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  1. La invención de Martín

    domingo, 25 de agosto de 2013

    "Ya, todos somos dos personas, o tres o cuatro; yo a algunas de mis personalidades ni siquiera me las he cruzado todavía".

    José Ovejero, "La invención del amor"

    Voy a cometer una imprudencia: estoy escribiendo en este blog faltandole el respeto al propósito inicial del mismo. ¿Recuerdan que iba a actualizarlo cada vez que finalice la lectura de un libro? Bueno, hace dos semanas que este pobre #CuadernoDeVida está en stand by, en una pausa intermitente y molesta. Que escriba me pedían, ¿pero cómo hacerlo si el libro que estaba leyendo me irritaba? Si, bien leen: el libro me irritaba. Me incomodaba leerlo, y es sabido que no hay peor pena para un lector que un libro impuesto. Pero este libro no fue impuesto ni por mi padre, ni por amigos, ni por la crítica literaria que te lleva a comprartelo. Fue impuesto por mí, que es mucho peor: se trata de "La invención del amor" del español José Ovejero. Leí un par de reseñas y un "Premio Alfaguara de la novela 2013" en su cover. Leí las primeras páginas en PDF y me dije "¿por qué no?". Resulta que me estoy comiendo un fiasco de aquellos. No es un libro aburrido, es una obra que no me atrapó como pensaba que podía llegar a hacerlo. Recuerdos a dos personas: una, mi papá, que anoche cuando le comentaba que ya iba por la mitad del libro y aún no le encontraba razón de lectura me contestó que él estaba leyendo uno y que le pasaba algo similar, "me enganchó en la página 205" agregó. También recuerdo a Camila, una compañera de Comunicación Social, que además de compartir carrera y puestos de ayundatía, compartimos el amor por los libros (debo aclarar que no soy ni la sombra de lo que es ella leyendo, ¡en qué momento lee tanto!). Ella abandonó un grupo de lectura de "Rayuela" de Julio Cortázar creado a través de Facebook porque simplemente no era el momento, el libro no la atrapó como a todos. Yo ni siquiera lo empecé (otro en mi #WishList). Que condenado de mi parte torturarme con un libro que no es mi agrado.

    "Una mentira y todo cambia, se precipita, se disuelve. Una mentira y ya no puedes defenderte, decir: 'No es posible, te juro que no es así'. Porque ya te has creado un persona y has convencido a los demás de que ese personaje eres tú; y ahora no puedes salir tú mismo a escena para mostrar quién eres. Ahí está, tu doble, el otro inventado que querías que diese la cara por ti. Una mentira y ya no eres nadie, ya no existes, porque ahora a los ojos de los demás eres otro, ese que has dicho que eras".

    ¿De qué va "La invención del amor"? Es la historia de Samuel, un hombre entrado en años que un día recibe la inésperada llamada de un desconocido anunciándole que Clara había muerto. Fascinado con suplantar a alguien, se inventa un amor con esta chica fallecida y bueno, ahí queda en ustedes saber que pasó. Yo aún no lo terminé y creo que lo voy a dejar de lado por un tiempo, restan un par de hojas para saber cómo la novela finaliza. ¿Y si le invento el final? ¿Y si el libro no es más que eso, una invitación a reflexionar qué tanto inventamos de nosotros mismos? ¿Y no es acaso la invención un eslabón fundamental de nuestra #Identidad? ¿Y qué hacemos con los rasgos de nuestra #Intimidad que guardamos para nosotros mismos y los suplantamos con otros que hagan de nuestro "Yo" algo más interesante? Cuantas veces inventamos: inventamos sonrisas, inventamos "buenos días", inventamos caricias e inventamos sombras para no sentirnos tan miserables, "como cuando hemos dejado pasar una de esas oportunidades que de haberla aprovechado nos habría reconciliado con nosotros mismos".

    "Es sabido que queremos que los ojos del otro reflejen no lo que somos, sino aquella persona que nos gustaría ser, aunque tengamos que cargar para ello con la sensación de insuficiencia al intentar adaptarnos a esa imagen ideal, más bien a esa deformación favorecedora de nosotros mismos. Y luego, en general, con el paso del tiempo, acabamos conformándonos con quienes somos, dejamos de fingir, reprochamos al otro que espere de nosotros más de lo que podemos darle, olvidando que justo eso era lo que le habíamos prometido".

    El tema de las invenciones es que no siempre son producto de nuestros sueños más íntimos, ni de nuestros anhelos más profundos. Mucho menos de nuestras ilusiones desorbitadas. No. La mayoría de mis invenciones nacen de las frustraciones, de lo que no es ni pudo llegar a ser, invenciones generadas del miedo. Invenciones que me hacen creer que aún estoy vivo. ¿Y cuantas veces inventamos recuerdos de lo que nos hubiera gustado que haya pasado? Un primer beso que en lugar de prisa, sea de amor por ejemplo. Una caricia detenida en el tiempo, eterna como la mano de quién nos toca. Nos inventamos hasta una piel  capaz de cubrir la auténtica, la rasgada, la llena de cicatrices. Cuantas veces nos inventamos un amor que carece de una emoción primera y de un final contundente; qué felices nos hacen esas historias que en lugar de un punto final, terminan con puntos suspensivos.

    "Siempre he evitado la palabra amor. Un sustantivo devaluado, una moneda tan usada que ha perdido el relieve de manera que se puede acariciar entre los dedos sin percibir imagen alguna; una moneda que no me atrevería a dar en pago por miedo a ser mirado como un estafador".

    Este texto no tiene razón de ser, pienso. Escribo porque la urgencia de hacerlo tranquiliza mi ansiedad. Que sanadora puede ser la escritura, que poder curativo llegan a tener el peso de las palabras. Si leíste hasta acá, te felicito porque significa que algún sentido le encontraste. Yo no. A lo mejor acá es cuando cada uno empieza a escribir sus propios finales, sus propias invenciones. 

  2. Lunares y tajos

    domingo, 11 de agosto de 2013

    Hoy fui a Plaza Mitre otra vez, luego de pasar por la comisaría que queda sobre Avenidas Las Heras para justificar mi "no emisión" de voto. Mientras esperaba en la fila terminé de leer "La ridícula idea de no volver a verte" de la española Rosa Montero (en realidad lo finalicé anoche pero hoy leí el anexo que es el diario que escribió la maravillosa Marie Curie tras la muerte de su amado Pierre). De los puentes construidos luego de la lectura de esta obra hermosa escribiré más adelante, cuando la auténtica oportunidad se presente. Les cuento que este libro me lo regaló mi papá (para variar) sin sospechar que estas páginas me envolverían en un mar de emociones, obligándome a interrumpir la lectura de "El amor en los tiempos de cólera" de Gabriel García Márquez. No sé porque pienso que cada vez que escribo que estoy leyendo tal libro o que inicié la lectura de tal otro, nunca lo puedo terminar (espero que no me suceda con éste ni con el que empecé este domingo). En fin, sucede que hay ciertos libros que a medida que los vas leyendo es como si éstos te contaran tu propia historia y lo mágico sucede cuando esto se da a la inversa: cuando pareciera que uno es el encargado de narrarle la propia historia al libro que está leyendo.

    A través de la figura de Marie Curie, Rosa Montero filtra "La ridícula idea de no volver a verte" entre mis libros favoritos y que cuando me pregunten seguro será una sugerencia de esos #LibrosQueRecomiendoLeer. Que devaluada está la palabra "favorito", queda corta para definir lo que produjo este libro que inicié en el colectivo que tomé hace una semana atrás en La Rioja con camino de vuelta a Buenos Aires. Debo admitir que Montero me conquistó con su narración a medio camino entre lo autobiográfico y la ficción, cuando la cualidad de #Intimidad, lo íntimo propiamente dicho se torna éxtimo como sostiene la antropóloga Paula Sibilia en "La intimidad como espectáculo" (otro de esos #LibrosQueRecomiendoLeer). Sí, como verán también estoy incluyendo los hashtags a mis entradas de este blog, servirán para reunir bajo una misma etiqueta tópicos en común; idea que tomé prestada también de Montero, ¿se imaginan mi felicidad cuando me encontré con que una escritora de su talla incluyese en su libro las famosas almohadillas que son parte del lenguaje transmedia? Lo que me sucedió con este libro es que me permití emocionarme como hace mucho tiempo no lo hacía, me sorprendí verme llorando, con sollozos que se atropellaban en mi pecho pensando en lo vivido y en lo que vamos dejando atrás, como "proyectos de cadáveres" destinados a una inexorable muerte del cuerpo (del alma, who knows?).  Llamé a mi papá para agradecerle este libro antes de terminarlo: esto de agradecer no sucede mucho, pese a que le debo tantísimo a mi viejo, pero me veía obligado a decirle gracias porque este libro ha valido tanto la pena como la alegría.

    He aquí lo curioso. A principio de año recibí la propuesta por parte del profe Maxi Bron en convertir mi #Tesis en #LibroDigital y el proyecto me entusiasmo de entrada, lástima que nunca pensé en lo que me iba a costar encontrar ese tono de narración que circule con cuidado en el lenguaje científico sin caer en la tediosa lectura de un texto que aburre con tantas palabras técnicas #Boooring. Como muchos sabrán, a lo mejor muchos no, mi #Tesis se trataba sobre #ConstruirIdentidad en las redes sociales; el nombre completo es larguísimo (te deja sin aire): "La construcción de identidad de los jovenes riojanos universitarios en las redes sociales".  Mi frustración fue a parar a los oídos (o mejor dicho, a los ojos) de quien fuese directora de esta hermosa #Tesis, mi estimada y entrañable profe Leila. Creo que el tono de la narración está resuelta gracias a llegada de "La ridícula idea de no volver a verte" de Montero. Ahora sólo hay que esperar que las palabras fluyan para poder comunicar al mundo (o al menos a una ínfima parte de él) las conclusiones a las que llegué luego de un año intensivo de investigación. En realidad es una tesina, pero uno le pone tanto empeño e invierte tantas horas, esfuerzo, que habla de su #Tesis como si ésta fuese merecedora de un Premio Nobel. Pero de eso, también les contaré otro día (no del Nobel que nunca voy a recibir, sino de mi #Tesis).

