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  1. La invención de Martín

    domingo, 25 de agosto de 2013

    "Ya, todos somos dos personas, o tres o cuatro; yo a algunas de mis personalidades ni siquiera me las he cruzado todavía".

    José Ovejero, "La invención del amor"

    Voy a cometer una imprudencia: estoy escribiendo en este blog faltandole el respeto al propósito inicial del mismo. ¿Recuerdan que iba a actualizarlo cada vez que finalice la lectura de un libro? Bueno, hace dos semanas que este pobre #CuadernoDeVida está en stand by, en una pausa intermitente y molesta. Que escriba me pedían, ¿pero cómo hacerlo si el libro que estaba leyendo me irritaba? Si, bien leen: el libro me irritaba. Me incomodaba leerlo, y es sabido que no hay peor pena para un lector que un libro impuesto. Pero este libro no fue impuesto ni por mi padre, ni por amigos, ni por la crítica literaria que te lleva a comprartelo. Fue impuesto por mí, que es mucho peor: se trata de "La invención del amor" del español José Ovejero. Leí un par de reseñas y un "Premio Alfaguara de la novela 2013" en su cover. Leí las primeras páginas en PDF y me dije "¿por qué no?". Resulta que me estoy comiendo un fiasco de aquellos. No es un libro aburrido, es una obra que no me atrapó como pensaba que podía llegar a hacerlo. Recuerdos a dos personas: una, mi papá, que anoche cuando le comentaba que ya iba por la mitad del libro y aún no le encontraba razón de lectura me contestó que él estaba leyendo uno y que le pasaba algo similar, "me enganchó en la página 205" agregó. También recuerdo a Camila, una compañera de Comunicación Social, que además de compartir carrera y puestos de ayundatía, compartimos el amor por los libros (debo aclarar que no soy ni la sombra de lo que es ella leyendo, ¡en qué momento lee tanto!). Ella abandonó un grupo de lectura de "Rayuela" de Julio Cortázar creado a través de Facebook porque simplemente no era el momento, el libro no la atrapó como a todos. Yo ni siquiera lo empecé (otro en mi #WishList). Que condenado de mi parte torturarme con un libro que no es mi agrado.

    "Una mentira y todo cambia, se precipita, se disuelve. Una mentira y ya no puedes defenderte, decir: 'No es posible, te juro que no es así'. Porque ya te has creado un persona y has convencido a los demás de que ese personaje eres tú; y ahora no puedes salir tú mismo a escena para mostrar quién eres. Ahí está, tu doble, el otro inventado que querías que diese la cara por ti. Una mentira y ya no eres nadie, ya no existes, porque ahora a los ojos de los demás eres otro, ese que has dicho que eras".

    ¿De qué va "La invención del amor"? Es la historia de Samuel, un hombre entrado en años que un día recibe la inésperada llamada de un desconocido anunciándole que Clara había muerto. Fascinado con suplantar a alguien, se inventa un amor con esta chica fallecida y bueno, ahí queda en ustedes saber que pasó. Yo aún no lo terminé y creo que lo voy a dejar de lado por un tiempo, restan un par de hojas para saber cómo la novela finaliza. ¿Y si le invento el final? ¿Y si el libro no es más que eso, una invitación a reflexionar qué tanto inventamos de nosotros mismos? ¿Y no es acaso la invención un eslabón fundamental de nuestra #Identidad? ¿Y qué hacemos con los rasgos de nuestra #Intimidad que guardamos para nosotros mismos y los suplantamos con otros que hagan de nuestro "Yo" algo más interesante? Cuantas veces inventamos: inventamos sonrisas, inventamos "buenos días", inventamos caricias e inventamos sombras para no sentirnos tan miserables, "como cuando hemos dejado pasar una de esas oportunidades que de haberla aprovechado nos habría reconciliado con nosotros mismos".

