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  1. Manuel Belgrano vs. el Pato Donald

    jueves, 20 de junio de 2013

    El primer día de jardín de Heber nos encontró desbordados de emociones, tanto a mi hermana como a mí. Presentes estuvieron un par de amigas de ellas, mi cuñado y su familia, mi prima Emilia y mi papá. Aún recuerdo con precisión lo nervioso que estaba Heber al llegar al jardín, la manera en que enlazaba su mano con la de su mamá, su mirada curiosa y su andar sigiloso, cada paso dentro del jardín era reconocido como un inexorable camino de ida. Y así lo fue, efectivamente. No me acuerdo qué libros leía en ese entonces, pero escribo por dos razones: por un sueño que tuve hoy y porque justamente este 20 de julio se celebra el día de la bandera, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Sucede lo siguiente: para ese entonces ejercía mi rol de ayudante de cátedra en "Teorías de la comunicación social" a cargo de quién fue mi profesora, mentora y directora de tesis, Leila Moreno Castro. En cada clase se generaban debates donde el espacio para los acuerdos era el principal protagonista, de la profe Leila aprendí esta manera de negociar puntos de vistas que aprendí a practicar, que ni los blancos son tan blancos y que ni los negros son tan negros, que nos movemos en  grises integradores, que hay que ser tolerable y respetar la opinión del otro para sumarla a la nuestra y construir un consenso, que por más efímero que sea, en algún momento nos sirve para dar un paso más adelante. Disfrutaba cada clase, me preparaba, releía los apuntes y aprendía el doble no sólo de la profe sino también de los alumnos, ¡cuantos nombres pasaron por mi voz en esas interminables asistencias! Debo admitir que extraño formar parte de ese equipo, la profe me dejeba ser y en esa delegación de autoridad mi confianza como comunicador aumentó de forma considerable, lejos de la soberbia con la que inicié la carrera. Compartimos varios autores y fue "Para leer al Pato Donald" de Ariel Dorfman y Armand Mattelart uno de los libros que marcó mi paso por Comunicación Social. 

    Estoy escribiendo algo desordenado, pero prometo que todo tiene que ver con todo y que las historias coinciden en algún punto -por más difuso que sea-. El día en que Heber ingresó al jardín estaba maravillado al ver que todos los niños cargaban mochilas con diferentes personajes de Disney, ese es Buzz Light Year, ese es Mickey, ese es El Hombre Araña, ese es Rayo McQueen señalaba mi sobrino asombrado. Una de mis tantas funciones como tio es llenar de regalos a Heber, entre ellos las infaltables películas de Disney. Ahora seguimos esa colección como un lazo que sabemos que nos une a 16 horas de distancia, historias de valientes y cobardes, héroes y rufianes, de príncipes y princesas. Esto se plasmaba también en cada juego de roles que nos tocaba interpretar, él era Buzz Light Year y a mi me tocaba ser Woody, Heber era Rayo McQueen y yo Mater. Ahora el pequeño mocoso se atreve a compararme con Sid, el perezoso de "La Era de Hielo"... ¡y que tan acertado está! Al mirar cada mochila e identificar cada uno de los personajes de Disney, Heber se paró inmóvil y atónito ante el mastil ubicado en el centro del patio del jardín y miró con atención lo que se levantaba frente a sus ojos. Luego me miró y preguntó:
    -¿Qué es eso tío?
    - Esa es una bandera. La bandera de Argentina -respondí.
    Luego de este episodio caí en cuenta de algo: que leyendo y relyendo tantas veces "Para leer al Pato Donald" no había aprendido absolutamente nada. El libro es un "manual de descolonización" como lo definen sus autores, un análisis marxista que revela como a partir de dibujos "inocentes" de The Walt Disney Company se perpetuaba la ideología de Estados Unidos sobre la bastardeada América Latina de los años setenta. Y ahí estaba yo, alimentando y siendo cómplice de haberle negado por unos tres años a mi sobrino esa marca clave de la identidad argentina. Para desdramatizar esto, pude usar esta situación como punto de partida para una de las clases donde a partir de este hecho estudiabamos con los alumnos de primer año de Teorías de la Comunicación como pueden influir las caricaturas de Disney y otros "textos inocentes" en nuestra ideología desde la infancia. Sé que de vez en cuando Heber le roba un mate a su abuela Gladys, su belela como le dice. A mi el mate nunca me gustó y las veces que intenté tomar el estómago me pedía a gritos que reemplace esa infunción de yerbas y agua caliente por una Coca Cola bien helada e imperialista.