    Como les conté al principio de esta entrada, hoy fui a Plaza Mitre dispuesto a pasar la tarde y empezar otro libro. Antes de empezar: silencio. Pero silencio con ruido, era un silencio de niños riendo, de perros jugando, del tráfico de domingo que se mueve como en una pausa interminable sobre Avenida Libertador. Me tiré en el césped frío que humedeció mi espalda y un rayo fulminante de un sol invernal me cegó un ojo. Cuando mis pupilas se acostumbraron al esplendoroso brillo solar, contemplé también el cielo y, sin caer en poesía barata, me sumergí en la inmensidad de ese cielo azul que cubría todo. Un cielo autoritario pero pacífico, un cielo protector que te hace sentir un pedazo de carne insignificante en el breve espacio que ocupamos en el basto universo. Que paz inquietante, que tranquilidad acogedora, que satisfacción inexplicable el olor a césped fresco y a libro nuevo. Que olores adictivos, ¿no?. Hasta es obsceno y pornográfico hundir las fosas nasales dentro de un libro abierto de par en par para aspirar el olor a páginas nuevas, como el amante desesperado que se retuerce apasionado entre las piernas aladas de su amor prohibido. Y en el medio de toda está naturaleza urbana, el eco de los niños de fondo que juegan sin medir lo mucho que ensucian sus ropas, aventurados bajo ese sol despiadado que baña un atardecer para los solitarios que, como yo que tiene toda a su familia lejos, se tiende simplemente a contemplar la felicidad ajena. Como si esa felicidad también nos perteneciera. Como si ser feliz dejase de ser opcional y se esparciera por todos lados como si fuese una epidemia. Cómo me contagia la felicidad de #LosOtros, en este caso las sonrisas de los niños que no hacen más que recordarme a mi sobrino. En estos puntos de comparación es cuando me encuentro navegando entre lo íntimo, el mundo que uno se guarda para sí mismo; y lo éxtimo, lo público, cuando pedazos de ese mundo que estaba bajo llave en nuestro pecho se empezara a escapar en destellos de sonrisas, de miradas y de todo lo sensorial que nos rodea.  Hay una frase que me gustó mucho, la leí claramente en "La ridícula idea de no volver a verte" de Rosa Montero: "La #Intimidad: no tener muy claro donde acabas tu y empieza el otro."

    Ahora, déjenme contarles que me sucedió cuando vi a un niño largarse de cabeza, como un ave que aterriza sobre la Tierra, con la pera levantada, el cuello erguido y los brazos al aire lazándose por el borde de las escaleras de piedra de la Plaza Mitre. Resulta que de niños mis padres nos llevaban con mi hermana a jugar a la Plaza (en ese entonces Sarmiento) Facundo Quiroga. Mi padre siempre ha sido un fanático de la física y creo que ese día quiso hacer una prueba empírica y desafiar la gravedad lanzándome de cabeza por el tobogán. No recuerdo que edad tenía, ni por qué acepté hacerlo pero me debió resultar tentadora esa arriesgada proeza ante la segura desaprobación de mi mamá. Las cosas no salieron muy bien, seguro que Einstein se hubiese reído de la desgracia que sucedió en ese momento: al llegar al final del tobogán, el filo de la punta me lastimó la pera. No sé si decir que me la "rompió" porque no hubo fractura, ni que me "desgarro" porque la fisura fue apenas imperceptible pero no menos dolorosa: empecé a sangrar y mi madre me llevó a la heladería que quedaba al frente de la plaza (¿sería Heladería Las Malvinas?) a lavarme la pera, higienizarme y consolar mi llanto. No sé como se habrá sentido mi papá en ese entonces pero sospecho que las piernas le temblaron como me temblaron a mí cuando jugando con Heber, siendo éste más pequeño de lo que es ahora, cayó de boca por mi culpa al suelo y le empezó a sangrar el labio. Mierda que ahí sentí el miedo atravesarme por completo. A diferencia de Heber, a mí sí que me quedó una marca que la llevo con orgullo pero que se esconde bajo la barba: en la punta de la pera tengo el pequeño tajo que me hizo mi papá. En realidad, él no lo hizo: lo hizo esa frustrada proeza de astronauta a la que me sometí. A mi hermana le pasó algo peor: íbamos camino al zoológico sobre la moto de papá cuando María metió uno de sus pies en los rayos del ciclomotor, ¡se lo quemó todo!. En el pie le quedó una cicatriz que no se compara a mía (si la tocas es como si estuviese blanda y recién hecha, puaj, puaj, puaj, perdón hermana). Recuerdo que le vendaron todo el pie y no fuimos al zoológico (en ese momento, la odié... ¿no podía elegir otro día para accidentarse?). Les dejo dos fotos: una de mi pera actual con barba de una semana que no deja ver la cicatriz de las que les cuento y otra foto donde no se ven claramente los rostros pero que se puede identificar con facilidad a mi papá corriendo de la mano con mi hermana y conmigo.



    Que felices no se nos ve en la foto borrosa. Que felices somos ahora que nos vemos personalmente.

    Las marcas de #Identidad que heredamos con mi hermana de mi mamá son los lunares. Los tres compartimos un lunar cerca del pecho izquierdo, casi en la misma posición. ¿Tan marcado será el amor de mi madre por mí que tengo la espalda minada de lunares? Ahora que lo pienso es un poco raro como reflexiono sobre cómo uno hereda las marcas de #Identidad de sus padres como la delicadeza de un lunar o lo trágica que es una cicatriz; como si ese fuese el tono en el que tuviésemos que leer el legado de nuestros padres, aunque claro está que no sea así en absoluto. Creo que una vez escribí en este blog -y se lo he dicho personalmente a mis padres- que los regalos más valiosos que nos dieron son invaluables nuestros padres (tanto a María como a mí): la #Vida, el #Amor y la #Libertad. De esto muy pocos hijos pueden decir lo mismo (conozco casos que ni vale la pena mencionar). Pienso en la despedida de mis padres que no tiene más de una semana. Mamá se colgó a mi cuello en un abrazo interminable, ella salía de bañarse y estaba tapada sólo con una toalla que dejaba a la vista sus lunares. Me abrazó y rompió en llanto, no aguantó en esta oportunidad despedirse de su hijo menor. La vi delicada, frágil, hermosa... como un lunar. Despedí a papá y fue de una formalidad absoluta, una inmediatez necesaria que nos evitaría caer en un sollozo del cuál los dos no sabríamos cómo salir. Me despidió regalándome más libros (para variar, otra vez). Y entonces lo vi como ese tajo que llevo en la pera, que con el tiempo cicatrizó y que ahora llevo con orgullo. Ese tajo que todos llevamos como si fuese producto de una batalla ganada en un tiempo remoto, como la insignia de una victoria de la infancia. Porque al fin y al cabo, la infancia es el lugar a donde volvemos cuando de grandes perdemos ciertas guerras y sabemos que serán nuestros padres los que estarán esperando por nosotros en la trinchera de las causas perdidas para curar los tajos y besarnos los lunares.

    P/D: Gracias a mi queridísimo futuro arquitecto Rodrigo que evacuó mi duda sobre la "baranda de piedra que no es baranda de la escalera que también es de piedra".

  3. Ojalá María Sara, ojalá...

    lunes, 5 de agosto de 2013


    Sucede que a veces abandonamos el hogar sin pensar en el peso muerto que deja nuestro "adiós" en quienes habitan en él #NidoVacio. Con prisa y casi a ciegas avanzamos cada día midiendo el camino, esquivando los obstáculos y respirando aliviados por fin cuando llegamos a la meta que tanto anhelábamos. Difícilmente podemos desandar los pasos que nos trajeron hasta el lugar que llegamos. Sólo contamos con esa estela frágil que intentamos reconstruir en los recuerdos que perseguimos cuando la soledad empieza a asomar sus narices por todos los puntos cardinales. Y en esa soledad se resumen otras sombras, como el dolor del aislamiento, el miedo a la vulnerabilidad, la angustia de no saber con quién podemos contar en nuestra fila de vivos al día siguiente. Hace un par de semanas que no escribo en mi blog. La vida me obligó a poner ciertas pausas. Pausa. Congelar momentos para evaluar mi situación actual y poder redireccionar mi andar. En ese andar donde uno se encuentra perdido, luego de perderse buscándose uno siempre regresa de alguna u otra forma a su hogar. O al menos intenta aferrarse a todo aquello que esté envuelto en ese olor inconfundible, identitario que inexorablemente nos transporta a ese lugar en el mundo que llamamos #Casa.

    No abandoné la lectura. Al terminar "Delirio" de Laura Restrepo, continué con "El Reino del Dragón de Oro" de Isabel Allende y, una vez finalizado éste último, inicié la lectura de "El amor en los tiempos del cólera" de Gabriel García Márquez. Pero aquí no sé que tanto protagonismo tuvieron estos libros en el trascurso de estos meses. O tal vez aún no me doy cuenta: hay significados que para dar sentido a algo, se hacen esperar y están al asecho de un momento, de una oportunidad, de un encuentro. Pasa que, al volver a La Rioja, poco importaba qué estaba haciendo en Buenos Aires, ni medí la importancia de los libros de turno en estos últimos días, descuidé mi blog y mi proyecto de novela corta. Toda la energía se volcó en ese regreso a La Rioja, tenía que recibir mi título de licenciado en Comunicación Social, ¡pero ni eso cobró relevancia pese a que es la culminación de un ciclo y el inicio de otro! No, volver a casa y encontrar a mi familia fue como subirme a una montaña rusa de emociones. De por sí el viaje de ida lo hice bañado en lágrimas, pero esta vez a diferencia de los los llantos que merecieron estos meses oscuros de junio y julio que me tocó sortear, las lágrimas eran de una felicidad angustiosa.

    Al llegar a casa todo, absolutamente todo, tomó otra dimensión. Uno aprende a abrazar de nuevo. Mis sollozos en el cuello de mi padre y sobre el pecho de mi madre, sus idénticas palabras "ya está Martín, ya está" diciéndome que la tormenta había pasado con esa palmada de calma mientras yo intentaba fundirme en ellos, desesperado, fue un acto inédito en mis sentimientos: es como si ese hueco hondo que me oprimía el pecho se fuese llenando de un amor renovado. Nunca he necesitado en mi vida tanto a mis padres como hasta entonces. O mejor dicho, nunca he necesitado de manera tan imperiosa sus abrazos. Refugiarme en ellos como si fuese un niño, porque para sus ojos nunca dejé de serlo.

