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  1. Del delirio al estropicio

    jueves, 18 de julio de 2013


    Los días pasados estuve con un pie en La Rioja y otro en Buenos Aires, me pregunté por qué coños andaba yo dando vueltas absurdas por otro lado en pos de lo que se me había perdido; claro que recordaba vagamente el sentido de insatisfacción que me había sacado de allí e impulsado a buscar por fuera, lo recordaba, repito, pero sólo vagamente y no le encontré justifiación posible, en ese preciso momento todo me invitaba a quedarme en este lugar donde pese a mis cuatro años de ausencia siempre había estado presente, me invadió con fuerza inusitada la sensación de que todas las piezas del rompecabezas de mi vida casaban en esta casa que pese a haberla abandonado nunca había perdido; todo me impulsaba a regresar. Y en el medio estaba leyendo "Delirio" de Laura Restrepo. Sucede que la primera vez que compré un libro de esta autora fue por casualidad, nunca había escuchado hablar de ella. La tapa de "Hot sur" resplandecía en colores vivos y se llevó toda mi atención, ¿y qué tal este libro Fernando? Le pregunté a quién anota mis elecciones en la cuenta de papá en librería Rayuela. No recuerdo con claridad que fue lo que respondió pero me dijo que si no me convencía, que vuelva a buscar otro libro. Creo que nombró a "Delirio", la novela con cuál la autora colombiana se ganó todos mis respetos pese a que sólo había devorado "Hot sur",  "Dulce compañía" y "La novia oscura".

    Creo que ya comenté cuando conocí a Laura Restrepo en la Feria Internacional del Libro 2013, la dulzura de su caracter, la simpatía de su voz y su inolvidable acento colombiano quedaron impregnados en mi memoria. Ante de firmar mi copia de "Hot sur" le confesé que el personaje Sleepy Joe, ese pervertido católico caótico me desveló varias noches, que no me dejaba dormir y ella sonrió y dijo ¡con que a ti también te gusta este condenado! Y sí, como para no gustarme si es uno de los personajes que más llamaron mi atención junto a Clara del Valle de "La casa de los espíritus", Aureliano Buendía de "Cien años de soledad" y Kate Cold de "La ciudad de las bestias". Me firmó una dedicatoria personal y luego le regalé dos libros de mi papá que prometió leerlos. Lo que pienso ahora es que era impensado en ese momento en que esa mujer me hubiese facilitado, a través de sus libros, la voz, "y una sola movida verdadera; blanco es, gallina lo pone y frito se come, la adivinanza ha sido resuelta y ante nuestros ojos aparece,  redondo y completo, el huevo".

    "Delirio" narra la historia de un hombre que luego de volver de un viaje de cuatro días, encuentra a su mujer en el cuarto de un hotel con un total desconocido y completamente loca. "Agustina amor mío, será que no me recuerdas, pero a veces sí, a veces parece reconocerme, vagamente, como entre la niebla, y sus ojos se reconcilian conmigo por un instante, pero sólo un instante porque enseguida la pierdo y vuelve a invadirme este dolor tan grande", y era tan intenso el ritmo con el que narraba Restrepo esta historia que contempla tantos aspectos de sociedad que sin darme cuenta me vi envuelto en una novela extraordinaria. Les contaba que encontré la voz, pero en realidad no es voz sino palabra, gracias a Laura encontré la manera en que quiero narrar, mejor dicho, la voz con la que empecé a narrar lo que sería mi primera novela. Digo primera porque estoy seguro que habrá una segunda, pero de eso no quiero hablar porque me enardece la ansiedad, "porque nada enardece más al intranquilo uque le digan tranquilízate, nada lo preocupa tanto como que lo inviten a despreocuparse."