    Aprovechando este feriado decidí dormir una siesta debida pero mi descanso se vio interrumpido por un insólito sueño. Subí al bondi 60, el que tomo acá en Buenos Aires para ir al laburo pero lo extraño es que en esta oportunidad mi destino no fue Núñez -donde queda la agencia de publicidad para la cual trabajo- sino que me bajé en la esquina de la calle Santo Domingo... nada más y nada menos que en la cuadra de la casa de mi mamá. Ya no era el bondi 60, era la línea 7, la cual tomaba para llegar hasta el barrio San Martín en La Rioja. Las ganas de ver a mi familia son insoportables e inevitables pero las regulo gracias a cada mensaje que recibo, en cada foto, en cada carta o dibujo que me envían. Este 20 de julio recordé también que "Un comunista en calzoncillos" aborda en su historia un debate sobre el Monumento a la Bandera, pero esa queda en ustedes si desean averiguar de qué les hablo. Tal como dice su autora, Claudia Piñeiro "la memoria es un juego de cajas chinas. Uno abre la primera y dentro esperan otras, casi hasta el infinito. Un hipervínculo que origina otra búsqueda en la necesidad de una certeza tal vez inalcanzable. El recuerdo puede ser falaz, una mezcla de datos ciertos e inciertos que se fusionan como en un sueño". El sueño descripto me volteó propinándome un golpe de nostalgia que fue a parar derecho al corazón pero la imágen de mi sobrino entrando al jardín me abraza con una fuerza titánica que, como un pellizco en el brazo, me da el aliento sufiente para creer que aún vale la pena soñar despierto.

  2. E-mail a papá (II): El plan infinito

    domingo, 16 de junio de 2013

    06 de mayo 2013


    Ay papá, aquí estoy de nuevo escribiéndote, entre suspiros y necesidad de contarte las cosas que leo y pienso. Como sabrás, estoy empecinado en dedicarle de lleno de este 2013 a Isabel Allende. No obstante, entre libro y libro, se filtra una nueva historia, una voz diferente, otra historia que me atrapa. En lo que va del año de Isabel he leído "La casa de los espíritus", "Eva Luna", "De amor y de sombra", "Paula" y "El Plan Infinito". Siguen la lista "Afrodita" y "Cuentos de Eva Luna", pero eso será luego. Me llamó la atención encontrar en la Feria del Libro "City of the beasts" ("La ciudad de las bestias") y apenas tenga mi primer sueldo, ese libro será mi primera inversión: he decidido que a los 23 años y con un laburo fijo en esta ciudad de bestias es imposible por ahora hacerme tiempo y estudiar inglés como corresponde en algún instituto, además son muy caros. Prefiero seguir siendo el autodidacta que siempre fui y mejorar mi segunda lengua en los textos de mi autora favorita, creo que sería un ejercicio interesante para mí y más que artesanal.

    Hoy lunes 6 de mayo finalicé "El Plan Infinito" de Isabel Allende, el relato vivo de su actual pareja, William Gordon. Como cada libro te deja un sinfín de emociones y más incertidumbres que certezas, sólo puedo asegurarte -aunque sospecho que ya lo sabes- que la vida no tiene borrador. A través de este libro entendí -o me convencí, no sé- de 'por más que uno corra siempre está en su misma piel' y que 'la vida es una suma de ironías'. Aunque para mí sos un Buendía y mi madre una Del Valle, en una instancia de sus vidas creó que decidieron ponernos nombres de novela mexicana tanto a María Rosa como a mí, "Carlos Martín". En la entrevista de trabajo tuve que aclarar que Carlos era por mi padre y no por Menem. Y con respecto a Martín, que googlié su origen latín y significa 'guerrero', nunca me voy a olvidar de tu explicación, de cómo decidiste que me iba a llamar así. Fue en el cementerio, ibamos a visitar la tumba del abuelo Lorenzo y yo, no sé si ya tenía entre 9 y 12 años, te pregunté el por qué ese nombre. "Es un nombre fácil y rápido de pronunciar, Mar-tín", me explicaste. Aunque hoy hubiera preferido que el origen sea más poético, creo que no le erraron al nombre, les salió un hijo con una naturaleza errante, alma nómada, que hecha raíces a donde va, "tal vez uno lleva su plan adentro, pero es un mapa borroso y cuestas descifrarlo, por eso damos tantas vueltas y a veces nos perdermos".