    Me encantaría poder hacer un nexo, aunque sea mínimo, con "El Reino del Dragón de Oro" porque sino lo hago estaría faltando al honor que revela la intención primordial de este blog, de construir puentes entre lo que leo y lo que vivo. Bien puedo citar brevemente al maestro lama Tensing que a toda inquietud o certeza de su discípulo aprendiz Dil Bahadur contestaba siempre con un contundente "tal vez". Sostenía el gran lama que "el afecto es como la luz del mediodía y no necesita la presencia del otro para manifestarse". ¿Será así siempre? ¿Será que pese a las distancias el amor atraviesa kilómetros para llenar los breves espacios de incertidumbre? ¿Será que el abrazo viaja horas para filtrarse en los momentos más críticos que uno atraviesa en completa soledad? ¿Será que basta con nombrar a una persona para que el recuerdo vivo de su imagen despliegue sus alas para volar al lado de quien la invoca? Tal vez, tal vez, tal vez...

    Recuerdo que una vez cité a Isabel Allende en este blog, por una frase de su libro "Paula" donde decía que "la vida es puro ruido entre dos silencios abismales: silencio antes de nacer, silencio después de la muerte". En ese absurdo y mortal paréntesis en el que vivo, hay dos pilares fundamentales que me sostienen y que pude ver en mi último viaje. Por un lado, Heber, mi sobrino, mi razón de ser, la luz de mi amanecer, el motivo de sonreír pese a todo, ya es un niño grande, que entiende todo, que juega con la misma inocencia de siempre, que disfruta ir al cine conmigo tanto como yo disfruto ir al cine con él. Nos volvemos uno, tal como supone el amor, uno ama a otro para volverse uno. Uno imbatible, invencible. Por otro lado, mi abuela Sara, tan pequeña y tan fuerte, tan viva y tan naufraga en su propia memoria traicionada por el Alzheimer. Despedirme de mi familia una vez más fue abrir una leve herida que ya había cicatrizado, pero que en el fondo me recuerda que aún estoy vivo. Pero despedirme de mi abuela fue indescriptible. No les voy a mentir, la despedí llorando, con los ojos abrumados de lágrimas a punto de reventar, "nos vemos pronto abuela", "ojalá" me respondió ella. Dios quiera, "ojalá". ¿Se imaginan cómo salí de casa luego de despedirme de ella con la angustia hecha carne, con un llanto inconsolable y el dolor de decirle "nos vemos pronto" aún sabiendo que ese pudo ser nuestro encuentro final? Su Alzheimer, el de mi abuela, la descoloca del tiempo y del espacio, y de eso le reclamo mil veces a la vida pero mil veces se lo agradecí esta ve. Ella no supo que partía de nuevo, seguro me esperará todos los días, que me abrazará con el mismo calor de abuela que anhela la llegada de su nieto, que estará ahí firme por mí aguardando que crucé la puerta, le sorprenda por la espalda, de vuelta su silla de ruedas y le mire a la cara, de frente, para decirle, "hola abuela, aquí estoy de nuevo"... y ella me besará y con las últimas fuerzas que sus manos le permiten me convidará una galleta, y sonreiremos como si yo nunca me hubiese ido, como si ella nunca se hubiese despedido de mi meses atrás, como si los dos permanecemos en un espacio sin tiempo donde nos reconocemos felices y eternos.

    Tal vez fue el último adiós, tal vez no... Ojalá que tal vez no.








  4. Del delirio al estropicio

    jueves, 18 de julio de 2013


    Los días pasados estuve con un pie en La Rioja y otro en Buenos Aires, me pregunté por qué coños andaba yo dando vueltas absurdas por otro lado en pos de lo que se me había perdido; claro que recordaba vagamente el sentido de insatisfacción que me había sacado de allí e impulsado a buscar por fuera, lo recordaba, repito, pero sólo vagamente y no le encontré justifiación posible, en ese preciso momento todo me invitaba a quedarme en este lugar donde pese a mis cuatro años de ausencia siempre había estado presente, me invadió con fuerza inusitada la sensación de que todas las piezas del rompecabezas de mi vida casaban en esta casa que pese a haberla abandonado nunca había perdido; todo me impulsaba a regresar. Y en el medio estaba leyendo "Delirio" de Laura Restrepo. Sucede que la primera vez que compré un libro de esta autora fue por casualidad, nunca había escuchado hablar de ella. La tapa de "Hot sur" resplandecía en colores vivos y se llevó toda mi atención, ¿y qué tal este libro Fernando? Le pregunté a quién anota mis elecciones en la cuenta de papá en librería Rayuela. No recuerdo con claridad que fue lo que respondió pero me dijo que si no me convencía, que vuelva a buscar otro libro. Creo que nombró a "Delirio", la novela con cuál la autora colombiana se ganó todos mis respetos pese a que sólo había devorado "Hot sur",  "Dulce compañía" y "La novia oscura".

    Creo que ya comenté cuando conocí a Laura Restrepo en la Feria Internacional del Libro 2013, la dulzura de su caracter, la simpatía de su voz y su inolvidable acento colombiano quedaron impregnados en mi memoria. Ante de firmar mi copia de "Hot sur" le confesé que el personaje Sleepy Joe, ese pervertido católico caótico me desveló varias noches, que no me dejaba dormir y ella sonrió y dijo ¡con que a ti también te gusta este condenado! Y sí, como para no gustarme si es uno de los personajes que más llamaron mi atención junto a Clara del Valle de "La casa de los espíritus", Aureliano Buendía de "Cien años de soledad" y Kate Cold de "La ciudad de las bestias". Me firmó una dedicatoria personal y luego le regalé dos libros de mi papá que prometió leerlos. Lo que pienso ahora es que era impensado en ese momento en que esa mujer me hubiese facilitado, a través de sus libros, la voz, "y una sola movida verdadera; blanco es, gallina lo pone y frito se come, la adivinanza ha sido resuelta y ante nuestros ojos aparece,  redondo y completo, el huevo".

    "Delirio" narra la historia de un hombre que luego de volver de un viaje de cuatro días, encuentra a su mujer en el cuarto de un hotel con un total desconocido y completamente loca. "Agustina amor mío, será que no me recuerdas, pero a veces sí, a veces parece reconocerme, vagamente, como entre la niebla, y sus ojos se reconcilian conmigo por un instante, pero sólo un instante porque enseguida la pierdo y vuelve a invadirme este dolor tan grande", y era tan intenso el ritmo con el que narraba Restrepo esta historia que contempla tantos aspectos de sociedad que sin darme cuenta me vi envuelto en una novela extraordinaria. Les contaba que encontré la voz, pero en realidad no es voz sino palabra, gracias a Laura encontré la manera en que quiero narrar, mejor dicho, la voz con la que empecé a narrar lo que sería mi primera novela. Digo primera porque estoy seguro que habrá una segunda, pero de eso no quiero hablar porque me enardece la ansiedad, "porque nada enardece más al intranquilo uque le digan tranquilízate, nada lo preocupa tanto como que lo inviten a despreocuparse."

    La gota que rebalsó el agua fue una conversación que mantuve con un compañero de trabajo. No sé como llegabamos a hablar de los nombres y entre sus recuerdos estaba el nombre de una señora que trabajaba para su novia, "Desamparados". Me pareció increíble el nombre y me quedé pensando en él por varios días, hasta que una noche, sin intensiones clares le pregunté nuevamente el nombre de esa mujer y empecé a escribir, y no pude parar. Abundaron los errores de tipeo y ortográficos, aunque de éstos últimos muy pocos. Y la historia está inspirada de ese mundo dulce y agrio de una persona que amo con locura, "tu provienes de ese mundo  y si emprendiste fuga fue porque de eso ya habías comido bastante, ¿y acaso el sabor se olvida?, no reina mía, ese regusto a mierda permanece en la boca por más gárgaras de Listerine que hagas". Si, mi reina me inspiró a escribir, cosas que pasaron y que imagino que sucedieron, para eso escribo, en memoria de tu memoria porque "pretendo librarla de su tormento interior al precio que sea, negándome a aceptar la posibilidad de que en este momento sea para ella mejor su adentro que a su fuera; que tras los muros de su delirio, Agustina celebre fiestas".

    "Nunca he sido hombre dedicado a cultivar recuerdos, lo pasado siempre se borra de mi disco duro, lo que no es el momento para mí es tierra de olvido, claro que dirás que de qué te han servido mis declaraciones de amor si en la práctica me comporto como un cerdo, y sin embargo es verdad que pienso en ti cuando estoy solo en mi dormitorio, que es como decir mi templo, y es verdad también que para el caspa que soy, no hay avemaría que valga aparte de tu recuerdo", lo único que hice desde que he creado este blog es hacer eso y lo tengo un poco descuidado pero prometo volver pronto. Ahora sólo tengo cabeza para mi familia, mi trabajo y mis libros, "y por lo pronto no se me ocurré que más comentarte, bueno, lo que ya sabes, que aquí tengo todo el tiempo del mundo para pensar en ti, que es que suelo hacer cuando no quiero pensar en nada."




  5. La ciudad de las bestias

    martes, 9 de julio de 2013

     "Llevaba un huracán por dentro, a veces andaba eufórico, rey del mundo, dispuesto a luchar a brazo partido con un león; otras era simplemente un renacuajo".

    Isabel Allende, "La ciudad de las bestias"


    La primera vez que llegó "La ciudad de las bestias" de Isabel Allende a mis manos fue el 23 de septiembre del 2002, en mi cumpleaños número trece. Hasta entonces conocía a la autora porque mi mamá había leído varios libros de ella, títulos como "La casa de los espíritus", "Paula", "Cuentos de Eva Luna" y "De amor y de sombra" ya brincaban por casa sin sospechar que años más tardes se converitirían en parte escencial de mi biblioteca personal. Mi regalo de cumpleaños tenía una dedicatoria que logró emocionarme a los 13 años, aun recuerdo con claridad la letra enmarañada de mi papá que rezaba la siguiente frase: "Martín, no puedo regalarte mi mundo pero sí una puerta para que accedas a él". Diez años después, a los 23 años todavía habito en ese mundo de la literura sin ánimos de buscar el camino que me conduzca fuera de él.