    La gota que rebalsó el agua fue una conversación que mantuve con un compañero de trabajo. No sé como llegabamos a hablar de los nombres y entre sus recuerdos estaba el nombre de una señora que trabajaba para su novia, "Desamparados". Me pareció increíble el nombre y me quedé pensando en él por varios días, hasta que una noche, sin intensiones clares le pregunté nuevamente el nombre de esa mujer y empecé a escribir, y no pude parar. Abundaron los errores de tipeo y ortográficos, aunque de éstos últimos muy pocos. Y la historia está inspirada de ese mundo dulce y agrio de una persona que amo con locura, "tu provienes de ese mundo  y si emprendiste fuga fue porque de eso ya habías comido bastante, ¿y acaso el sabor se olvida?, no reina mía, ese regusto a mierda permanece en la boca por más gárgaras de Listerine que hagas". Si, mi reina me inspiró a escribir, cosas que pasaron y que imagino que sucedieron, para eso escribo, en memoria de tu memoria porque "pretendo librarla de su tormento interior al precio que sea, negándome a aceptar la posibilidad de que en este momento sea para ella mejor su adentro que a su fuera; que tras los muros de su delirio, Agustina celebre fiestas".

    "Nunca he sido hombre dedicado a cultivar recuerdos, lo pasado siempre se borra de mi disco duro, lo que no es el momento para mí es tierra de olvido, claro que dirás que de qué te han servido mis declaraciones de amor si en la práctica me comporto como un cerdo, y sin embargo es verdad que pienso en ti cuando estoy solo en mi dormitorio, que es como decir mi templo, y es verdad también que para el caspa que soy, no hay avemaría que valga aparte de tu recuerdo", lo único que hice desde que he creado este blog es hacer eso y lo tengo un poco descuidado pero prometo volver pronto. Ahora sólo tengo cabeza para mi familia, mi trabajo y mis libros, "y por lo pronto no se me ocurré que más comentarte, bueno, lo que ya sabes, que aquí tengo todo el tiempo del mundo para pensar en ti, que es que suelo hacer cuando no quiero pensar en nada."




  2. La ciudad de las bestias

    martes, 9 de julio de 2013

     "Llevaba un huracán por dentro, a veces andaba eufórico, rey del mundo, dispuesto a luchar a brazo partido con un león; otras era simplemente un renacuajo".

    Isabel Allende, "La ciudad de las bestias"


    La primera vez que llegó "La ciudad de las bestias" de Isabel Allende a mis manos fue el 23 de septiembre del 2002, en mi cumpleaños número trece. Hasta entonces conocía a la autora porque mi mamá había leído varios libros de ella, títulos como "La casa de los espíritus", "Paula", "Cuentos de Eva Luna" y "De amor y de sombra" ya brincaban por casa sin sospechar que años más tardes se converitirían en parte escencial de mi biblioteca personal. Mi regalo de cumpleaños tenía una dedicatoria que logró emocionarme a los 13 años, aun recuerdo con claridad la letra enmarañada de mi papá que rezaba la siguiente frase: "Martín, no puedo regalarte mi mundo pero sí una puerta para que accedas a él". Diez años después, a los 23 años todavía habito en ese mundo de la literura sin ánimos de buscar el camino que me conduzca fuera de él.

    Por enésima vez releí "La ciudad de las bestias" y el libro conserva intacta la mágica envolvente que me atrapó en los albores de mi adolescencias. Entonces caí rendido ante la pluma de Allende y ante ese voluptuoso Amazonas descripto con el realismo mágico que la autora explota a más no poder en cada uno de sus libros. Además me enamoré irremediablemente de Kate Cold, la abuela de Alexander Cold, protagonista de esta aventura. Kate se parece en mi madre en lo que sería el aspecto de una "anti-abuela", una mujer que se resiste a que su nieto le llame "abuela" y que se ríe de las desgracias que le ocurren a su descendiente en lugar de socorrerlo. La excéntrica abuela es escritora del International Geography y lleva a su nieto a la búsqueda de unas extrañas Bestias en pleno corazón del Amazonas... y cada vez que leo este libro (he perdido la cuenta sinceramente) unas terribles ganas de aventurarme ante lo desconocido se apoderan de mí y se renueva así el deseo de querer conquistar el mundo. Cada vez que publico en algun lado que estoy releyendo "La ciudad de las bestias", amigos de mi misma edad -o un poco menos- recuerdan este libro de dos maneras: de una nostalgia inevitable que los lleva de vuelta a sus años de secundaria y a la tortura de tener que leerlo para rendir exámen en Lengua y Literatura. Claro está que ésta no será la última vez que devoro este libro en cuestión de días, sus hojas son terapeúticas.


