Camino al Parque Rivadavia escuché una mujer decirle a otra que "el
80% de la fuerza del cuerpo está en las piernas". Sin ánimos de ofender a
un par de desconocidas, no me atreví a corregirlas en plena vía pública y
ganarme un carterazo gratuito; pensé para mis adentros que en realidad el 80%
de la fuerza no radica en las piernas como ellas suponían, sino que lo hace en
la memoria. Como lo prometido es deuda, aquí estoy nuevamente luego de
finalizar la relectura de "Retrato en sepia" de Isabel Allende, libro
que llegó a mis manos cuando tenía 14 años con una acertada dedicatoria de mi
papá, "Martín, la lectura es uno de los vicios más hermosos". La
protagonista de "Retrato en sepia" es Aurora Del Valle, quien a
través de la escritura, la fotografía y el testimonio de otros personajes que
cosieron retazos de su existencia, trata de descubrir el misterio del trauma
que borró de un tirón sus primeros cinco años de vida. Como está lejos de mis
intenciones contarles el final de los libros que leo, no les puedo revelar que
fue lo que le sucedió a Aurora a los 5 años. No obstante muchas veces les he
contado sin querer el punto final de alguna que otra historia, pero todavía no
me llegaron las quejas ni denuncias por spoiler.
"- Abuela, no puedo vivir con tantos misterios-le dije una vez a
Paulina Del Valle.
- ¿Por qué no? La gente que tiene una infancia jodida es más creativa-
replicó."
Mis recuerdos de la infancia se dividen en dos casas, en la de mi abuela
Sara y en la de mi abuela Pochola. Ambas mujeres están lejos de la codicia de
Paulina Del Valle aunque la primera imitaba su coquetería y la segunda creció
económicamente gracias al olfato que tuvo su familia para aprovechar los vastos
campos con los que contaba en Malanzán. Ahora mientras una me custodia desde el
plano espiritual y la otra me espera en La Rioja, intento visualizarme de niño
en alguna de esos techos bajo los que me crié. Hace más de una década que mi
abuela Sara lucha contra el control involuntario del Parkinsson, contra las
tentaciones dulces de la diabetes y contra los estropicios de la identidad
generados por el Alzheimer. Su memoria es frágil como un cristal liviano,
divaga en un espacio sin tiempo y su corazón se mueve entre el recuerdo y los
espíritus del pasado.
- ¡Hola amor de mi vida!- la saludé hoy por teléfono, luego de semanas sin
hablar con ella por miedo a que no reconociera mi voz.
- ¿Desde cuándo soy el amor de tu vida?- replicó del otro lado riendo,
alegre y lúcida, dándome la pauta de que mi imagen sonora aún habita en su
memoria.
- Desde siempre, abuela, desde siempre... - le contesté mientras sonreía
sin poder evitar que el dique de la nostalgia que contenía las lágrimas en mis
ojos reviente en mil pedazos.
A diferencia de la protagonista de "Retrato en sepia" no
recuerdo haber sufrido en la infancia un trauma de tamaña magnitud como para
olvidarme de ciertos episodios. De alegrías y tristezas, conservo intacto
algunos recuerdos. Algunos despiertan con la lectura, otra con las conversaciones
como una que tuvo lugar en el almuerzo de trabajo. Mis compañeros discutían
sobre los videojuegos en los que invertían tardes enteras de sus días, yo nunca
tuve uno porque sinceramente no me divertían, por ende, sólo asistía y reía
cuando se presentaba la oportunidad aunque los recuerdos de los juegos de mi
infancia empezaron a correr por mi cabeza como un inexorable río de lava
ardiente. Es imposible volver a mi infancia sin recordar a mi principal rival y
vencedora de todo juego propuesto, mi hermana María. Ella tenía habilidades
atléticas que yo carecía, cualidades que se evidenciaban a la hora de recibir
regalos. La gracia con la que manejaba la bicicleta no se comparaba con la
inutilidad con la que yo conducía torpemente la mía, que contaba con dos
rueditas, una de cada lado... ¡Me animo a decir que hasta la fecha carezco de
tales destrezas!
Ni hablar de cuando mi padre se empeñó en regalarme bolitas: mi hermana
tenía una puntería envidiable para tincar cada una y ganarle a cualquier
contrincante mientras que yo me dedicaba a coleccionar las más brillantes como
si fuesen parte de un tesoro pirata. Desde entonces soñaba con grandes
riquezas, ilusiones alimentadas por los cuentos que me leía mi tía Aida a quién
le prometía que cuando sea grande y millonario le asignaría un cuarto en mi
enorme castillo para que ella sea mi bruja sirvienta por la eternidad. Una vez
con Juan, un primo más que sobrino y más que sobrino un compañero de aventura,
partimos una caja entera de azulejos destinados a uno de los baños que estaban
en construcción en la casa de Malanzán. Nosotros pensábamos que estábamos
amasando una riqueza inmensurable mientras que para nuestras madres y tíos sólo
éramos unos niños estúpidos que creían que en esta familia se cagaba plata. En
los juegos de mesa siempre hacía trampa, escondía un comodín bajo la mesa y
ganaba toda partida de naipes. Menos mal que no me dediqué a la política o la
contaduría, sino estas horas estaría escribiendo estos párrafos tras los
barrotes de la cárcel por estafador.
Quedan pocos hermanos como nosotros, hemos vivido tantas vidas juntas.
Además de los celos irreconciliables por mi cuñado en sus primeros años de
noviazgo con mi hermana y el descuerdo total con sus gustos musicales, con
María supimos forjar lazos inquebrantables en la infancia y la adolescencia que
se prologan hasta la fecha. Ahora ya somos jóvenes y mantenemos diferencias que
rápidamente resolvemos, contando con ese puente construido a través de los
recuerdos de la infancia, los desencuentros de la adolescencia, las memorias de
nuestra familia y la llegada al mundo de Heber, hecho últimos que nos condenó
por siempre a torear esta jodida pero maravillosa vida juntos hasta el día de
nuestra muerte. "La juventud no es una época de la vida sino un estado de
ánimo" decía Paulina Del Valle en “Retrato en sepia”, uno de los
personajes que guardaré en mi corazón con muchísimo cariño y sobrada empatía,
generado por la insolencia y la desfachatez con la que enfrentaba la vida.


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