    Sinceramente me olvido rápido los motivos de por qué te escribo, las urgencias económicas y suministro de libros las demando vía telefónica: no veo la hora de que llegue el día en que pueda llamarte y decirte "no viejo, plata no necesito, necesito que me cuentes como estás y nada más". Ya me advertiste que en  un par de años más te jubilas y seguís siendo muy generoso conmigo, "apenas María y Martín se reciban, voy a dejar de trabajar". Macanuda frase que hace eco desde la infancia, tu hijo se recibió y es un comunicador social con alma de periodista y la frustración de un escritor, sigo descifrando ese mapa por el cual me guío. "Vida, amor y libertad" es la fórmula mágica que me concedieron con mamá, con eso me basta y me sobra para entender cuán interminable es el mundo, que tan infinito es el universo y que tan eternos serán siempre ustedes en mi vida.

    Te escribo porque te quiero, porque de niño no encontraba las palabras adecuadas para comunicarme con vos y de grande aprovecho las ventajas de la vida virtual para sentarme y ensayar una y mil veces las cosas que te quiero contar. Sabes que la última vez que cenamos, nos vimos diferente. Yo me vi envuelto en la adrenalina de querer volver a Buenos Aires y a vos sentado en 'la nostalgia de un domingo por llover'.


    Se me va la mano escribiendo y aún no resuelvo como terminar esto, porque al carecer de intensiones claras, carecerá seguro también de un remate interesante, pero bueno, qué demonios importa. Este miércoles inicio una nueva etapa laboral y, a diferencia de años anteriores, estoy tranquilo. La soberbia de la adolescencia me hizo entender qué nunca se sabe ni más ni menos, siempre hay que estar dispuesto a aprender. Tanto que renegué de los números de mocoso y ahora, quien te ha visto y quien te Martín, vas a terminar analizando estadísticas. La vida es una jodida ironía. Vos querías que tus hijos sean el equilibrio de Serrat y Sabina y te salió una hija mucho más sentimental y vulnerable que una canción de Joan Manuel y un hijo tan trotamundos e infeliz como Joaquín. Pero como todo es una moneda que da vueltas, como la vida de ese hombre que buscaba a Clementina en "El Deseo", Heber representa una nueva generación y perpetuación del apellido Alanís y con él la suma de oportunidades...

    Ya sé por qué escribo, porque como te dije anteriormente, soy un escritor frustrado. Tuve dos intentos fallidos, uno cuando tenía 8 años y con una lapicera dorada escribí un cuento de un hombre chino que con un bichito concedía deseos, pero luego me di cuenta que era el guión de un capitulo de un dibujito animado. Luego a los 12 años quise escribir una novela que relatara una pelea infernal entre todos los hermanos Bramajo, mi mamá se espantó y la tia Aida moría de risa. Empezaba con la muerte de la abuela, que para eso entonces tenia más vida que todos sus nietos juntos, y a partir de ahí una contienda entre sus hijos para ver quién se quedaba con la casa. Era la casa de Malanzán (no, para ese entonces ni habìa asomado las narices a 'La casa de los espirtítus' o 'Cien años de soledad'). La historia contaba que entre sus hijos, al final era una la que se quedaba con la gran casa, que resultaba ser mamá, pero me faltaban ingredientes para ese personaje y el relató murió. No así los otros personajes: Isabel se enojó tanto se fue pegando un portazo y no volviò más, Mercedes se convirtió en monja y terminó sus días en su convento, Aida cae enferma gravemente y Ángel decide cuidarla, pero como no podía sólo contrato a una enfermera (sí, Carolina) de la cuál se enamoró y no solo asistieron a la hermana enferma sino que además que vivieron un amor desmedido, y Elvira terminó escpándose con un joven del circo, de tantas veces que llevaba a sus sobrinos al espectáculo terminó enamorándose irremediablemente de él. Si, tenía la historia, los personajes, me faltaba un buen final pero me censuraron porque tenían miedo de que mis tios me terminen odiando por insolente.