    Al llegar a Buenos Aires me perdía en la inmensidad de esta selva de cemento pero como bien sostiene Kate (en realidad es una frase conocida), "quien boca tiene, a Roma llega".  No es que ahora conozca esta ciudad como la palma de mis manos, pero digamos que ahora mi sentido de orientación se ajustó un poco más a las dimensiones temporales y espaciales que Buenos Aires exije aunque ahora no es momento de hacer balances innecesarios ni reflexiones forzadas sobre cómo se me acostumbra la piel a esta ciudad. En una semana diferentes hechos se precipitaron y me dejaron patitas en la calle de nuevo, no puedo hacer otra cosa que refugiarme en algún libro, ser parte de una historia ajena, una de esas en que los escritores nos hacen confidentes omnipresentes y hasta protagonistas sin saberlo de alguna u otra manera. Son varios los libros que tenía a mano para subsanar esta pérdida de rumbo momentánea pero fue justamente "La ciudad de las bestias" lo que debía leer para tomar una bocanada de aire fresco, un soplo de ilusiones renovadas y abrazar esa íntima relación que sólo esta obra puede conseguir entre mi padre y yo, entre el resto de mi familia y yo, entre el espíritu aventurero que se me iba desgastando y obligándome de nuevo a ponerme de pie recordando siempre esas sabias palabras de Kate Cold, "hay dos clases de problemas, los que se arreglan solos y los que no tienen solución".

    El libro que me regaló mi papá se perdió en la biblioteca de mi casa. Antes de venir a Buenos Aires me enfadé porque no lo encontraba por ningún lado. En una librería compré la trilogía entera de "Las memorias del Águila y del Jagüar" -"La ciudad de las bestias", "El reino del Dragón de Oro" y "El bosque de los pigmeos"-, con una clara intención: quiero que sea éste el libro que abra los ojos a Heber para que pueda descubrir la mágia que esconde la vida. Sin pretensión de obligarlo, sospecho que el libro llegará a su mano a la edad justa: ¡mi papá tuvo que esperar 23 años hasta que me decidiera de leer "Cien años de soledad"!. Tal vez el efecto en mi sobrino no sea el mismo que me sacudió a mí, pero espero que para entonces "La ciudad de las bestias" pueda sacar a flote el deseo de descubrir, de vivir haciendo preguntas y recibir respuestas que abran miles de nuevos interrogantes que lo ayuden a transitar sus días. Es bien sabido -cito nuevamente a Kate Cold- que "la experiencia es lo que se obtiene justo después que uno la necesita".



    "La frontera entre la vida y la muerte es apenas una linea de humo que la menor brisa puede borrar", lo ideal sería que entre esas brisas que a veces se tornan en un color oscuro podamos ver, escuchar y hablar con el corazón tal como lo logró Alexander en cada prueba que la selva amazónica y sus alrededores le exigían. Culpo a este libro de hacerme volar demasiado, muchos me cuestionan que vivo en un espacio sideral ajeno a este mundo y no pierden oportunidad para recordarme que no todo es color de rosa. Nunca pensé efectivamente que fuese así -además aclaré un millón de veces que soy daltónico y que poseo una memoria technicolor-, sólo ratifico una manera de entender la vida que construí en estos 23 años: tengo los pies en el suelo, pero mi suelo es el cielo. De a poco voy retomando mi rumbo porque como siempre digo, para encontrarse uno primero hay que perderse. "Comprendió que la felicidad consiste en alcanzar aquello que hemos esperado por mucho tiempo" es otra de las frases que rescato de "La ciudad de las bestias" porque "tiempo" era la respuesta que siempre me daba mi querida amiga Mimí cada vez que le planteaba un problema, cuánto necesitaro ahora de sus palabras, su ironía y sus alborotadas risas.

    "-Supongo que me dirás que no confíe en nadie -masculló el muchacho sonrojándose.
    -Al contrario, iba a decirte que confiaras en ti mismo."