    Por enésima vez releí "La ciudad de las bestias" y el libro conserva intacta la mágica envolvente que me atrapó en los albores de mi adolescencias. Entonces caí rendido ante la pluma de Allende y ante ese voluptuoso Amazonas descripto con el realismo mágico que la autora explota a más no poder en cada uno de sus libros. Además me enamoré irremediablemente de Kate Cold, la abuela de Alexander Cold, protagonista de esta aventura. Kate se parece en mi madre en lo que sería el aspecto de una "anti-abuela", una mujer que se resiste a que su nieto le llame "abuela" y que se ríe de las desgracias que le ocurren a su descendiente en lugar de socorrerlo. La excéntrica abuela es escritora del International Geography y lleva a su nieto a la búsqueda de unas extrañas Bestias en pleno corazón del Amazonas... y cada vez que leo este libro (he perdido la cuenta sinceramente) unas terribles ganas de aventurarme ante lo desconocido se apoderan de mí y se renueva así el deseo de querer conquistar el mundo. Cada vez que publico en algun lado que estoy releyendo "La ciudad de las bestias", amigos de mi misma edad -o un poco menos- recuerdan este libro de dos maneras: de una nostalgia inevitable que los lleva de vuelta a sus años de secundaria y a la tortura de tener que leerlo para rendir exámen en Lengua y Literatura. Claro está que ésta no será la última vez que devoro este libro en cuestión de días, sus hojas son terapeúticas.


    Al llegar a Buenos Aires me perdía en la inmensidad de esta selva de cemento pero como bien sostiene Kate (en realidad es una frase conocida), "quien boca tiene, a Roma llega".  No es que ahora conozca esta ciudad como la palma de mis manos, pero digamos que ahora mi sentido de orientación se ajustó un poco más a las dimensiones temporales y espaciales que Buenos Aires exije aunque ahora no es momento de hacer balances innecesarios ni reflexiones forzadas sobre cómo se me acostumbra la piel a esta ciudad. En una semana diferentes hechos se precipitaron y me dejaron patitas en la calle de nuevo, no puedo hacer otra cosa que refugiarme en algún libro, ser parte de una historia ajena, una de esas en que los escritores nos hacen confidentes omnipresentes y hasta protagonistas sin saberlo de alguna u otra manera. Son varios los libros que tenía a mano para subsanar esta pérdida de rumbo momentánea pero fue justamente "La ciudad de las bestias" lo que debía leer para tomar una bocanada de aire fresco, un soplo de ilusiones renovadas y abrazar esa íntima relación que sólo esta obra puede conseguir entre mi padre y yo, entre el resto de mi familia y yo, entre el espíritu aventurero que se me iba desgastando y obligándome de nuevo a ponerme de pie recordando siempre esas sabias palabras de Kate Cold, "hay dos clases de problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución".

    El libro que me regaló mi papá se perdió en la biblioteca de mi casa. Antes de venir a Buenos Aires me enfadé porque no lo encontraba por ningún lado. En una librería compré la trilogía entera de "Las memorias del Águila y del Jagüar" -"La ciudad de las bestias", "El reino del Dragón de Oro" y "El bosque de los pigmeos"-, con una clara intención: quiero que sea éste el libro que abra los ojos a Heber para que pueda descubrir la mágia que esconde la vida. Sin pretensión de obligarlo, sospecho que el libro llegará a su mano a la edad justa: ¡mi papá tuvo que esperar 23 años hasta que me decidiera de leer "Cien años de soledad"!. Tal vez el efecto en mi sobrino no sea el mismo que me sacudió a mí, pero espero que para entonces "La ciudad de las bestias" pueda sacar a flote el deseo de descubrir, de vivir haciendo preguntas y recibir respuestas que abran miles de nuevos interrogantes que lo ayuden a transitar sus días. Es bien sabido -cito nuevamente a Kate Cold- que "la experiencia es lo que se obtiene justo después que uno la necesita".



    "La frontera entre la vida y la muerte es apenas una linea de humo que la menor brisa puede borrar", lo ideal sería que entre esas brisas que a veces se tornan en un color oscuro podamos ver, escuchar y hablar con el corazón tal como lo logró Alexander en cada prueba que la selva amazónica y sus alrededores le exigían. Culpo a este libro de hacerme volar demasiado, muchos me cuestionan que vivo en un espacio sideral ajeno a este mundo y no pierden oportunidad para recordarme que no todo es color de rosa. Nunca pensé efectivamente que fuese así -además aclaré un millón de veces que soy daltónico y que poseo una memoria technicolor-, sólo ratifico una manera de entender la vida que construí en estos 23 años: tengo los pies en el suelo, pero mi suelo es el cielo. De a poco voy retomando mi rumbo porque como siempre digo, para encontrarse uno primero hay que perderse. "Comprendió que la felicidad consiste en alcanzar aquello que hemos esperado por mucho tiempo" es otra de las frases que rescato de "La ciudad de las bestias" porque "tiempo" era la respuesta que siempre me daba mi querida amiga Mimí cada vez que le planteaba un problema, cuánto necesitaro ahora de sus palabras, su ironía y sus alborotadas risas.

    "-Supongo que me dirás que no confíe en nadie -masculló el muchacho sonrojándose.
    -Al contrario, iba a decirte que confiaras en ti mismo."

    Eso le respondió Kate a su nieto Alexander luego de que éste le confesara una de sus tantos tropiezos. En esa frase, tan cliché pero tan cierta, en esa voz de esa excéntrica abuela con los pelos cortados a tijeretazos y olor a tabaco y vodka, en ese concejo que parece vapuleado por los libros de autoayuda, se filtran las palabras de mis padres, la protección de mi tia invencible, la nostalgia de mi hermana, el destello que sólo la sonrisa de mi sobrino puede regalar. En otra oportunidad Kate le dijo a Alex que "sólo un tonto prueba la profundidad con los dos píes" cuando ella, a propósito, lo tiró en la pileta siendo su nieto tan sólo un mocoso de pocos años. Hay veces que a uno le toca probar la profunidad con los dos pies, pero una vez abajo no queda otra que dejar de pensar en el problema, buscar las soluciones para tomar impulso y salir a flote en la ciudad de las bestias.

    P/D: Alexander se llama así porque su abuela Kate aconsejó a sus padres a que ese nombre era el ideal para él, deriva del griego y significa "el que defiende al hombre". Mis padres me bautizaron con el nombre de Martín, que de origen latín, significa "guerrero". Bendita coincidencia literaria, ¿no?

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    El primer lector de este post fue mi papá, y su respuesta -siempre breve y contundente- dice lo siguiente: "Me encantó porque en cada comentario hay algo fresco y halado, pero también, sincero y trascendente. Cuando el lector hace suya la historia (no importa el modo), de ahí en adelante, el escritor siempre estará presente en su memoria". Luego, inevitable en sus manías como escritor, citó a su gran amor Borges, regalándome una frase que vale la pena reproducir a continuación y compartirla con ustedes: "Dos deberes tendria todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos fisicamente, como la cercania del mar".



  6. Bailar con la más puta

    sábado, 6 de julio de 2013

    "Quienes nos ganamos la vida escribiendo vivimos a la caza de mínimas coincidencias y sutiles concordancias que nos confirmen que lo que escribimos es, si no necesario, al menos útil, porque responde a cauces que corren por debajo de lo aparente, cauces que vuelven sobre sí mismos y anudan el azar en anillos."

    Laura Restrepo, "La novia oscura"


    Es la primera vez que dudo acerca de lo que voy a escribir a continuación. No hay un orden preestablecido ni una intención clara. Dudaba de antemano si contar lo sucedido en estos días, un caos que nació de un acto de buena fe y que terminó produciendo estragos en mi rutina diaria. Ni nombres ni hechos concretos, sólo cuento que de un día para el otro la nube de ilusiones en la que volaba como un niño se abrió en dos grietas dejándome caer a un suelo duro y totalmente desprotegido, esa base áspera donde aterrizamos tras un golpe en seco donde nos lastimamos, abrimos profundas heridas que luego se convierten en cicatrices y que los más pesimistas califican como "la cruda realidad". La cruda y puta realidad. Aún no sé si fui victima o victimario, cómplice o qué demonios, pero en un abrir y cerrar de ojos desperté del sueño del departamento propio, que se esfumó con la misma rápidez con que vino.

    Por estos días terminé de leer "La novia oscura" de Laura Restrepo, la historia de una prostituta de las selvas petroleras colombianas cuyo nombre artificial era 'Sayonara', que en japonés significa "adiós". La vida de esta joven puta siempre fue continua despedida. Estos días me vi obligado a "adiós" a una ilusión, la inesperada partida de un anhelo que dio un inusitado portazo a mi vida tiñó de tristeza y decepción mis circunstancias. Pero tal como dice Restrepo en este libro, "la guerra es así, más escandalosa cuando la cuentas que cuando la vives". Lo único que puedo afirmar con certeza es que estos días viví un auténtico calvario.

    De pronto mis 23 años me redujeron a un niño que lo único que sabía hacer ante el miedo era llorar. Un terremoto de nervios escadalizaba mi cuerpo, un torrente de nervios me sacudía la piel, un retorcijón de estómago vacío que me doblaba en dos y induciéndome a vomitar nada, un cuello inmóvil, duro como tronco. Tenía además la voz de mi padre del otro lado del teléfono impartiendo órdenes, indicándome cómo debía actuar de ahora en adelante, cuidate Martín y alejate de esa gente, no te quiero ver nunca más cerca de tal persona, cuidate Martín, cuidate que ahora no sirve de nada llorar, así se aprende. Esas tres fueron sus últimas palabras antes de colgar el teléfono. Así se aprende. Mi vida se convirtió en una Sayonara cualquiera, en una tremenda puta. Y como me dijo una amiga, me tocó bailar con la más puta pero que no me preocupe porque a cada santo le toca su domingo. De nada sirve ahora reflexionar con frases hechas, sólo resta armarse de paciencia y esperar a que en el camino se acomoden los melones porque "no son rectos los caminos del corazón, sino culebreros y retorcidos y nos dejan ver dónde arrancan pero no dónde van a parar".

    Amigos, familiares, compañeros del trabajo me preguntaron que pasó y evadí la respuesta explicando que solamente hubo un problema económico y que, en consecuencia de ello, me quedé sin techo a estrenar como tanto había anticipado a todos con desbordante alegría. Que la plata va y viene, lo importante es que estés bien, que estés completo señalaba mi tía Teresa. Me interesa muy poco que todos sepan que pasó, sólo escribo para exorcizar el dolor y dejar que las memorias se acomoden en el tiempo, porque "los recuerdos se derriten como los copos de nieve". Espero que éste se convierta en agua pronto y que corra río abajo, llevándose los restos del estropicio y lavándome el buen nombre.