    "Es sabido que queremos que los ojos del otro reflejen no lo que somos, sino aquella persona que nos gustaría ser, aunque tengamos que cargar para ello con la sensación de insuficiencia al intentar adaptarnos a esa imagen ideal, más bien a esa deformación favorecedora de nosotros mismos. Y luego, en general, con el paso del tiempo, acabamos conformándonos con quienes somos, dejamos de fingir, reprochamos al otro que espere de nosotros más de lo que podemos darle, olvidando que justo eso era lo que le habíamos prometido".

    El tema de las invenciones es que no siempre son producto de nuestros sueños más íntimos, ni de nuestros anhelos más profundos. Mucho menos de nuestras ilusiones desorbitadas. No. La mayoría de mis invenciones nacen de las frustraciones, de lo que no es ni pudo llegar a ser, invenciones generadas del miedo. Invenciones que me hacen creer que aún estoy vivo. ¿Y cuantas veces inventamos recuerdos de lo que nos hubiera gustado que haya pasado? Un primer beso que en lugar de prisa, sea de amor por ejemplo. Una caricia detenida en el tiempo, eterna como la mano de quién nos toca. Nos inventamos hasta una piel  capaz de cubrir la auténtica, la rasgada, la llena de cicatrices. Cuantas veces nos inventamos un amor que carece de una emoción primera y de un final contundente; qué felices nos hacen esas historias que en lugar de un punto final, terminan con puntos suspensivos.

    "Siempre he evitado la palabra amor. Un sustantivo devaluado, una moneda tan usada que ha perdido el relieve de manera que se puede acariciar entre los dedos sin percibir imagen alguna; una moneda que no me atrevería a dar en pago por miedo a ser mirado como un estafador".

    Este texto no tiene razón de ser, pienso. Escribo porque la urgencia de hacerlo tranquiliza mi ansiedad. Que sanadora puede ser la escritura, que poder curativo llegan a tener el peso de las palabras. Si leíste hasta acá, te felicito porque significa que algún sentido le encontraste. Yo no. A lo mejor acá es cuando cada uno empieza a escribir sus propios finales, sus propias invenciones. 

  2. Lunares y tajos

    domingo, 11 de agosto de 2013

    Hoy fui a Plaza Mitre otra vez, luego de pasar por la comisaría que queda sobre Avenidas Las Heras para justificar mi "no emisión" de voto. Mientras esperaba en la fila terminé de leer "La ridícula idea de no volver a verte" de la española Rosa Montero (en realidad lo finalicé anoche pero hoy leí el anexo que es el diario que escribió la maravillosa Marie Curie tras la muerte de su amado Pierre). De los puentes construidos luego de la lectura de esta obra hermosa escribiré más adelante, cuando la auténtica oportunidad se presente. Les cuento que este libro me lo regaló mi papá (para variar) sin sospechar que estas páginas me envolverían en un mar de emociones, obligándome a interrumpir la lectura de "El amor en los tiempos de cólera" de Gabriel García Márquez. No sé porque pienso que cada vez que escribo que estoy leyendo tal libro o que inicié la lectura de tal otro, nunca lo puedo terminar (espero que no me suceda con éste ni con el que empecé este domingo). En fin, sucede que hay ciertos libros que a medida que los vas leyendo es como si éstos te contaran tu propia historia y lo mágico sucede cuando esto se da a la inversa: cuando pareciera que uno es el encargado de narrarle la propia historia al libro que está leyendo.

    A través de la figura de Marie Curie, Rosa Montero filtra "La ridícula idea de no volver a verte" entre mis libros favoritos y que cuando me pregunten seguro será una sugerencia de esos #LibrosQueRecomiendoLeer. Que devaluada está la palabra "favorito", queda corta para definir lo que produjo este libro que inicié en el colectivo que tomé hace una semana atrás en La Rioja con camino de vuelta a Buenos Aires. Debo admitir que Montero me conquistó con su narración a medio camino entre lo autobiográfico y la ficción, cuando la cualidad de #Intimidad, lo íntimo propiamente dicho se torna éxtimo como sostiene la antropóloga Paula Sibilia en "La intimidad como espectáculo" (otro de esos #LibrosQueRecomiendoLeer). Sí, como verán también estoy incluyendo los hashtags a mis entradas de este blog, servirán para reunir bajo una misma etiqueta tópicos en común; idea que tomé prestada también de Montero, ¿se imaginan mi felicidad cuando me encontré con que una escritora de su talla incluyese en su libro las famosas almohadillas que son parte del lenguaje transmedia? Lo que me sucedió con este libro es que me permití emocionarme como hace mucho tiempo no lo hacía, me sorprendí verme llorando, con sollozos que se atropellaban en mi pecho pensando en lo vivido y en lo que vamos dejando atrás, como "proyectos de cadáveres" destinados a una inexorable muerte del cuerpo (del alma, who knows?).  Llamé a mi papá para agradecerle este libro antes de terminarlo: esto de agradecer no sucede mucho, pese a que le debo tantísimo a mi viejo, pero me veía obligado a decirle gracias porque este libro ha valido tanto la pena como la alegría.