    ¿Cómo se hace papá? ¿Cómo se empieza a escribir las primeras lineas sin caer en la ansiedad de querer ponerle pronto un punto final? ¿Cómo se vive, cómo come, cómo duerme, cómo ama uno sabiendo que tenes ganas de escribir una historia y sentirte con las manos atadas? Ahora la historia sería otra, después de tantas lecturas tan autobiográficas, tanta ficción y realidad, tanta verdad y tanta mentira, me provocan deseos de escribir algo para la abuela Sara, pero no sé qué. ¿Y si lo escribís vos? Siempre sueño en tener mi propio librito, mi propia novela corta, se llamaría "Los estropicios de la identidad" y juntaría mil historias en una, pero no me animo. Sinceramente no. En fin, por ahora me tengo que preocupar en estirar como chicle el dinero que me mandaste hasta que cobre mi primer sueldo, a sumergirme en "Un comunista en calzoncillo" de Claudia Piñero, mi última adquisión y empezar a soñar fuerte con mi próxima meta, mi propio lugar, mi departamento. Un lugar donde puedan cohabitar las canciones de Mika y los libros de Isabel Allende, un lugar donde esté mi cama y pueda prender velas blancas y estar solo conmigo. No, no me importa estar sólo. Ya habrá tiempo para enamorarme, la última vez que lo hice me dejaron sin más explicación que un cobarde mensaje de texto.

    "Vas a vivir la vida entera, aunque te duela" le decía Carmen a Dai en "El Plan Infinito". A veces esos dolores son insoportables pero tan necesarios como es el amor para vivir.

    Hasta pronto papá, hasta nuevo mail. Gracias por tus "solícitos cuidados".

    Martín
    (o Tino como dicen mis amigos, por si no sabías)


    .....................


    Respuesta de papá:
    Estimado hijo la vida de un escritor es por lo general solitara y egoista, hay que ser un perfecto ladron de tiempos y saber que en la soledad uno puede ser otro. Un abrazo y que Dios reparta suerte.


    Este mail sufrió modificaciones, hay ciertos párrafos que corresponden a una intimidad que mantengo con mi padre, imposible de negociar. Ya terminó el día del padre, sólo llame para saludarlo pero considero necesario publicar este segundo mail que le envié. Hace poco fue el día del escritor y en mi muro deslicé que las coinciencias de la vida son asombrosas, estaba releyendo "Retrato en sepia" de Isabel Allende y fue justamente ese libro el que me regaló mi papá a los 14 años (dudaba si era esa edad, él me confirmó que así fue) con la que siguiente dedicatoria: "Martín, la lectura es uno de los vicios más hermosos".

    Ese día pude haberme explayado y listar tanto autores que me volaron la cabeza, desde esa chilena odiada por la crítica hasta las latinoamericanas que fui descubriendo estos meses, como Claudia Piñeiro (Argentina) o Laura Restrepo (Colombia), pero no. En ese día, el día del escritor, saludaba a su viejo, por su día, porque más alla de ese Carlos Alanís, profesor de matemáticas, física, biofísica, bioestadística y amante de los números, la profesión de escritor es la que más me une a él un nudo ciego hecho de amor por los libros.