    "Ella bailaba y yo sabía que nadaba en aguas lejanas, como de visita por otros mundos, tal vez peores, o tal vez mejores. Tal vez peores o tal vez mejores pero nunca compartidos". Mi exceso de confianza me demostró que la dualidad de una persona se descubre con el paso del tiempo, cuando uno construye relaciones y se tejen puentes que si bien pueden ser nexos indestructibles entre dos personas también pueden convertirse en una espeso camino que no permite ver con claridad a qué lobos tenemos a nuestro lado.

    El dolor de saber que decepcioné a mi padre me llevó a romper en llanto cuando me tocó desahogarme con mi mamá vía telefónica, años tratando de reconstruir mi relación con él para echarlo todo por la borda, como un estúpido, me sentía un tarado cruzado por la insensatez. "Cada tanto me pregunto hasta qué punto no tendría Sayonara el espíritu y la sensibilidad cegados por el dolor excesivo del pasado. ¿Cómo llorar al hermano sin desangrarse? ¿Cómo recordar a la madre sin calcinarse? ¿Cómo amar sin reavivar el horror? Hay visiones que destrozan, y la peor muerte rara vez es la propia"... ¿Cómo mirar al padre a la cara después de comportarme como un completo imbécil?

    "Escribir esta historia se me ha convertido en una carrera perdida de antemano contra el tiempo y la desmemoria, son dos hermanos gemelos de dedos largos que todo lo tocan". Atronado por la situación aun creo que mientras una puerta se me cierre, otra se abrirá. Espero que pronto. Contaba los días. Ahora la cuenta carece de todo sentido, sólo tengo en el pecho un hueco hondo que arde de un inconmensurable dolor de conciencia. "Todas las dolencias, del cuerpo y del alma, se transmiten por las sábanas" y las mías estuvieron empapadas de lágrimas irreversibles, húmeda decepción.

    "-Dicen que ciertos hombres se recluyen en el burdel buscando lo mismo que los monjes en el monasterio.
    -Y eso qué, ¿lo dice algún libro?
    -Seguramente.
    -Con razón. Los libros hablan mucha mierda."

    Mierda o no, este blog seguirá nutriéndose de las lecturas que van desfilando ante mis ojos este año. La distancia que me separa mi familia se ganó mi respeto. Aún creo que vengo de un lugar de dónde aún no he podido salir, pero que así como en miles de ocasiones donde estuve al borde de mis propios limites, salió mi familia como un tigre enfurecido a la defensa, con las fauces abiertas y las garras afiladas para atacar en caso de encontrarme desprotegido. Y eso es el amor: "echar a correr con los pies del otro". A mis pies se postra mi familia, a los pies de mi familia me postro yo, en idas y vueltas que dan forma a mi rumbo, un rumbo que siempre pasa por mi casa.

  7. Manuel Belgrano vs. el Pato Donald

    jueves, 20 de junio de 2013

    El primer día de jardín de Heber nos encontró desbordados de emociones, tanto a mi hermana como a mí. Presentes estuvieron un par de amigas de ellas, mi cuñado y su familia, mi prima Emilia y mi papá. Aún recuerdo con precisión lo nervioso que estaba Heber al llegar al jardín, la manera en que enlazaba su mano con la de su mamá, su mirada curiosa y su andar sigiloso, cada paso dentro del jardín era reconocido como un inexorable camino de ida. Y así lo fue, efectivamente. No me acuerdo qué libros leía en ese entonces, pero escribo por dos razones: por un sueño que tuve hoy y porque justamente este 20 de julio se celebra el día de la bandera, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Sucede lo siguiente: para ese entonces ejercía mi rol de ayudante de cátedra en "Teorías de la comunicación social" a cargo de quién fue mi profesora, mentora y directora de tesis, Leila Moreno Castro. En cada clase se generaban debates donde el espacio para los acuerdos era el principal protagonista, de la profe Leila aprendí esta manera de negociar puntos de vistas que aprendí a practicar, que ni los blancos son tan blancos y que ni los negros son tan negros, que nos movemos en  grises integradores, que hay que ser tolerable y respetar la opinión del otro para sumarla a la nuestra y construir un consenso, que por más efímero que sea, en algún momento nos sirve para dar un paso más adelante. Disfrutaba cada clase, me preparaba, releía los apuntes y aprendía el doble no sólo de la profe sino también de los alumnos, ¡cuantos nombres pasaron por mi voz en esas interminables asistencias! Debo admitir que extraño formar parte de ese equipo, la profe me dejeba ser y en esa delegación de autoridad mi confianza como comunicador aumentó de forma considerable, lejos de la soberbia con la que inicié la carrera. Compartimos varios autores y fue "Para leer al Pato Donald" de Ariel Dorfman y Armand Mattelart uno de los libros que marcó mi paso por Comunicación Social. 

    Estoy escribiendo algo desordenado, pero prometo que todo tiene que ver con todo y que las historias coinciden en algún punto -por más difuso que sea-. El día en que Heber ingresó al jardín estaba maravillado al ver que todos los niños cargaban mochilas con diferentes personajes de Disney, ese es Buzz Light Year, ese es Mickey, ese es El Hombre Araña, ese es Rayo McQueen señalaba mi sobrino asombrado. Una de mis tantas funciones como tio es llenar de regalos a Heber, entre ellos las infaltables películas de Disney. Ahora seguimos esa colección como un lazo que sabemos que nos une a 16 horas de distancia, historias de valientes y cobardes, héroes y rufianes, de príncipes y princesas. Esto se plasmaba también en cada juego de roles que nos tocaba interpretar, él era Buzz Light Year y a mi me tocaba ser Woody, Heber era Rayo McQueen y yo Mater. Ahora el pequeño mocoso se atreve a compararme con Sid, el perezoso de "La Era de Hielo"... ¡y que tan acertado está! Al mirar cada mochila e identificar cada uno de los personajes de Disney, Heber se paró inmóvil y atónito ante el mastil ubicado en el centro del patio del jardín y miró con atención lo que se levantaba frente a sus ojos. Luego me miró y preguntó:
    -¿Qué es eso tío?
    - Esa es una bandera. La bandera de Argentina -respondí.
    Luego de este episodio caí en cuenta de algo: que leyendo y relyendo tantas veces "Para leer al Pato Donald" no había aprendido absolutamente nada. El libro es un "manual de descolonización" como lo definen sus autores, un análisis marxista que revela como a partir de dibujos "inocentes" de The Walt Disney Company se perpetuaba la ideología de Estados Unidos sobre la bastardeada América Latina de los años setenta. Y ahí estaba yo, alimentando y siendo cómplice de haberle negado por unos tres años a mi sobrino esa marca clave de la identidad argentina. Para desdramatizar esto, pude usar esta situación como punto de partida para una de las clases donde a partir de este hecho estudiabamos con los alumnos de primer año de Teorías de la Comunicación como pueden influir las caricaturas de Disney y otros "textos inocentes" en nuestra ideología desde la infancia. Sé que de vez en cuando Heber le roba un mate a su abuela Gladys, su belela como le dice. A mi el mate nunca me gustó y las veces que intenté tomar el estómago me pedía a gritos que reemplace esa infunción de yerbas y agua caliente por una Coca Cola bien helada e imperialista.


    Aprovechando este feriado decidí dormir una siesta debida pero mi descanso se vio interrumpido por un insólito sueño. Subí al bondi 60, el que tomo acá en Buenos Aires para ir al laburo pero lo extraño es que en esta oportunidad mi destino no fue Núñez -donde queda la agencia de publicidad para la cual trabajo- sino que me bajé en la esquina de la calle Santo Domingo... nada más y nada menos que en la cuadra de la casa de mi mamá. Ya no era el bondi 60, era la línea 7, la cual tomaba para llegar hasta el barrio San Martín en La Rioja. Las ganas de ver a mi familia son insoportables e inevitables pero las regulo gracias a cada mensaje que recibo, en cada foto, en cada carta o dibujo que me envían. Este 20 de julio recordé también que "Un comunista en calzoncillos" aborda en su historia un debate sobre el Monumento a la Bandera, pero esa queda en ustedes si desean averiguar de qué les hablo. Tal como dice su autora, Claudia Piñeiro "la memoria es un juego de cajas chinas. Uno abre la primera y dentro esperan otras, casi hasta el infinito. Un hipervínculo que origina otra búsqueda en la necesidad de una certeza tal vez inalcanzable. El recuerdo puede ser falaz, una mezcla de datos ciertos e inciertos que se fusionan como en un sueño". El sueño descripto me volteó propinándome un golpe de nostalgia que fue a parar derecho al corazón pero la imágen de mi sobrino entrando al jardín me abraza con una fuerza titánica que, como un pellizco en el brazo, me da el aliento sufiente para creer que aún vale la pena soñar despierto.

  8. E-mail a papá (II): El plan infinito

    domingo, 16 de junio de 2013

    06 de mayo 2013


    Ay papá, aquí estoy de nuevo escribiéndote, entre suspiros y necesidad de contarte las cosas que leo y pienso. Como sabrás, estoy empecinado en dedicarle de lleno de este 2013 a Isabel Allende. No obstante, entre libro y libro, se filtra una nueva historia, una voz diferente, otra historia que me atrapa. En lo que va del año de Isabel he leído "La casa de los espíritus", "Eva Luna", "De amor y de sombra", "Paula" y "El Plan Infinito". Siguen la lista "Afrodita" y "Cuentos de Eva Luna", pero eso será luego. Me llamó la atención encontrar en la Feria del Libro "City of the beasts" ("La ciudad de las bestias") y apenas tenga mi primer sueldo, ese libro será mi primera inversión: he decidido que a los 23 años y con un laburo fijo en esta ciudad de bestias es imposible por ahora hacerme tiempo y estudiar inglés como corresponde en algún instituto, además son muy caros. Prefiero seguir siendo el autodidacta que siempre fui y mejorar mi segunda lengua en los textos de mi autora favorita, creo que sería un ejercicio interesante para mí y más que artesanal.