    He aquí lo curioso. A principio de año recibí la propuesta por parte del profe Maxi Bron en convertir mi #Tesis en #LibroDigital y el proyecto me entusiasmo de entrada, lástima que nunca pensé en lo que me iba a costar encontrar ese tono de narración que circule con cuidado en el lenguaje científico sin caer en la tediosa lectura de un texto que aburre con tantas palabras técnicas #Boooring. Como muchos sabrán, a lo mejor muchos no, mi #Tesis se trataba sobre #ConstruirIdentidad en las redes sociales; el nombre completo es larguísimo (te deja sin aire): "La construcción de identidad de los jovenes riojanos universitarios en las redes sociales".  Mi frustración fue a parar a los oídos (o mejor dicho, a los ojos) de quien fuese directora de esta hermosa #Tesis, mi estimada y entrañable profe Leila. Creo que el tono de la narración está resuelta gracias a llegada de "La ridícula idea de no volver a verte" de Montero. Ahora sólo hay que esperar que las palabras fluyan para poder comunicar al mundo (o al menos a una ínfima parte de él) las conclusiones a las que llegué luego de un año intensivo de investigación. En realidad es una tesina, pero uno le pone tanto empeño e invierte tantas horas, esfuerzo, que habla de su #Tesis como si ésta fuese merecedora de un Premio Nobel. Pero de eso, también les contaré otro día (no del Nobel que nunca voy a recibir, sino de mi #Tesis).

    Como les conté al principio de esta entrada, hoy fui a Plaza Mitre dispuesto a pasar la tarde y empezar otro libro. Antes de empezar: silencio. Pero silencio con ruido, era un silencio de niños riendo, de perros jugando, del tráfico de domingo que se mueve como en una pausa interminable sobre Avenida Libertador. Me tiré en el césped frío que humedeció mi espalda y un rayo fulminante de un sol invernal me cegó un ojo. Cuando mis pupilas se acostumbraron al esplendoroso brillo solar, contemplé también el cielo y, sin caer en poesía barata, me sumergí en la inmensidad de ese cielo azul que cubría todo. Un cielo autoritario pero pacífico, un cielo protector que te hace sentir un pedazo de carne insignificante en el breve espacio que ocupamos en el basto universo. Que paz inquietante, que tranquilidad acogedora, que satisfacción inexplicable el olor a césped fresco y a libro nuevo. Que olores adictivos, ¿no?. Hasta es obsceno y pornográfico hundir las fosas nasales dentro de un libro abierto de par en par para aspirar el olor a páginas nuevas, como el amante desesperado que se retuerce apasionado entre las piernas aladas de su amor prohibido. Y en el medio de toda está naturaleza urbana, el eco de los niños de fondo que juegan sin medir lo mucho que ensucian sus ropas, aventurados bajo ese sol despiadado que baña un atardecer para los solitarios que, como yo que tiene toda a su familia lejos, se tiende simplemente a contemplar la felicidad ajena. Como si esa felicidad también nos perteneciera. Como si ser feliz dejase de ser opcional y se esparciera por todos lados como si fuese una epidemia. Cómo me contagia la felicidad de #LosOtros, en este caso las sonrisas de los niños que no hacen más que recordarme a mi sobrino. En estos puntos de comparación es cuando me encuentro navegando entre lo íntimo, el mundo que uno se guarda para sí mismo; y lo éxtimo, lo público, cuando pedazos de ese mundo que estaba bajo llave en nuestro pecho se empezara a escapar en destellos de sonrisas, de miradas y de todo lo sensorial que nos rodea.  Hay una frase que me gustó mucho, la leí claramente en "La ridícula idea de no volver a verte" de Rosa Montero: "La #Intimidad: no tener muy claro donde acabas tu y empieza el otro."