  3. Memorias en technicolor

    viernes, 14 de junio de 2013


    Camino al Parque Rivadavia escuché una mujer decirle a otra que "el 80% de la fuerza del cuerpo está en las piernas". Sin ánimos de ofender a un par de desconocidas, no me atreví a corregirlas en plena vía pública y ganarme un carterazo gratuito; pensé para mis adentros que en realidad el 80% de la fuerza no radica en las piernas como ellas suponían, sino que lo hace en la memoria. Como lo prometido es deuda, aquí estoy nuevamente luego de finalizar la relectura de "Retrato en sepia" de Isabel Allende, libro que llegó a mis manos cuando tenía 14 años con una acertada dedicatoria de mi papá, "Martín, la lectura es uno de los vicios más hermosos". La protagonista de "Retrato en sepia" es Aurora Del Valle, quien a través de la escritura, la fotografía y el testimonio de otros personajes que cosieron retazos de su existencia, trata de descubrir el misterio del trauma que borró de un tirón sus primeros cinco años de vida. Como está lejos de mis intenciones contarles el final de los libros que leo, no les puedo revelar que fue lo que le sucedió a Aurora a los 5 años. No obstante muchas veces les he contado sin querer el punto final de alguna que otra historia, pero todavía no me llegaron las quejas ni denuncias por spoiler.

    "- Abuela, no puedo vivir con tantos misterios-le dije una vez a Paulina Del Valle.
    - ¿Por qué no? La gente que tiene una infancia jodida es más creativa- replicó."

    Mis recuerdos de la infancia se dividen en dos casas, en la de mi abuela Sara y en la de mi abuela Pochola. Ambas mujeres están lejos de la codicia de Paulina Del Valle aunque la primera imitaba su coquetería y la segunda creció económicamente gracias al olfato que tuvo su familia para aprovechar los vastos campos con los que contaba en Malanzán. Ahora mientras una me custodia desde el plano espiritual y la otra me espera en La Rioja, intento visualizarme de niño en alguna de esos techos bajo los que me crié. Hace más de una década que mi abuela Sara lucha contra el control involuntario del Parkinsson, contra las tentaciones dulces de la diabetes y contra los estropicios de la identidad generados por el Alzheimer. Su memoria es frágil como un cristal liviano, divaga en un espacio sin tiempo y su corazón se mueve entre el recuerdo y los espíritus del pasado. 
    - ¡Hola amor de mi vida!- la saludé hoy por teléfono, luego de semanas sin hablar con ella por miedo a que no reconociera mi voz.
    - ¿Desde cuándo soy el amor de tu vida?- replicó del otro lado riendo, alegre y lúcida, dándome la pauta de que mi imagen sonora aún habita en su memoria.
    - Desde siempre, abuela, desde siempre... - le contesté mientras sonreía sin poder evitar que el dique de la nostalgia que contenía las lágrimas en mis ojos reviente en mil pedazos.

    A diferencia de la protagonista de "Retrato en sepia" no recuerdo haber sufrido en la infancia un trauma de tamaña magnitud como para olvidarme de ciertos episodios. De alegrías y tristezas, conservo intacto algunos recuerdos. Algunos despiertan con la lectura, otra con las conversaciones como una que tuvo lugar en el almuerzo de trabajo. Mis compañeros discutían sobre los videojuegos en los que invertían tardes enteras de sus días, yo nunca tuve uno porque sinceramente no me divertían, por ende, sólo asistía y reía cuando se presentaba la oportunidad aunque los recuerdos de los juegos de mi infancia empezaron a correr por mi cabeza como un inexorable río de lava ardiente. Es imposible volver a mi infancia sin recordar a mi principal rival y vencedora de todo juego propuesto, mi hermana María. Ella tenía habilidades atléticas que yo carecía, cualidades que se evidenciaban a la hora de recibir regalos. La gracia con la que manejaba la bicicleta no se comparaba con la inutilidad con la que yo conducía torpemente la mía, que contaba con dos rueditas, una de cada lado... ¡Me animo a decir que hasta la fecha carezco de tales destrezas!