    Hoy lunes 6 de mayo finalicé "El Plan Infinito" de Isabel Allende, el relato vivo de su actual pareja, William Gordon. Como cada libro te deja un sinfín de emociones y más incertidumbres que certezas, sólo puedo asegurarte -aunque sospecho que ya lo sabes- que la vida no tiene borrador. A través de este libro entendí -o me convencí, no sé- de 'por más que uno corra siempre está en su misma piel' y que 'la vida es una suma de ironías'. Aunque para mí sos un Buendía y mi madre una Del Valle, en una instancia de sus vidas creó que decidieron ponernos nombres de novela mexicana tanto a María Rosa como a mí, "Carlos Martín". En la entrevista de trabajo tuve que aclarar que Carlos era por mi padre y no por Menem. Y con respecto a Martín, que googlié su origen latín y significa 'guerrero', nunca me voy a olvidar de tu explicación, de cómo decidiste que me iba a llamar así. Fue en el cementerio, ibamos a visitar la tumba del abuelo Lorenzo y yo, no sé si ya tenía entre 9 y 12 años, te pregunté el por qué ese nombre. "Es un nombre fácil y rápido de pronunciar, Mar-tín", me explicaste. Aunque hoy hubiera preferido que el origen sea más poético, creo que no le erraron al nombre, les salió un hijo con una naturaleza errante, alma nómada, que hecha raíces a donde va, "tal vez uno lleva su plan adentro, pero es un mapa borroso y cuestas descifrarlo, por eso damos tantas vueltas y a veces nos perdermos".

    Sinceramente me olvido rápido los motivos de por qué te escribo, las urgencias económicas y suministro de libros las demando vía telefónica: no veo la hora de que llegue el día en que pueda llamarte y decirte "no viejo, plata no necesito, necesito que me cuentes como estás y nada más". Ya me advertiste que en  un par de años más te jubilas y seguís siendo muy generoso conmigo, "apenas María y Martín se reciban, voy a dejar de trabajar". Macanuda frase que hace eco desde la infancia, tu hijo se recibió y es un comunicador social con alma de periodista y la frustración de un escritor, sigo descifrando ese mapa por el cual me guío. "Vida, amor y libertad" es la fórmula mágica que me concedieron con mamá, con eso me basta y me sobra para entender cuán interminable es el mundo, que tan infinito es el universo y que tan eternos serán siempre ustedes en mi vida.

    Te escribo porque te quiero, porque de niño no encontraba las palabras adecuadas para comunicarme con vos y de grande aprovecho las ventajas de la vida virtual para sentarme y ensayar una y mil veces las cosas que te quiero contar. Sabes que la última vez que cenamos, nos vimos diferente. Yo me vi envuelto en la adrenalina de querer volver a Buenos Aires y a vos sentado en 'la nostalgia de un domingo por llover'.


    Se me va la mano escribiendo y aún no resuelvo como terminar esto, porque al carecer de intensiones claras, carecerá seguro también de un remate interesante, pero bueno, qué demonios importa. Este miércoles inicio una nueva etapa laboral y, a diferencia de años anteriores, estoy tranquilo. La soberbia de la adolescencia me hizo entender qué nunca se sabe ni más ni menos, siempre hay que estar dispuesto a aprender. Tanto que renegué de los números de mocoso y ahora, quien te ha visto y quien te Martín, vas a terminar analizando estadísticas. La vida es una jodida ironía. Vos querías que tus hijos sean el equilibrio de Serrat y Sabina y te salió una hija mucho más sentimental y vulnerable que una canción de Joan Manuel y un hijo tan trotamundos e infeliz como Joaquín. Pero como todo es una moneda que da vueltas, como la vida de ese hombre que buscaba a Clementina en "El Deseo", Heber representa una nueva generación y perpetuación del apellido Alanís y con él la suma de oportunidades...

    Ya sé por qué escribo, porque como te dije anteriormente, soy un escritor frustrado. Tuve dos intentos fallidos, uno cuando tenía 8 años y con una lapicera dorada escribí un cuento de un hombre chino que con un bichito concedía deseos, pero luego me di cuenta que era el guión de un capitulo de un dibujito animado. Luego a los 12 años quise escribir una novela que relatara una pelea infernal entre todos los hermanos Bramajo, mi mamá se espantó y la tia Aida moría de risa. Empezaba con la muerte de la abuela, que para eso entonces tenia más vida que todos sus nietos juntos, y a partir de ahí una contienda entre sus hijos para ver quién se quedaba con la casa. Era la casa de Malanzán (no, para ese entonces ni habìa asomado las narices a 'La casa de los espirtítus' o 'Cien años de soledad'). La historia contaba que entre sus hijos, al final era una la que se quedaba con la gran casa, que resultaba ser mamá, pero me faltaban ingredientes para ese personaje y el relató murió. No así los otros personajes: Isabel se enojó tanto se fue pegando un portazo y no volviò más, Mercedes se convirtió en monja y terminó sus días en su convento, Aida cae enferma gravemente y Ángel decide cuidarla, pero como no podía sólo contrato a una enfermera (sí, Carolina) de la cuál se enamoró y no solo asistieron a la hermana enferma sino que además que vivieron un amor desmedido, y Elvira terminó escpándose con un joven del circo, de tantas veces que llevaba a sus sobrinos al espectáculo terminó enamorándose irremediablemente de él. Si, tenía la historia, los personajes, me faltaba un buen final pero me censuraron porque tenían miedo de que mis tios me terminen odiando por insolente.

    ¿Cómo se hace papá? ¿Cómo se empieza a escribir las primeras lineas sin caer en la ansiedad de querer ponerle pronto un punto final? ¿Cómo se vive, cómo come, cómo duerme, cómo ama uno sabiendo que tenes ganas de escribir una historia y sentirte con las manos atadas? Ahora la historia sería otra, después de tantas lecturas tan autobiográficas, tanta ficción y realidad, tanta verdad y tanta mentira, me provocan deseos de escribir algo para la abuela Sara, pero no sé qué. ¿Y si lo escribís vos? Siempre sueño en tener mi propio librito, mi propia novela corta, se llamaría "Los estropicios de la identidad" y juntaría mil historias en una, pero no me animo. Sinceramente no. En fin, por ahora me tengo que preocupar en estirar como chicle el dinero que me mandaste hasta que cobre mi primer sueldo, a sumergirme en "Un comunista en calzoncillo" de Claudia Piñero, mi última adquisión y empezar a soñar fuerte con mi próxima meta, mi propio lugar, mi departamento. Un lugar donde puedan cohabitar las canciones de Mika y los libros de Isabel Allende, un lugar donde esté mi cama y pueda prender velas blancas y estar solo conmigo. No, no me importa estar sólo. Ya habrá tiempo para enamorarme, la última vez que lo hice me dejaron sin más explicación que un cobarde mensaje de texto.

    "Vas a vivir la vida entera, aunque te duela" le decía Carmen a Dai en "El Plan Infinito". A veces esos dolores son insoportables pero tan necesarios como es el amor para vivir.

    Hasta pronto papá, hasta nuevo mail. Gracias por tus "solícitos cuidados".

    Martín
    (o Tino como dicen mis amigos, por si no sabías)


    .....................


    Respuesta de papá:
    Estimado hijo la vida de un escritor es por lo general solitara y egoista, hay que ser un perfecto ladron de tiempos y saber que en la soledad uno puede ser otro. Un abrazo y que Dios reparta suerte.


    Este mail sufrió modificaciones, hay ciertos párrafos que corresponden a una intimidad que mantengo con mi padre, imposible de negociar. Ya terminó el día del padre, sólo llame para saludarlo pero considero necesario publicar este segundo mail que le envié. Hace poco fue el día del escritor y en mi muro deslicé que las coinciencias de la vida son asombrosas, estaba releyendo "Retrato en sepia" de Isabel Allende y fue justamente ese libro el que me regaló mi papá a los 14 años (dudaba si era esa edad, él me confirmó que así fue) con la que siguiente dedicatoria: "Martín, la lectura es uno de los vicios más hermosos".

    Ese día pude haberme explayado y listar tanto autores que me volaron la cabeza, desde esa chilena odiada por la crítica hasta las latinoamericanas que fui descubriendo estos meses, como Claudia Piñeiro (Argentina) o Laura Restrepo (Colombia), pero no. En ese día, el día del escritor, saludaba a su viejo, por su día, porque más alla de ese Carlos Alanís, profesor de matemáticas, física, biofísica, bioestadística y amante de los números, la profesión de escritor es la que más me une a él un nudo ciego hecho de amor por los libros.

  9. Memorias en technicolor

    viernes, 14 de junio de 2013


    Camino al Parque Rivadavia escuché una mujer decirle a otra que "el 80% de la fuerza del cuerpo está en las piernas". Sin ánimos de ofender a un par de desconocidas, no me atreví a corregirlas en plena vía pública y ganarme un carterazo gratuito; pensé para mis adentros que en realidad el 80% de la fuerza no radica en las piernas como ellas suponían, sino que lo hace en la memoria. Como lo prometido es deuda, aquí estoy nuevamente luego de finalizar la relectura de "Retrato en sepia" de Isabel Allende, libro que llegó a mis manos cuando tenía 14 años con una acertada dedicatoria de mi papá, "Martín, la lectura es uno de los vicios más hermosos". La protagonista de "Retrato en sepia" es Aurora Del Valle, quien a través de la escritura, la fotografía y el testimonio de otros personajes que cosieron retazos de su existencia, trata de descubrir el misterio del trauma que borró de un tirón sus primeros cinco años de vida. Como está lejos de mis intenciones contarles el final de los libros que leo, no les puedo revelar que fue lo que le sucedió a Aurora a los 5 años. No obstante muchas veces les he contado sin querer el punto final de alguna que otra historia, pero todavía no me llegaron las quejas ni denuncias por spoiler.

    "- Abuela, no puedo vivir con tantos misterios-le dije una vez a Paulina Del Valle.
    - ¿Por qué no? La gente que tiene una infancia jodida es más creativa- replicó."