    Eso le respondió Kate a su nieto Alexander luego de que éste le confesara una de sus tantos tropiezos. En esa frase, tan cliché pero tan cierta, en esa voz de esa excéntrica abuela con los pelos cortados a tijeretazos y olor a tabaco y vodka, en ese concejo que parece vapuleado por los libros de autoayuda, se filtran las palabras de mis padres, la protección de mi tia invencible, la nostalgia de mi hermana, el destello que sólo la sonrisa de mi sobrino puede regalar. En otra oportunidad Kate le dijo a Alex que "sólo un tonto prueba la profundidad con los dos píes" cuando ella, a propósito, lo tiró en la pileta siendo su nieto tan sólo un mocoso de pocos años. Hay veces que a uno le toca probar la profunidad con los dos pies, pero una vez abajo no queda otra que dejar de pensar en el problema, buscar las soluciones para tomar impulso y salir a flote en la ciudad de las bestias.

    P/D: Alexander se llama así porque su abuela Kate aconsejó a sus padres a que ese nombre era el ideal para él, deriva del griego y significa "el que defiende al hombre". Mis padres me bautizaron con el nombre de Martín, que de origen latín, significa "guerrero". Bendita coincidencia literaria, ¿no?

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    El primer lector de este post fue mi papá, y su respuesta -siempre breve y contundente- dice lo siguiente: "Me encantó porque en cada comentario hay algo fresco y halado, pero también, sincero y trascendente. Cuando el lector hace suya la historia (no importa el modo), de ahí en adelante, el escritor siempre estará presente en su memoria". Luego, inevitable en sus manías como escritor, citó a su gran amor Borges, regalándome una frase que vale la pena reproducir a continuación y compartirla con ustedes: "Dos deberes tendria todo verso: comunicar un hecho preciso y tocarnos fisicamente, como la cercania del mar".



  3. Bailar con la más puta

    sábado, 6 de julio de 2013

    "Quienes nos ganamos la vida escribiendo vivimos a la caza de mínimas coincidencias y sutiles concordancias que nos confirmen que lo que escribimos es, si no necesario, al menos útil, porque responde a cauces que corren por debajo de lo aparente, cauces que vuelven sobre sí mismos y anudan el azar en anillos."

    Laura Restrepo, "La novia oscura"


    Es la primera vez que dudo acerca de lo que voy a escribir a continuación. No hay un orden preestablecido ni una intención clara. Dudaba de antemano si contar lo sucedido en estos días, un caos que nació de un acto de buena fe y que terminó produciendo estragos en mi rutina diaria. Ni nombres ni hechos concretos, sólo cuento que de un día para el otro la nube de ilusiones en la que volaba como un niño se abrió en dos grietas dejándome caer a un suelo duro y totalmente desprotegido, esa base áspera donde aterrizamos tras un golpe en seco donde nos lastimamos, abrimos profundas heridas que luego se convierten en cicatrices y que los más pesimistas califican como "la cruda realidad". La cruda y puta realidad. Aún no sé si fui victima o victimario, cómplice o qué demonios, pero en un abrir y cerrar de ojos desperté del sueño del departamento propio, que se esfumó con la misma rápidez con que vino.

    Por estos días terminé de leer "La novia oscura" de Laura Restrepo, la historia de una prostituta de las selvas petroleras colombianas cuyo nombre artificial era 'Sayonara', que en japonés significa "adiós". La vida de esta joven puta siempre fue continua despedida. Estos días me vi obligado a "adiós" a una ilusión, la inesperada partida de un anhelo que dio un inusitado portazo a mi vida tiñó de tristeza y decepción mis circunstancias. Pero tal como dice Restrepo en este libro, "la guerra es así, más escandalosa cuando la cuentas que cuando la vives". Lo único que puedo afirmar con certeza es que estos días viví un auténtico calvario.