    Ni hablar de cuando mi padre se empeñó en regalarme bolitas: mi hermana tenía una puntería envidiable para tincar cada una y ganarle a cualquier contrincante mientras que yo me dedicaba a coleccionar las más brillantes como si fuesen parte de un tesoro pirata. Desde entonces soñaba con grandes riquezas, ilusiones alimentadas por los cuentos que me leía mi tía Aida a quién le prometía que cuando sea grande y millonario le asignaría un cuarto en mi enorme castillo para que ella sea mi bruja sirvienta por la eternidad. Una vez con Juan, un primo más que sobrino y más que sobrino un compañero de aventura, partimos una caja entera de azulejos destinados a uno de los baños que estaban en construcción en la casa de Malanzán. Nosotros pensábamos que estábamos amasando una riqueza inmensurable mientras que para nuestras madres y tíos sólo éramos unos niños estúpidos que creían que en esta familia se cagaba plata. En los juegos de mesa siempre hacía trampa, escondía un comodín bajo la mesa y ganaba toda partida de naipes. Menos mal que no me dediqué a la política o la contaduría, sino estas horas estaría escribiendo estos párrafos tras los barrotes de la cárcel por estafador.

    El movimiento invertebrado de brazos y caderas de mi hermana a la hora de bailar canciones de Chayanne eran asombrosos. Todavía nos veo en el living de caso cantando "Mariposa technicolor" de Fito Páez que en ese tiempo lo pasaban por un canal musical cuyo nombre no logró recordar. Mi timidez y falta de práctica para la danza me convertía en uno de esos niños que en la primaria decidían quedarse a hablar con las maestras o dedicarse simplemente a comer por deporte mientras el resto de mis compañeros sudaba en la pista. María era ágil y divertida para todo juego propuesto, yo inútil y tramposo. Los dos nos acompañamos mutuamente en ese traumático paso de la infancia que fue la separación de nuestros padres, claramente que cada uno lo vivió de diferente manera, lo sufrimos diferente y hasta elaboramos el duelo por separado. Hasta la fecha hablamos sobre las secuelas que nos dejó ese 1995, el año en que yo finalizaba mi quinto año de jardín y ella entraba a la escuela primaria.

    Quedan pocos hermanos como nosotros, hemos vivido tantas vidas juntas. Además de los celos irreconciliables por mi cuñado en sus primeros años de noviazgo con mi hermana y el descuerdo total con sus gustos musicales, con María supimos forjar lazos inquebrantables en la infancia y la adolescencia que se prologan hasta la fecha. Ahora ya somos jóvenes y mantenemos diferencias que rápidamente resolvemos, contando con ese puente construido a través de los recuerdos de la infancia, los desencuentros de la adolescencia, las memorias de nuestra familia y la llegada al mundo de Heber, hecho últimos que nos condenó por siempre a torear esta jodida pero maravillosa vida juntos hasta el día de nuestra muerte. "La juventud no es una época de la vida sino un estado de ánimo" decía Paulina Del Valle en “Retrato en sepia”, uno de los personajes que guardaré en mi corazón con muchísimo cariño y sobrada empatía, generado por la insolencia y la desfachatez con la que enfrentaba la vida.

    "Escribo para dilucidar los secretos antiguos de mi infancia, definir mi identidad, crear mi propia historia. Al final lo único que tenemos a plenitud es la memoria que hemos tejido. Cada uno escoge optar por la claridad durable de una impresión en platino, pero nada en mi destino posee esa luminosa cualidad. Vivo entre difusos matices, velados misterios, incertidumbres; el tono para contar mi vida se ajusta más al de un retrato en sepia...". Sin proponérmelo, estoy realizando en este blog la misma proeza que Aurora del Valle, aunque claro que al ser daltónico y no distinguir a la perfección algunos tonos, mi mente se ha vuelta un revoltijo de colores. Hay que entrenar ese 80% del cuerpo que exige ejercitación diaria porque es ahí, en la memoria -o en lo que queda de ella-, donde podemos vencer la condición fugaz de nuestra existencia.

  4. En algo hay que creer

    domingo, 2 de junio de 2013

    "Unidad no poseo, ni tampoco identidad: no soy uno, soy legión, soy y somos más de mil, una rueda dentro de la otra, hasta contar las diez huestes que conforman el ejército concéntrico de las Ruedas y los Tronos".
    Laura Restrepo, "Dulce compañía"