    Mis recuerdos de la infancia se dividen en dos casas, en la de mi abuela Sara y en la de mi abuela Pochola. Ambas mujeres están lejos de la codicia de Paulina Del Valle aunque la primera imitaba su coquetería y la segunda creció económicamente gracias al olfato que tuvo su familia para aprovechar los vastos campos con los que contaba en Malanzán. Ahora mientras una me custodia desde el plano espiritual y la otra me espera en La Rioja, intento visualizarme de niño en alguna de esos techos bajo los que me crié. Hace más de una década que mi abuela Sara lucha contra el control involuntario del Parkinsson, contra las tentaciones dulces de la diabetes y contra los estropicios de la identidad generados por el Alzheimer. Su memoria es frágil como un cristal liviano, divaga en un espacio sin tiempo y su corazón se mueve entre el recuerdo y los espíritus del pasado. 
    - ¡Hola amor de mi vida!- la saludé hoy por teléfono, luego de semanas sin hablar con ella por miedo a que no reconociera mi voz.
    - ¿Desde cuándo soy el amor de tu vida?- replicó del otro lado riendo, alegre y lúcida, dándome la pauta de que mi imagen sonora aún habita en su memoria.
    - Desde siempre, abuela, desde siempre... - le contesté mientras sonreía sin poder evitar que el dique de la nostalgia que contenía las lágrimas en mis ojos reviente en mil pedazos.

    A diferencia de la protagonista de "Retrato en sepia" no recuerdo haber sufrido en la infancia un trauma de tamaña magnitud como para olvidarme de ciertos episodios. De alegrías y tristezas, conservo intacto algunos recuerdos. Algunos despiertan con la lectura, otra con las conversaciones como una que tuvo lugar en el almuerzo de trabajo. Mis compañeros discutían sobre los videojuegos en los que invertían tardes enteras de sus días, yo nunca tuve uno porque sinceramente no me divertían, por ende, sólo asistía y reía cuando se presentaba la oportunidad aunque los recuerdos de los juegos de mi infancia empezaron a correr por mi cabeza como un inexorable río de lava ardiente. Es imposible volver a mi infancia sin recordar a mi principal rival y vencedora de todo juego propuesto, mi hermana María. Ella tenía habilidades atléticas que yo carecía, cualidades que se evidenciaban a la hora de recibir regalos. La gracia con la que manejaba la bicicleta no se comparaba con la inutilidad con la que yo conducía torpemente la mía, que contaba con dos rueditas, una de cada lado... ¡Me animo a decir que hasta la fecha carezco de tales destrezas!

    Ni hablar de cuando mi padre se empeñó en regalarme bolitas: mi hermana tenía una puntería envidiable para tincar cada una y ganarle a cualquier contrincante mientras que yo me dedicaba a coleccionar las más brillantes como si fuesen parte de un tesoro pirata. Desde entonces soñaba con grandes riquezas, ilusiones alimentadas por los cuentos que me leía mi tía Aida a quién le prometía que cuando sea grande y millonario le asignaría un cuarto en mi enorme castillo para que ella sea mi bruja sirvienta por la eternidad. Una vez con Juan, un primo más que sobrino y más que sobrino un compañero de aventura, partimos una caja entera de azulejos destinados a uno de los baños que estaban en construcción en la casa de Malanzán. Nosotros pensábamos que estábamos amasando una riqueza inmensurable mientras que para nuestras madres y tíos sólo éramos unos niños estúpidos que creían que en esta familia se cagaba plata. En los juegos de mesa siempre hacía trampa, escondía un comodín bajo la mesa y ganaba toda partida de naipes. Menos mal que no me dediqué a la política o la contaduría, sino estas horas estaría escribiendo estos párrafos tras los barrotes de la cárcel por estafador.

    El movimiento invertebrado de brazos y caderas de mi hermana a la hora de bailar canciones de Chayanne eran asombrosos. Todavía nos veo en el living de caso cantando "Mariposa technicolor" de Fito Páez que en ese tiempo lo pasaban por un canal musical cuyo nombre no logró recordar. Mi timidez y falta de práctica para la danza me convertía en uno de esos niños que en la primaria decidían quedarse a hablar con las maestras o dedicarse simplemente a comer por deporte mientras el resto de mis compañeros sudaba en la pista. María era ágil y divertida para todo juego propuesto, yo inútil y tramposo. Los dos nos acompañamos mutuamente en ese traumático paso de la infancia que fue la separación de nuestros padres, claramente que cada uno lo vivió de diferente manera, lo sufrimos diferente y hasta elaboramos el duelo por separado. Hasta la fecha hablamos sobre las secuelas que nos dejó ese 1995, el año en que yo finalizaba mi quinto año de jardín y ella entraba a la escuela primaria.

    Quedan pocos hermanos como nosotros, hemos vivido tantas vidas juntas. Además de los celos irreconciliables por mi cuñado en sus primeros años de noviazgo con mi hermana y el descuerdo total con sus gustos musicales, con María supimos forjar lazos inquebrantables en la infancia y la adolescencia que se prologan hasta la fecha. Ahora ya somos jóvenes y mantenemos diferencias que rápidamente resolvemos, contando con ese puente construido a través de los recuerdos de la infancia, los desencuentros de la adolescencia, las memorias de nuestra familia y la llegada al mundo de Heber, hecho últimos que nos condenó por siempre a torear esta jodida pero maravillosa vida juntos hasta el día de nuestra muerte. "La juventud no es una época de la vida sino un estado de ánimo" decía Paulina Del Valle en “Retrato en sepia”, uno de los personajes que guardaré en mi corazón con muchísimo cariño y sobrada empatía, generado por la insolencia y la desfachatez con la que enfrentaba la vida.

    "Escribo para dilucidar los secretos antiguos de mi infancia, definir mi identidad, crear mi propia historia. Al final lo único que tenemos a plenitud es la memoria que hemos tejido. Cada uno escoge optar por la claridad durable de una impresión en platino, pero nada en mi destino posee esa luminosa cualidad. Vivo entre difusos matices, velados misterios, incertidumbres; el tono para contar mi vida se ajusta más al de un retrato en sepia...". Sin proponérmelo, estoy realizando en este blog la misma proeza que Aurora del Valle, aunque claro que al ser daltónico y no distinguir a la perfección algunos tonos, mi mente se ha vuelta un revoltijo de colores. Hay que entrenar ese 80% del cuerpo que exige ejercitación diaria porque es ahí, en la memoria -o en lo que queda de ella-, donde podemos vencer la condición fugaz de nuestra existencia.

  10. En algo hay que creer

    domingo, 2 de junio de 2013

    "Unidad no poseo, ni tampoco identidad: no soy uno, soy legión, soy y somos más de mil, una rueda dentro de la otra, hasta contar las diez huestes que conforman el ejército concéntrico de las Ruedas y los Tronos".
    Laura Restrepo, "Dulce compañía"

    ¿En qué creemos? Esta es la pregunta que sirvió como disparador para empezar a escribir este nuevo post, luego de estar tres días haciendo reposo por una gripe que me dejó en cama, oportunidad que aproveché para finalizar mi lectura de "Dulce compañía" de Laura Restrepo. El libro trata sobre una periodista que escribe para una revista de frivolidades y es enviada por el jefe de redacción a cubrir la aparición de un supuesto ángel en un pobre pueblo perdido de Colombia. Si el ángel era efectivamente un ángel o sólo era producto de la creación del pueblo para mantener viva su fe colectiva, es algo que dependerá pura y exclusivamente del lector. Como lo prometido es deuda, aquí estoy nuevamente, desperezando la memoria y tratando de encontrar una respuesta a ese '¿en qué creemos?'. El debate no es nuevo, ni mucho menos original: grandes filósofos, teólogos, sociólogos y mortales han tratado de responder mediante pruebas empíricas -y no tanto- en qué se basa esa fuerza capaz de mover masas de gente.

    Me crié bajo el techo de una familia muy católica, cuyo origen se remonta a aquel rincón florido de Malanzán cuando con mi abuela materna, mi madre y sus hermanos, y mis primos participabamos en las fiestas en honor a la Virgen de Copacabana. De niño me gustaba además disfrazarme de cura y predicar en casa ante el descontento de Niní, quien renegaba porque para mis misas desacomodaba todos los muebles que ella iba limpiando. Con el tiempo la manía de difundir la palabra de Dios con arapos simulando sotana se me fue y la religión empezó a sonarme más a sinónimo de aburrimiento. Las misas me aburrían, se hacía eterna y tediosa una hora dentro de cualquier iglesia: en esos momentos la paciencia era clave para soportar las predicas en el templo sin caer en un sueño profundi. En la adolescencia esta situación no mejoró en absoluto sino todo lo contrario, si iba a misa era porque me obligaban. Estaba en desacuerdo con la mayoría de las cosas de las que creía creer y sobretodo de las barbaridades que tenía que escuchar del cura de turno. Pero me callaba, porque sabía que no se debía discutar la palabra santa: era dogmática.

    Cuando cursaba la secundaria, la palabra religión empezó a sonar a culpa, hasta la masturbación me parecía una herejía, ¡imaginense si tendría que perdir perdón por cada oportunidad en que se me iban las manos bajo el boxer! Si ahora me tuviese que confesar por las impurezas cometidas no habría corazón de cura que resistiese a tanto alborto. Siempre tuve la idea de que al decirle al mediador de Dios mis pecados más libidinosos, tendrían que sacar al confesor en camilla y con un respirador. Cuando me confesaba siempre omitía que me masturbaba, y cuando pienso en esto, recuerdo esta escena de "Eva Luna" de Isabel Allende:

    "-¿Te has tocado el cuerpo con las manos? -me preguntó.
    -Sí, padre -farfullé.
    -¿A menudo, hija?
    -Todos los días…
    -¡Todos los días! ¡Ésa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometerme que no lo harás más!
    Prometí, aunque no podía imaginar cómo iba a lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos."


    Para entonces mi profesora de biología nos enseñaba que había dos teorías sobre el origen del universo: una es la creación del mismo a partir de la explosión del Big Bang, y la otra incluye a Dios, que en siete días se despachó con semejante cosa jodida de universo. "¿Cuál es la verdadera?" le preguntaba a mi mamá. Entonces tenía 12 años y sentía que con este tipo de interrogantes sometía a mi madre a una prueba de fuego. Ella, siempre lúcida e inteligente, y con una mirada reconciliadora entre religión y ciencia, me explicó que para que el universo se haya formado a partir de la explosión del Big Bang, alguien combinó en un punto el Espacio, el Tiempo, la Energía y la Materia. Ese alguien no era otro que Dios.

    "Nunca logró aceptar ese dios tiránico que le predicaban las religiosas, prefería una deidad más alegre, maternal y compasiva.
    - Esa es la Santísima Virgen María- le explicaron.
    - ¿Ella es Dios?
    - No, es la madre de Dios.
    - Sí, pero ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?
    - Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine- le aconsejaban."


