas involuntarias de mi "yo" y las alternativas de escape que encuentro en la construcción de esta identidad a partir de la mirada ajena de los otros.

    Así es la identidad, hecha y desecha por las idas y vueltas de la vida, tan frágil y vulnerable como la hoja que se suicida en otoño y teme por su integrad ante la pisada descuidada de un extraño.