    ¿En qué creemos? Esta es la pregunta que sirvió como disparador para empezar a escribir este nuevo post, luego de estar tres días haciendo reposo por una gripe que me dejó en cama, oportunidad que aproveché para finalizar mi lectura de "Dulce compañía" de Laura Restrepo. El libro trata sobre una periodista que escribe para una revista de frivolidades y es enviada por el jefe de redacción a cubrir la aparición de un supuesto ángel en un pobre pueblo perdido de Colombia. Si el ángel era efectivamente un ángel o sólo era producto de la creación del pueblo para mantener viva su fe colectiva, es algo que dependerá pura y exclusivamente del lector. Como lo prometido es deuda, aquí estoy nuevamente, desperezando la memoria y tratando de encontrar una respuesta a ese '¿en qué creemos?'. El debate no es nuevo, ni mucho menos original: grandes filósofos, teólogos, sociólogos y mortales han tratado de responder mediante pruebas empíricas -y no tanto- en qué se basa esa fuerza capaz de mover masas de gente.

    Me crié bajo el techo de una familia muy católica, cuyo origen se remonta a aquel rincón florido de Malanzán cuando con mi abuela materna, mi madre y sus hermanos, y mis primos participabamos en las fiestas en honor a la Virgen de Copacabana. De niño me gustaba además disfrazarme de cura y predicar en casa ante el descontento de Niní, quien renegaba porque para mis misas desacomodaba todos los muebles que ella iba limpiando. Con el tiempo la manía de difundir la palabra de Dios con arapos simulando sotana se me fue y la religión empezó a sonarme más a sinónimo de aburrimiento. Las misas me aburrían, se hacía eterna y tediosa una hora dentro de cualquier iglesia: en esos momentos la paciencia era clave para soportar las predicas en el templo sin caer en un sueño profundi. En la adolescencia esta situación no mejoró en absoluto sino todo lo contrario, si iba a misa era porque me obligaban. Estaba en desacuerdo con la mayoría de las cosas de las que creía creer y sobretodo de las barbaridades que tenía que escuchar del cura de turno. Pero me callaba, porque sabía que no se debía discutar la palabra santa: era dogmática.

    Cuando cursaba la secundaria, la palabra religión empezó a sonar a culpa, hasta la masturbación me parecía una herejía, ¡imaginense si tendría que perdir perdón por cada oportunidad en que se me iban las manos bajo el boxer! Si ahora me tuviese que confesar por las impurezas cometidas no habría corazón de cura que resistiese a tanto alborto. Siempre tuve la idea de que al decirle al mediador de Dios mis pecados más libidinosos, tendrían que sacar al confesor en camilla y con un respirador. Cuando me confesaba siempre omitía que me masturbaba, y cuando pienso en esto, recuerdo esta escena de "Eva Luna" de Isabel Allende:

    "-¿Te has tocado el cuerpo con las manos? -me preguntó.
    -Sí, padre -farfullé.
    -¿A menudo, hija?
    -Todos los días…
    -¡Todos los días! ¡Ésa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometerme que no lo harás más!
    Prometí, aunque no podía imaginar cómo iba a lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos."


    Para entonces mi profesora de biología nos enseñaba que había dos teorías sobre el origen del universo: una es la creación del mismo a partir de la explosión del Big Bang, y la otra incluye a Dios, que en siete días se despachó con semejante cosa jodida de universo. "¿Cuál es la verdadera?" le preguntaba a mi mamá. Entonces tenía 12 años y sentía que con este tipo de interrogantes sometía a mi madre a una prueba de fuego. Ella, siempre lúcida e inteligente, y con una mirada reconciliadora entre religión y ciencia, me explicó que para que el universo se haya formado a partir de la explosión del Big Bang, alguien combinó en un punto el Espacio, el Tiempo, la Energía y la Materia. Ese alguien no era otro que Dios.

    "Nunca logró aceptar ese dios tiránico que le predicaban las religiosas, prefería una deidad más alegre, maternal y compasiva.
    - Esa es la Santísima Virgen María- le explicaron.
    - ¿Ella es Dios?
    - No, es la madre de Dios.
    - Sí, pero ¿quién manda más en el cielo, Dios o su mamá?
    - Calla, insensata, calla y reza. Pídele al Señor que te ilumine- le aconsejaban."