    Ahora, déjenme contarles que me sucedió cuando vi a un niño largarse de cabeza, como un ave que aterriza sobre la Tierra, con la pera levantada, el cuello erguido y los brazos al aire lazándose por el borde de las escaleras de piedra de la Plaza Mitre. Resulta que de niños mis padres nos llevaban con mi hermana a jugar a la Plaza (en ese entonces Sarmiento) Facundo Quiroga. Mi padre siempre ha sido un fanático de la física y creo que ese día quiso hacer una prueba empírica y desafiar la gravedad lanzándome de cabeza por el tobogán. No recuerdo que edad tenía, ni por qué acepté hacerlo pero me debió resultar tentadora esa arriesgada proeza ante la segura desaprobación de mi mamá. Las cosas no salieron muy bien, seguro que Einstein se hubiese reído de la desgracia que sucedió en ese momento: al llegar al final del tobogán, el filo de la punta me lastimó la pera. No sé si decir que me la "rompió" porque no hubo fractura, ni que me "desgarro" porque la fisura fue apenas imperceptible pero no menos dolorosa: empecé a sangrar y mi madre me llevó a la heladería que quedaba al frente de la plaza (¿sería Heladería Las Malvinas?) a lavarme la pera, higienizarme y consolar mi llanto. No sé como se habrá sentido mi papá en ese entonces pero sospecho que las piernas le temblaron como me temblaron a mí cuando jugando con Heber, siendo éste más pequeño de lo que es ahora, cayó de boca por mi culpa al suelo y le empezó a sangrar el labio. Mierda que ahí sentí el miedo atravesarme por completo. A diferencia de Heber, a mí sí que me quedó una marca que la llevo con orgullo pero que se esconde bajo la barba: en la punta de la pera tengo el pequeño tajo que me hizo mi papá. En realidad, él no lo hizo: lo hizo esa frustrada proeza de astronauta a la que me sometí. A mi hermana le pasó algo peor: íbamos camino al zoológico sobre la moto de papá cuando María metió uno de sus pies en los rayos del ciclomotor, ¡se lo quemó todo!. En el pie le quedó una cicatriz que no se compara a mía (si la tocas es como si estuviese blanda y recién hecha, puaj, puaj, puaj, perdón hermana). Recuerdo que le vendaron todo el pie y no fuimos al zoológico (en ese momento, la odié... ¿no podía elegir otro día para accidentarse?). Les dejo dos fotos: una de mi pera actual con barba de una semana que no deja ver la cicatriz de las que les cuento y otra foto donde no se ven claramente los rostros pero que se puede identificar con facilidad a mi papá corriendo de la mano con mi hermana y conmigo.



    Que felices no se nos ve en la foto borrosa. Que felices somos ahora que nos vemos personalmente.