    De joven admiraba muchísimo a mi amiga Sol Giménez, por su cabeza -no por el tamaño de su cráneo, sino por el tamaño de sus ideas-. No sé si ella lo recuerda, tampoco sé si yo lo recuerdo bien pero creo que una de esas noches donde compartíamos alguna fiesta (ella era mi prima de una de mis compañeras de la secundaria), caímos en el tema de religión. No recuerdo cómo me lo preguntó, tampoco si la pregunta fue en qué Dios crees o por qué crees en Dios. Lo único que sí recuerdo con claridad es que mi respuesta fue contundente y a ella le causó gracia: "en algo hay que creer".

    Una de las dicotomías más grandes en las que me crié fue ser homosexual y ser católico, dos caras de una moneda, adversa y reversa, dos polos totalmente opuestos. Para la fecha aún es utópico pensar que el amor, la familia, la sexualidad y la religión son irreconciliables. En esta ditocomía me sorprendió el día en que anunciaron al nuevo Papa argentino, a quién tuve que googlear y desalentarme ante la inmensa tristeza que me invadió a leer la postura de Bergoglio con respecto al casamiento entre personas del mismo sexo.

    Con los años tomé coraje y empezaba a cuestionar miles de cosas de Dios, qué por qué mis viejos se separaron, por qué castigas a mi abuela con Parkinsson y Alzheimer, por qué soy gay si este prototipo de cristiano no estaba en tus planes, por qué mi perro se murió, por qué, por qué, por qué. No voy a misa pero si rezo cada noche antes de dormir, pidiendo y agradeciendo. Tampoco me confienso, ni comulgo. Sólo los padres Enri Praolini y Luis Pradela lograron acercarme a Dios sin miedos ni culpas. El día de mi confirmación Praolini dijo que la vida es como un gran signo de interrogación, una gran pregunta y que está en nosotros transformarlo en un signo de exclamación, que nos sorprendamos. Por su parte, el padre Luis me quitó el miedo de andar por la calles de Malanzán en plena siesta en Semana Santa porque el diablo no estaba suelto (recuerdo que una vez ante la mirada cómplice de mi madre, a los 8 años, me hizo probar una ostia con vino, desafiando los sacramentos que aún no había tomado).

    "¿Qué es la Biblia, Martín?" me preguntaron cuando rendí el exámen equivalente para ingresar a un colegio franciscano. "Un libro muy grande que nos deja moralejas" respondí en mi inmensa brutalidad y ante el asombro de mis profesores evaluadores y mi compañera Carla Aballay quién estalla de la risa cada vez que recuerda esta anécdota. ¿Qué más podían esperar de mí, si cada mañana al terminar la oración de la Bandera, yo respondía convencido -y conmovido ante tanta hospitalidad de mi nuevo colegio- "pasela bien" cuando en realidad lo que se decía era "Paz y Bien"? 

    "-Dime la verdad, Orlando. ¿Tú si crees que tu hermano sea un ángel?
    -Yo sé que es un ángel.
    -Y cómo haces para estar tan seguro, o sea, es que ni siquiera tiene alas...
    -No tiene alas porque aquí en la tierra lleva puesto su disfraz de hombre."

    Una vez leí que la religión es como un pene: está bien tener uno y estar orgulloso de él, lo que está mal es insistir con metérselo a la fuerza a los demás. A lo mejor cada uno vive la religión como mejor se ajusta a su contexto, a lo mejor no. Por ahí ví algunos dogmáticos cuestionar y a algunos cuestionadores convertirse en dogmáticos. Seguro que también hay quienes que se alejaron de Él para no volver y efectivamente no volvieron. A lo mejor hay quienes sí. Todo forma parte de este inmenso misterio que llamamos Vida. Al ser la Vida un misterio, queda transitarla como una infatigable búsqueda, como Monita, la protagonista de "Dulce compañía" y descubrir así cuan maravilloso, eterno y desconocido es el universo que se nos despliega a los pies. El fuego eterno dejó de asustarme hace rato, cuando me reconcilié con mi fe gracias a mamá. Ella es la responsable absoluta de hacerme creer de nuevo, de presentarme a un Dios que es amor y, que para ese Dios el amor -no importa la forma que tome- no es pecado.


    Paz y Bien, o.... Pasenla bien.


  11. Amor

    lunes, 27 de mayo de 2013

    Voy a escribir sobre el amor, tratando de evitar caer en cursilerías y ser lo más fiel posible a la experiencia que viví con alguien. No habrá nombres ni apellidos ni edades, tampoco indicios para que se larguen a la búsqueda del posible co-protagonista de esta historia. Voy a escribir lo siguiente por tres razones que me parecen suficientes para justificar estas páginas. La primera razón es que hace tiempo, a principio de año exactamente, leí "Amor" de Isabel Allende; una recopilación de las mejores escenas de amor y pasión de sus libros y merecía unas líneas en este blog. En segundo lugar porque por más que nadie me lo haya pedido, estoy seguro de que algún lector curioso está interesado en indagar si alguna vez estuve enamorado. Y si no lo hay, lo voy a inventar. El último motivo está relacionado con lo que me dijo una vidente en el Parque Rivadavía, cuando me tiró las cartas del Tarot al modesto precio de diez pesos, y atinó que yo había sufrido un gran desengaño por amor.

    Antes de continuar, advierto a quienes estén leyendo esto que lamento anunciarles que no describiré proezas sexuales ni enumeraré la cantidad de penas lloradas, producto de varios amores frustrados y uno que otro amante ocasional. Si está esperando eso, dear reader, desista ahora y abandone la lectura de estos párrafos right now. Tampoco voy a escribir a continuación cómo fue que me enamoré, ni los cuernos que puse y me pusieron, mucho menos como me abandonaron. Con tanto preámbulo se dará cuenta que si bien este blog se ha convertido en una suerte de diario extimo, sólo me limitaré a contar lo que sucedió aquella vez que me dijeron 'te amo' y lo sentí plenamente sincero.

    Días atrás me encontré conversando con mis compañeros de trabajo sobre la proyección a corto o largo con sus respectivas relaciones. Mientras unos convencidos se veían al lado de su pareja en un futuro no muy lejano y otros no, ahí estaba yo en el medio de todos ellos: soltero. No sólo, soltero. Mi única colaboración al tema fue citar una frase de Isabel Allende, que creo pasó desapercibida. "No importa a quien amemos, tampoco importa ser correspondido o si la relación es duradera. Basta la experiencia de amar, eso nos transforma". Creo que mi aporte no resultó muy interesante porque la charla tomó otro rumbo inmediatamente.

    Omitiré mi primera vez, tan bochornosa que no vale la pena ni escribir de ello ahora. Quizás mas tarde lo haga. Hablaré de la primera vez que me dijeron 'te amo' y de como a partir de esas dos palabras mediré mis siguientes relaciones, si es que las hay. Tanto emisor como receptor de ese mensaje estaban en una encrucijada que no vale la pena mencionar. El mismo canal de comunicación que usó para confesarmelo también uso para dejarme y para decirme que no podía más: todo por mensaje de texto. Nunca tomé esta huída como como un acto de cobardía, sino más bien como un miedo hondo de vernos sufrir en un punto final abrupto a una historia de amor precoz, que en mis 22 años de ese entonces no presentaba precedente. "El amor de juventud tiene un grado de locura que no se da después: es exclusivo, ciego, trágico, una montaña rusa de emociones que van desde la exaltación alucinada hasta el pesimismo más hondo". Esta descripción encaja a la perfección a la experiencia que viví con mi primer amor.

    Este domingo 26 de mayo volví al Parque Rivadavía y luego de finalizado mi ejercicio de escritura, a partir del cual nació "Un kirchnerista en boxers", rondé alrededor de la plaza atestada de niños que jugaban con sus padres, parejas que se comían a besos, hombres solitarios que daban de comer a las palomas y una fila interminable de vendedores ambulantes. Interrumpió mi paseo una anciana que ofrecía tirarme las cartas a cambio de $20 pero le dije que sólo llevaba en mis bolsillos $10. Accedió a hacerlo de igual forma. Lo que sucedió a continuación oscila entre lo increíble y lo mágico, creer o reventar: no sólo me pronosticó una larga vida y años de mucha felicidad, sino que además arrancó su rutina revelándome cosas que me dejaron con la mandíbula por el suelo, sos muy capricho y nervioso, pero enseguida se te pasa, se nota que has sufrido mucho por un amor y aunque ya haya pasado un largo tiempo, aún lo extrañas, ustedes dos ya no están juntos porque ambos sufrieron un desengaño, pero esa persona te dejó por su familia, van a volver a estar juntos, tenes que buscar a esa persona, juntos van a tener dos hijos.

    Después de la sentencia pronunciada por la vieja tarotista, mi memoria quedó en jaque y dió un salto a esa mañana nefasta cuando desperté y tenía en mi celular un mensaje de texto suyo, anunciándome que lo nuestro no podía seguir más, que me disculpes, que no puedo seguir mintiéndole a mi familia, no puedo ver a mi madre a la cara y mi abuela aún se aparece en mis sueños decepcionada, por el romance que llevaba conmigo. Lo que pasó en el medio sólo los dos lo sabemos. Cuando pasan un par de meses le escribo para saber como está. Y punto. Muchas veces quise que volviera, pero no por mí, sino por nosotros. Hoy ese 'nosotros' se desglosa en dos personas que continuaron su vida por separado, por diferentes rumbos, en direcciones opuestas. No obstante hay pequeños atajos en esos senderos que nos acercan esporádicamente a lo que alguna vez fuimos, sean estos desvíos un amigo en común que nos cuenta como está el otro, un comentario de un tercero, una foto, un suspiro del viento.

    Pensaba en un párrafo final que pueda resumir mi idea sobre el amor, me quedé pensando largo tiempo tratando de encontrar una idea contundente que pueda resumir cómo nos mostrábamos las cicatrices de la piel, intercambio más íntimo que nos conduce irremediablemente al romance. Fue duro el despertar, pero hay que saber cederle terreno al dolor para que cohabite con el recuerdo de lo que alguna vez nos hizo felices. Hay que abrir los ojos, despertar, evaluar, soltar y dejar ir: no hay amor más grande que eso. Nunca más te busqué, porque sinceramente temo correr el riesgo de perderme para siempre.

    En el amor, los dos nos abrimos, nos aceptamos.... pero también nos rendimos.