    De joven admiraba muchísimo a mi amiga Sol Giménez, por su cabeza -no por el tamaño de su cráneo, sino por el tamaño de sus ideas-. No sé si ella lo recuerda, tampoco sé si yo lo recuerdo bien pero creo que una de esas noches donde compartíamos alguna fiesta (ella era mi prima de una de mis compañeras de la secundaria), caímos en el tema de religión. No recuerdo cómo me lo preguntó, tampoco si la pregunta fue en qué Dios crees o por qué crees en Dios. Lo único que sí recuerdo con claridad es que mi respuesta fue contundente y a ella le causó gracia: "en algo hay que creer".

    Una de las dicotomías más grandes en las que me crié fue ser homosexual y ser católico, dos caras de una moneda, adversa y reversa, dos polos totalmente opuestos. Para la fecha aún es utópico pensar que el amor, la familia, la sexualidad y la religión son irreconciliables. En esta ditocomía me sorprendió el día en que anunciaron al nuevo Papa argentino, a quién tuve que googlear y desalentarme ante la inmensa tristeza que me invadió a leer la postura de Bergoglio con respecto al casamiento entre personas del mismo sexo.

    Con los años tomé coraje y empezaba a cuestionar miles de cosas de Dios, qué por qué mis viejos se separaron, por qué castigas a mi abuela con Parkinsson y Alzheimer, por qué soy gay si este prototipo de cristiano no estaba en tus planes, por qué mi perro se murió, por qué, por qué, por qué. No voy a misa pero si rezo cada noche antes de dormir, pidiendo y agradeciendo. Tampoco me confienso, ni comulgo. Sólo los padres Enri Praolini y Luis Pradela lograron acercarme a Dios sin miedos ni culpas. El día de mi confirmación Praolini dijo que la vida es como un gran signo de interrogación, una gran pregunta y que está en nosotros transformarlo en un signo de exclamación, que nos sorprendamos. Por su parte, el padre Luis me quitó el miedo de andar por la calles de Malanzán en plena siesta en Semana Santa porque el diablo no estaba suelto (recuerdo que una vez ante la mirada cómplice de mi madre, a los 8 años, me hizo probar una ostia con vino, desafiando los sacramentos que aún no había tomado).

    "¿Qué es la Biblia, Martín?" me preguntaron cuando rendí el exámen equivalente para ingresar a un colegio franciscano. "Un libro muy grande que nos deja moralejas" respondí en mi inmensa brutalidad y ante el asombro de mis profesores evaluadores y mi compañera Carla Aballay quién estalla de la risa cada vez que recuerda esta anécdota. ¿Qué más podían esperar de mí, si cada mañana al terminar la oración de la Bandera, yo respondía convencido -y conmovido ante tanta hospitalidad de mi nuevo colegio- "pasela bien" cuando en realidad lo que se decía era "Paz y Bien"? 

    "-Dime la verdad, Orlando. ¿Tú si crees que tu hermano sea un ángel?
    -Yo sé que es un ángel.
    -Y cómo haces para estar tan seguro, o sea, es que ni siquiera tiene alas...
    -No tiene alas porque aquí en la tierra lleva puesto su disfraz de hombre."

    Una vez leí que la religión es como un pene: está bien tener uno y estar orgulloso de él, lo que está mal es insistir con metérselo a la fuerza a los demás. A lo mejor cada uno vive la religión como mejor se ajusta a su contexto, a lo mejor no. Por ahí ví algunos dogmáticos cuestionar y a algunos cuestionadores convertirse en dogmáticos. Seguro que también hay quienes que se alejaron de Él para no volver y efectivamente no volvieron. A lo mejor hay quienes sí. Todo forma parte de este inmenso misterio que llamamos Vida. Al ser la Vida un misterio, queda transitarla como una infatigable búsqueda, como Monita, la protagonista de "Dulce compañía" y descubrir así cuan maravilloso, eterno y desconocido es el universo que se nos despliega a los pies. El fuego eterno dejó de asustarme hace rato, cuando me reconcilié con mi fe gracias a mamá. Ella es la responsable absoluta de hacerme creer de nuevo, de presentarme a un Dios que es amor y, que para ese Dios el amor -no importa la forma que tome- no es pecado.


    Paz y Bien, o.... Pasenla bien.