    Las marcas de #Identidad que heredamos con mi hermana de mi mamá son los lunares. Los tres compartimos un lunar cerca del pecho izquierdo, casi en la misma posición. ¿Tan marcado será el amor de mi madre por mí que tengo la espalda minada de lunares? Ahora que lo pienso es un poco raro como reflexiono sobre cómo uno hereda las marcas de #Identidad de sus padres como la delicadeza de un lunar o lo trágica que es una cicatriz; como si ese fuese el tono en el que tuviésemos que leer el legado de nuestros padres, aunque claro está que no sea así en absoluto. Creo que una vez escribí en este blog -y se lo he dicho personalmente a mis padres- que los regalos más valiosos que nos dieron son invaluables nuestros padres (tanto a María como a mí): la #Vida, el #Amor y la #Libertad. De esto muy pocos hijos pueden decir lo mismo (conozco casos que ni vale la pena mencionar). Pienso en la despedida de mis padres que no tiene más de una semana. Mamá se colgó a mi cuello en un abrazo interminable, ella salía de bañarse y estaba tapada sólo con una toalla que dejaba a la vista sus lunares. Me abrazó y rompió en llanto, no aguantó en esta oportunidad despedirse de su hijo menor. La vi delicada, frágil, hermosa... como un lunar. Despedí a papá y fue de una formalidad absoluta, una inmediatez necesaria que nos evitaría caer en un sollozo del cuál los dos no sabríamos cómo salir. Me despidió regalándome más libros (para variar, otra vez). Y entonces lo vi como ese tajo que llevo en la pera, que con el tiempo cicatrizó y que ahora llevo con orgullo. Ese tajo que todos llevamos como si fuese producto de una batalla ganada en un tiempo remoto, como la insignia de una victoria de la infancia. Porque al fin y al cabo, la infancia es el lugar a donde volvemos cuando de grandes perdemos ciertas guerras y sabemos que serán nuestros padres los que estarán esperando por nosotros en la trinchera de las causas perdidas para curar los tajos y besarnos los lunares.

    P/D: Gracias a mi queridísimo futuro arquitecto Rodrigo que evacuó mi duda sobre la "baranda de piedra que no es baranda de la escalera que también es de piedra".

  3. Ojalá María Sara, ojalá...

    lunes, 5 de agosto de 2013


    Sucede que a veces abandonamos el hogar sin pensar en el peso muerto que deja nuestro "adiós" en quienes habitan en él #NidoVacio. Con prisa y casi a ciegas avanzamos cada día midiendo el camino, esquivando los obstáculos y respirando aliviados por fin cuando llegamos a la meta que tanto anhelábamos. Difícilmente podemos desandar los pasos que nos trajeron hasta el lugar que llegamos. Sólo contamos con esa estela frágil que intentamos reconstruir en los recuerdos que perseguimos cuando la soledad empieza a asomar sus narices por todos los puntos cardinales. Y en esa soledad se resumen otras sombras, como el dolor del aislamiento, el miedo a la vulnerabilidad, la angustia de no saber con quién podemos contar en nuestra fila de vivos al día siguiente. Hace un par de semanas que no escribo en mi blog. La vida me obligó a poner ciertas pausas. Pausa. Congelar momentos para evaluar mi situación actual y poder redireccionar mi andar. En ese andar donde uno se encuentra perdido, luego de perderse buscándose uno siempre regresa de alguna u otra forma a su hogar. O al menos intenta aferrarse a todo aquello que esté envuelto en ese olor inconfundible, identitario que inexorablemente nos transporta a ese lugar en el mundo que llamamos #Casa.

    No abandoné la lectura. Al terminar "Delirio" de Laura Restrepo, continué con "El Reino del Dragón de Oro" de Isabel Allende y, una vez finalizado éste último, inicié la lectura de "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez. Pero aquí no sé que tanto protagonismo tuvieron estos libros en el trascurso de estos meses. O tal vez aún no me doy cuenta: hay significados que para dar sentido a algo, se hacen esperar y están al asecho de un momento, de una oportunidad, de un encuentro. Pasa que, al volver a La Rioja, poco importaba qué estaba haciendo en Buenos Aires, ni medí la importancia de los libros de turno en estos últimos días, descuidé mi blog y mi proyecto de novela corta. Toda la energía se volcó en ese regreso a La Rioja, tenía que recibir mi título de licenciado en Comunicación Social, ¡pero ni eso cobró relevancia pese a que es la culminación de un ciclo y el inicio de otro! No, volver a casa y encontrar a mi familia fue como subirme a una montaña rusa de emociones. De por sí el viaje de ida lo hice bañado en lágrimas, pero esta vez a diferencia de los los llantos que merecieron estos meses oscuros de junio y julio que me tocó sortear, las lágrimas eran de una felicidad angustiosa.