    De pronto mis 23 años me redujeron a un niño que lo único que sabía hacer ante el miedo era llorar. Un terremoto de nervios escadalizaba mi cuerpo, un torrente de nervios me sacudía la piel, un retorcijón de estómago vacío que me doblaba en dos y induciéndome a vomitar nada, un cuello inmóvil, duro como tronco. Tenía además la voz de mi padre del otro lado del teléfono impartiendo órdenes, indicándome cómo debía actuar de ahora en adelante, cuidate Martín y alejate de esa gente, no te quiero ver nunca más cerca de tal persona, cuidate Martín, cuidate que ahora no sirve de nada llorar, así se aprende. Esas tres fueron sus últimas palabras antes de colgar el teléfono. Así se aprende. Mi vida se convirtió en una Sayonara cualquiera, en una tremenda puta. Y como me dijo una amiga, me tocó bailar con la más puta pero que no me preocupe porque a cada santo le toca su domingo. De nada sirve ahora reflexionar con frases hechas, sólo resta armarse de paciencia y esperar a que en el camino se acomoden los melones porque "no son rectos los caminos del corazón, sino culebreros y retorcidos y nos dejan ver dónde arrancan pero no dónde van a parar".

    Amigos, familiares, compañeros del trabajo me preguntaron que pasó y evadí la respuesta explicando que solamente hubo un problema económico y que, en consecuencia de ello, me quedé sin techo a estrenar como tanto había anticipado a todos con desbordante alegría. Que la plata va y viene, lo importante es que estés bien, que estés completo señalaba mi tía Teresa. Me interesa muy poco que todos sepan que pasó, sólo escribo para exorcizar el dolor y dejar que las memorias se acomoden en el tiempo, porque "los recuerdos se derriten como los copos de nieve". Espero que éste se convierta en agua pronto y que corra río abajo, llevándose los restos del estropicio y lavándome el buen nombre.

    "Ella bailaba y yo sabía que nadaba en aguas lejanas, como de visita por otros mundos, tal vez peores, o tal vez mejores. Tal vez peores o tal vez mejores pero nunca compartidos". Mi exceso de confianza me demostró que la dualidad de una persona se descubre con el paso del tiempo, cuando uno construye relaciones y se tejen puentes que si bien pueden ser nexos indestructibles entre dos personas también pueden convertirse en una espeso camino que no permite ver con claridad a qué lobos tenemos a nuestro lado.

    El dolor de saber que decepcioné a mi padre me llevó a romper en llanto cuando me tocó desahogarme con mi mamá vía telefónica, años tratando de reconstruir mi relación con él para echarlo todo por la borda, como un estúpido, me sentía un tarado cruzado por la insensatez. "Cada tanto me pregunto hasta qué punto no tendría Sayonara el espíritu y la sensibilidad cegados por el dolor excesivo del pasado. ¿Cómo llorar al hermano sin desangrarse? ¿Cómo recordar a la madre sin calcinarse? ¿Cómo amar sin reavivar el horror? Hay visiones que destrozan, y la peor muerte rara vez es la propia"... ¿Cómo mirar al padre a la cara después de comportarme como un completo imbécil?

    "Escribir esta historia se me ha convertido en una carrera perdida de antemano contra el tiempo y la desmemoria, son dos hermanos gemelos de dedos largos que todo lo tocan". Atronado por la situación aun creo que mientras una puerta se me cierre, otra se abrirá. Espero que pronto. Contaba los días. Ahora la cuenta carece de todo sentido, sólo tengo en el pecho un hueco hondo que arde de un inconmensurable dolor de conciencia. "Todas las dolencias, del cuerpo y del alma, se transmiten por las sábanas" y las mías estuvieron empapadas de lágrimas irreversibles, húmeda decepción.

    "-Dicen que ciertos hombres se recluyen en el burdel buscando lo mismo que los monjes en el monasterio.
    -Y eso qué, ¿lo dice algún libro?
    -Seguramente.
    -Con razón. Los libros hablan mucha mierda."

    Mierda o no, este blog seguirá nutriéndose de las lecturas que van desfilando ante mis ojos este año. La distancia que me separa mi familia se ganó mi respeto. Aún creo que vengo de un lugar de dónde aún no he podido salir, pero que así como en miles de ocasiones donde estuve al borde de mis propios limites, salió mi familia como un tigre enfurecido a la defensa, con las fauces abiertas y las garras afiladas para atacar en caso de encontrarme desprotegido. Y eso es el amor: "echar a correr con los pies del otro". A mis pies se postra mi familia, a los pies de mi familia me postro yo, en idas y vueltas que dan forma a mi rumbo, un rumbo que siempre pasa por mi casa.