    Al llegar a casa todo, absolutamente todo, tomó otra dimensión. Uno aprende a abrazar de nuevo. Mis sollozos en el cuello de mi padre y sobre el pecho de mi madre, sus idénticas palabras "ya está Martín, ya está" diciéndome que la tormenta había pasado con esa palmada de calma mientras yo intentaba fundirme en ellos, desesperado, fue un acto inédito en mis sentimientos: es como si ese hueco hondo que me oprimía el pecho se fuese llenando de un amor renovado. Nunca he necesitado en mi vida tanto a mis padres como hasta entonces. O mejor dicho, nunca he necesitado de manera tan imperiosa sus abrazos. Refugiarme en ellos como si fuese un niño, porque para sus ojos nunca dejé de serlo.

    Me encantaría poder hacer un nexo, aunque sea mínimo, con "El Reino del Dragón de Oro" porque sino lo hago estaría faltando al honor que revela la intención primordial de este blog, de construir puentes entre lo que leo y lo que vivo. Bien puedo citar brevemente al maestro lama Tensing que a toda inquietud o certeza de su discípulo aprendiz Dil Bahadur contestaba siempre con un contundente "tal vez". Sostenía el gran lama que "el afecto es como la luz del mediodía y no necesita la presencia del otro para manifestarse". ¿Será así siempre? ¿Será que pese a las distancias el amor atraviesa kilómetros para llenar los breves espacios de incertidumbre? ¿Será que el abrazo viaja horas para filtrarse en los momentos más críticos que uno atraviesa en completa soledad? ¿Será que basta con nombrar a una persona para que el recuerdo vivo de su imagen despliegue sus alas para volar al lado de quien la invoca? Tal vez, tal vez, tal vez...

    Recuerdo que una vez cité a Isabel Allende en este blog, por una frase de su libro "Paula" donde decía que "la vida es puro ruido entre dos silencios abismales: silencio antes de nacer, silencio después de la muerte". En ese absurdo y mortal paréntesis en el que vivo, hay dos pilares fundamentales que me sostienen y que pude ver en mi último viaje. Por un lado, Heber, mi sobrino, mi razón de ser, la luz de mi amanecer, el motivo de sonreír pese a todo, ya es un niño grande, que entiende todo, que juega con la misma inocencia de siempre, que disfruta ir al cine conmigo tanto como yo disfruto ir al cine con él. Nos volvemos uno, tal como supone el amor, uno ama a otro para volverse uno. Uno imbatible, invencible. Por otro lado, mi abuela Sara, tan pequeña y tan fuerte, tan viva y tan naufraga en su propia memoria traicionada por el Alzheimer. Despedirme de mi familia una vez más fue abrir una leve herida que ya había cicatrizado, pero que en el fondo me recuerda que aún estoy vivo. Pero despedirme de mi abuela fue indescriptible. No les voy a mentir, la despedí llorando, con los ojos abrumados de lágrimas a punto de reventar, "nos vemos pronto abuela", "ojalá" me respondió ella. Dios quiera, "ojalá". ¿Se imaginan cómo salí de casa luego de despedirme de ella con la angustia hecha carne, con un llanto inconsolable y el dolor de decirle "nos vemos pronto" aún sabiendo que ese pudo ser nuestro encuentro final? Su Alzheimer, el de mi abuela, la descoloca del tiempo y del espacio, y de eso le reclamo mil veces a la vida pero mil veces se lo agradecí esta ve. Ella no supo que partía de nuevo, seguro me esperará todos los días, que me abrazará con el mismo calor de abuela que anhela la llegada de su nieto, que estará ahí firme por mí aguardando que crucé la puerta, le sorprenda por la espalda, de vuelta su silla de ruedas y le mire a la cara, de frente, para decirle, "hola abuela, aquí estoy de nuevo"... y ella me besará y con las últimas fuerzas que sus manos le permiten me convidará una galleta, y sonreiremos como si yo nunca me hubiese ido, como si ella nunca se hubiese despedido de mi meses atrás, como si los dos permanecemos en un espacio sin tiempo donde nos reconocemos felices y eternos.

    Tal vez fue el último adiós, tal vez no... Ojalá que tal vez no.